BARCELONA

MUSEO NACIONAL DE ARTE DE CATALUÑA: DESCUBRE SUS OBRAS MAESTRAS DEL RENACIMIENTO Y DEL BARROCO


La sección dedicada al arte del Renacimiento y del Barroco se distribuye desde la sala 27 a la 38. Esta colección se creó principalmente gracias al interés de diversos coleccionistas privados, con el apoyo de la Junta de Museus, que contribuyó a conservar y valorar un período artístico que durante las primeras décadas del siglo XX quedó eclipsado por la popularidad del arte medieval, considerado entonces símbolo de un pasado histórico y cultural especialmente prestigioso. El recorrido expositivo destaca la calidad de estas obras que muestra la evolución artística entre finales del siglo XV y comienzos del XIX, combinando ámbitos temáticos y cronológicos para explicar las relaciones entre distintas épocas e influencias.

Las obras reunidas muestran una sociedad en la que la imagen desempeñaba un papel esencial como vehículo de creencias, valores e ideas, profundamente vinculados al ámbito religioso. Al mismo tiempo, reflejan el creciente interés intelectual por el arte, que dejó de ser visto únicamente como un trabajo artesanal para convertirse en una disciplina apreciada por eruditos y pensadores. En este contexto, los artistas comenzaron a aspirar a un reconocimiento social y cultural cada vez mayor. A comienzos del siglo XVI, el Renacimiento dominaba en Italia, pero en Cataluña su implantación fue más lenta. Las formas góticas siguieron siendo populares mientras artistas de otros territorios introducían nuevas influencias, destacando la original aportación de Bartolomé Bermejo. De esta combinación surgió un estilo ecléctico que mezclaba distintas corrientes y reflejaba la vitalidad creativa de la época. Ya iniciado el siglo XVI el episodio realista fue protagonizado por Ayne Bru.

La colección se ha enriquecido gracias a la generosa contribución del Legado Cambó y el depósito de la Colección Thyssen-Bornemisza, que cuentan con destacadas obras de un gran número de artistas universales. La diversidad de las obras impide clasificarlas de forma rígida por estilos o épocas. Por ello, la exposición propone un recorrido flexible que integra aspectos históricos, sociales y culturales, ofreciendo una experiencia más enriquecedora y reflexiva para el visitante.

El recorrido sigue pues, tras llegar de la sala 26 perteneciente a la sección del gótico, por la sala 27 dedicada al maestro hispano-flamenco Bartolomé Bermejo. Su llegada a Barcelona marcó un momento decisivo en la evolución artística de la ciudad. Su presencia estuvo ligada al apoyo del archidiácono Lluís Desplà, quien en 1490 le confió la realización de una obra destinada a su capilla particular: la célebre Piedad Desplà. Apenas dos años más tarde fallecía Jaume Huguet, la figura más destacada de la pintura gótica catalana en sus últimas décadas. Dotado de una amplia experiencia artística y profundamente influido por las innovaciones procedentes de Flandes, Bermejo aportó a Barcelona una visión renovadora.

Encontró además en Desplà a un protector culto y ambicioso, comprometido con las nuevas corrientes del Renacimiento. Gracias a este mecenazgo, se impulsaron ideales como el prestigio personal, la virtud cívica y el interés por coleccionar y recuperar los modelos artísticos de la Antigüedad clásica, valores que comenzaban a transformar el panorama cultural de la época. Un claro ejemplo de ello son cuatro pinturas expuestas aquí, centradas en la figura de Cristo como Redentor, pertenecieron originalmente a la predela de un gran retablo. Las escenas representadas (el martirio, la crucifixión y la resurrección) destacan el significado espiritual del sacrificio de Cristo, entendido por la tradición cristiana como la redención de la humanidad del Pecado Original.

En la siguiente sala vemos los lienzos (último tercio del siglo XV) que decoraban las puertas del desaparecido órgano de la catedral de la Seu d’Urgell, aunque también, al mismo tiempo, servían para resguardarlo de las inclemencias del tiempo. Realizados en grisalla, respondían a una función vinculada a la liturgia: durante la Cuaresma, cuando la Iglesia limitaba tanto la exhibición de imágenes policromadas como la música en las celebraciones, estas pinturas ofrecían una alternativa más sobria y acorde con el período penitencial. El conjunto destaca por su singularidad y por su extraordinaria calidad artística. Su autor, de gran personalidad creativa, supo integrar con naturalidad las influencias de la pintura flamenca, enriquecidas además con referencias procedentes del ámbito cultural francés, dando lugar a una de las obras más representativas de su género.

La siguiente sala, la 28, nos recibe con el tapiz “Triunfo de la fama sobre la muerte” de Willem Dermoyen que estuvo activo en Bruselas entre 1520-1548. La obra forma parte de una célebre serie de tapices inspirados en los Triunfos de Francesco Petrarca, que durante siglos decoraron las estancias nobles del Palacio de la Generalitat de Barcelona. Adquiridos en 1557 al caballero tortosino Jaume Terça, estos paños ilustraban un recorrido alegórico en el que diversas fuerzas simbólicas se suceden unas a otras hasta desembocar en la victoria definitiva de la Eternidad. Es decir, cada concepto es superado por otro más poderoso: los tres tapices conservados en el MNAC representan el triunfo de la Fama sobre la Muerte, del Tiempo sobre la Fama y de la Divinidad sobre el Tiempo. Su mensaje reflexiona sobre la fragilidad de la gloria humana y la supremacía de los valores espirituales.

Además de su valor artístico, estas piezas tenían una finalidad didáctica, en sintonía con las ideas humanistas de la época, invitando a meditar sobre la virtud, la muerte y la trascendencia. Fueron tejidos en Bruselas con lana y seda hacia 1530-1540 y destacan por la riqueza de sus escenas y la complejidad de su simbolismo. De los seis tapices originales, solo se conservan cuatro, tres de ellos en el Museu Nacional d’Art de Catalunya.

En la pared opuesta a la del tapiz se expone El martirio de Cucufate, obra que formó parte del antiguo retablo mayor del monasterio de Sant Cugat del Vallès. La obra fue realizada por Aine Bru, uno de los pintores más destacados de la Cataluña del siglo XVI, cuya formación centroeuropea se refleja en una pintura influida tanto por la tradición flamenca como por las corrientes artísticas que florecían en la Venecia de finales del siglo XV y comienzos del XVI. Por otro lado, en un costado de la sala, vemos un grupo escultórico dedicado a la Dormición de la Virgen realizado por Damià Forment entre 1534 y 1537, cuyas doce figuras de alabastro que lo integraban se conservan actualmente en el MNAC. Las piezas proceden de la desaparecida iglesia de Sant Miquel de Barcelona.

En la siguiente sala expositiva veremos ejemplos sobre la introducción de la perspectiva en las pinturas, lo que permitió situar las escenas en paisajes y espacios arquitectónicos más creíbles, aportando una mayor sensación de realidad a las historias representadas. Esta innovación reflejaba la idea renacentista de la pintura como una ventana abierta al mundo. Al mismo tiempo, los artistas comenzaron a observar la naturaleza con más atención y a plasmar los detalles de forma más fiel. Poco a poco, los fondos dejaron de ser un simple complemento narrativo para adquirir protagonismo propio, anticipando el nacimiento de la pintura de paisaje como género independiente.

En una de las vitrinas se expone el retrato en mármol de Alfonso IV el Magnánimo, rey de la Corona de Aragón, que destacó tanto por su habilidad política y militar como por su apoyo a las artes y la cultura, convirtiéndose en un referente del ideal humanista renacentista. En este retrato aparece de perfil, siguiendo la tradición de las monedas de los emperadores romanos, un modelo muy apreciado en las cortes italianas del siglo XV. En la parte inferior se observa una jarra con flores, símbolo de la Orden de la Jarra y el Grifo, vinculada a la familia real. La obra se sitúa en la etapa en que Alfonso gobernó desde Nápoles, entre 1442 y 1458, y suele atribuirse al escultor Isaia da Pisa, artista formado junto a Donatello y colaborador en la decoración del Castel Nuovo napolitano.

En la siguiente sala se conservan las puertas del retablo de san Eloy, patrón del gremio de los plateros. La pieza fue realizada por Pere Nunyes entre 1526-1529 para la antigua iglesia de la Mercè de Barcelona, donde formó parte de su patrimonio religioso y artístico. La obra fue realizada sobre madera de álamo mediante una combinación de temple al huevo, óleo y ricos dorados aplicados con pan de oro, técnicas que realzan su valor artístico y decorativo. En la actualidad, el MNAC conserva las puertas de este retablo, organizadas en seis escenas independientes que narran distintos episodios relacionados con la vida del santo (de arriba abajo y de izquierda a derecha): san Eloy bautiza a los infieles, nacimiento de san Eloy, traslación del cuerpo de san Marcial, pesada de las sillas ante el rey Clotario II, muerte de san Eloy y Consagración episcopal del santo.

Al lado, apoyados sobre la pared, vemos dos sargas del revestimiento de unas puertas con escenas de la vida de Santa Catalina. Formaban parte de la cara exterior de las puertas de un retablo y proceden de la iglesia de san Salvador de Toledo. Tradicionalmente se han relacionado con la figura de Pedro Berruguete debido a las similitudes estilísticas que presentan con las obras del retablo mayor de la catedral de Ávila. Sin embargo, esta atribución sigue siendo objeto de debate entre los especialistas, ya que no existe un consenso absoluto al respecto. La obra se sitúa en un momento clave de la historia del arte castellano, cuando las influencias flamencas todavía estaban muy presentes, pero comenzaban a abrirse paso las nuevas ideas y formas propias del Renacimiento, una transición artística de la que Berruguete es considerado uno de sus máximos representantes.

Llegamos ya al espacio expositivo que contiene la colección depositada por la familia Thyssen-Bornemisza en el museo Nacional de Arte de Cataluña, ofreciendo un amplio recorrido por la pintura europea entre los siglos XIII y XVIII y que muestran las influencias que conectaron el arte catalán y español con las principales corrientes europeas de su tiempo. Este conjunto de obras permite, además de reflejar el gusto de los coleccionistas, recorrer la evolución artística del continente a través de obras de destacados artistas italianos, renacentistas y barrocos como Fra Angélico, Tiziano y Rubens, además de representantes de la escuela veneciana del siglo XVIII, entre ellos Tiepolo y Canaletto. También sobresalen los pintores del norte de Europa del siglo XVI, con especial protagonismo de Lucas Cranach.

La sala 31 ofrece una visión completa sobre la Virgen María en el arte, cuya figura adquirió un protagonismo especial en la pintura religiosa de la Contrarreforma, impulsada por las directrices del Concilio de Trento. La Iglesia católica reforzó entonces su papel como mediadora entre los fieles y Dios, especialmente a través de la defensa de la Inmaculada Concepción. Esta importancia se reflejó en una amplia variedad de representaciones artísticas. Entre ellas destaca la llamada Conversación Sagrada, donde María aparece en el centro rodeada de santos que, mediante sus gestos y miradas, confirman la verdad de la fe. Junto a estas escenas también fueron frecuentes imágenes más sencillas e íntimas de la Virgen con el Niño, en las que se enfatiza el vínculo afectuoso y humano entre madre e hijo.

La sala 32 está dedicada a la Pasión y el sacrificio de Cristo y algunos santos en la religión cristiana. En este contexto la cruz es uno de los símbolos más reconocibles y universales de la historia. Convertida en el principal emblema del cristianismo, representa tanto la fe como el sacrificio. Su enorme fuerza simbólica hizo que se convirtiera en un motivo recurrente en el arte de distintas épocas, trascendiendo incluso el contexto en el que surgió. Inspirado por la pasión y el martirio de Cristo, el arte barroco otorgó gran protagonismo a las escenas de sufrimiento de los santos, mostrando con intensidad sus tormentos. Estas imágenes no solo buscaban conmover, sino también servir de ejemplo espiritual, invitando a los fieles a identificarse con sus virtudes y fortalecer su devoción.

Uno de los ejemplos más claros es Cristo con la cruz (1590-1595) de Doménikos Theotokópoulos (El Greco): la imagen de Cristo portando la cruz no presenta este elemento como un instrumento de sufrimiento, sino como un símbolo de victoria sobre la muerte. Su expresión serena, alejada del dolor y la angustia, transmite confianza en la promesa de la vida eterna. Esta representación iconográfica se inspira en De imitatione Christi, una obra difundida durante el primer cuarto del siglo XV que buscaba guiar a los creyentes hacia la perfección espiritual. Además de su profundo significado religioso, la pintura permite apreciar el estilo característico del artista, quien modela las formas mediante sutiles matices cromáticos y altera las proporciones corporales para intensificar la dimensión espiritual y emocional de los personajes.

Esa expresión de serenidad contrasta con la escultura de un Ecce Homo (1635-1650) situada en el centro de la sala y que es una de las creaciones más sobresalientes del escultor barroco Manuel Pereira, artista de origen portugués que desarrolló gran parte de su carrera en Madrid. Tallada en madera y enriquecida con una cuidada policromía, la obra destaca por la intensidad emocional con la que representa a Cristo. Su extraordinario realismo, unido a una profunda expresividad, refleja plenamente los ideales del Barroco español, donde la capacidad de conmover al espectador era tan importante como la perfección técnica.

Curiosa es también la historia de la escultura de santa Liberada realizada en 1689 por Andreu Sala. La tradición cuenta que Liberada, hija de un rey pagano de Lusitania, fue obligada por su padre a contraer matrimonio. Para evitar ese destino, pidió ayuda divina para que ningún hombre se sintiera atraído por ella. Según la leyenda, su súplica fue escuchada y le creció una barba, un hecho que fue considerado brujería y que acabó llevándola a la crucifixión. Con el tiempo, santa Liberada pasó a ser invocada como protectora frente a los problemas y conflictos matrimoniales. Su culto surgió a raíz de una confusión iconográfica con el Volto Santo de Lucca, una representación de Cristo en majestad. La imagen conservada procede de la antigua iglesia del convento del Carmen de Barcelona y está considerada una de las piezas más destacadas de la escultura barroca catalana.

La sala 33 trata el tema de la espiritualidad impulsada por la Contrarreforma que otorgó a los santos un papel esencial como intermediarios entre los fieles y Dios. Su ejemplo de vida, marcado por la oración, la contemplación y el desapego de los bienes terrenales, servía de modelo para fortalecer la fe y acercar al creyente a lo divino. Experiencias como los éxtasis místicos, las visiones celestiales o la entrega absoluta a la voluntad de Dios se consideraban manifestaciones visibles de una profunda vida religiosa. La pintura del siglo XVII reflejó con frecuencia estas vivencias extraordinarias, representando a sus protagonistas inmersos en estados de intensa unión espiritual. Lejos de despertar dudas, estas imágenes buscaban conmover al espectador y suscitar sentimientos de devoción, admiración y fervor religioso.

En la sala 34 podemos ver las obras que componen el Legado Cambó: Francesc Cambó i Batle (1876-1947), político, mecenas y gran impulsor de la cultura catalana, desempeñó un papel fundamental en la vida cultural de la primera mitad del siglo XX. A partir de 1927 inició una destacada colección de arte con el asesoramiento de especialistas internacionales. Su propósito era reunir obras que complementaran las carencias existentes en los grandes museos de Barcelona y Madrid. Fruto de ese esfuerzo reunió cerca de cincuenta obras pictóricas de gran calidad, que recorren la evolución de la pintura europea entre los siglos XIV y comienzos del XIX. En su testamento legó esta valiosa colección al Ayuntamiento de Barcelona, convirtiéndola en una de las donaciones más importantes que ha recibido el museo a lo largo de su historia.

En el museo no podía faltar obras del Siglo de Oro español, expresión que se utiliza para designar el brillante panorama artístico del siglo XVII en la península ibérica. Aunque durante mucho tiempo los grandes maestros españoles fueron considerados secundarios frente al predominio del clasicismo europeo, la revalorización de artistas como Velázquez, Zurbarán o Ribera transformó esa percepción. Su original manera de interpretar el naturalismo y la espiritualidad permitió reconocer la importancia de la escuela española en el desarrollo del arte barroco europeo. De Francisco de Zurbarán vemos, entre otras obras, una Inmaculada Concepción (1632) que aparece representada como una joven luminosa y serena, con las manos unidas en oración y la mirada elevada hacia el cielo. Vestida con una delicada túnica rosada y un manto azul, se alza sobre una luna sostenida por querubines, rodeada de estrellas, ángeles y símbolos vinculados a la pureza de María. La escena reúne numerosas referencias marianas que exaltan el privilegio de haber sido concebida sin pecado original. Esta obra, una de las versiones más destacadas que realizó Zurbarán sobre el tema, está considerada una de las grandes creaciones de la pintura del Siglo de Oro español.

Al lado de la anterior obra pictórica vemos “La conversión de san Pablo” de Juan bautista, fraile dominico que desarrolló gran parte de su carrera en Toledo. La obra refleja la influencia del clasicismo italiano surgido en Roma a comienzos del siglo XVII. Su estancia en la ciudad italiana marcó profundamente su estilo y esta escena es un buen ejemplo de ello. Además, muestra cómo el naturalismo inspirado por Caravaggio comenzó a difundirse por España. Otra de las obras más destacadas de las que vemos aquí es la de san Pedro de Diego de Velázquez, quien representó al santo sentado, vestido con una túnica y envuelto en un pesado manto. Su cabello oscuro, la barba entrecana y el rostro marcado por la edad refuerzan su imagen de sabio, mientras la aureola que rodea su cabeza subraya su condición sagrada. Sostiene un libro, símbolo de su papel como apóstol y pensador cristiano. Pintada por Velázquez durante su etapa sevillana, antes de trasladarse a Madrid para servir a Felipe IV, esta obra es una pieza clave para comprender la huella del naturalismo de Caravaggio en la pintura española.

Otra de las obras que mas nos ha llamado la atención fue la de El Martirio de san Bartolomé de José de Ribera o Jusepe de Ribera. Representa con gran intensidad el sufrimiento del apóstol, quien se encuentra casi desnudo e indefenso. Bartolomé dirige su mirada al espectador mientras un verdugo lo desuella con brutalidad. A sus pies aparece una escultura clásica identificada con el dios Baco, mientras que, al fondo, varios sacerdotes presencian la escena. Inspirada en la Leyenda áurea de Jacobo de la Vorágine, la obra establece un paralelismo con el mito de Marsias. Esta impactante pintura es una de las creaciones más destacadas de Ribera, conocido como Lo Spagnoletto, y formó parte de la colección del ilustrador Alexandre de Riquer antes de ingresar en el MNAC.

Llegamos ya a la sala 35, donde comienza una sucesión de espacios expositivos que culmina con la última sala de las dedicadas al Renacimiento y Barroco, la 38. Así, el primero que encontramos trata el tema del bodegón, el cual fue uno de los temas favoritos de los pintores barrocos, aunque durante mucho tiempo recibió escaso reconocimiento teórico. Frutas, flores, animales o piezas de caza servían para perfeccionar la técnica y afrontar desafíos como la representación de la luz y las texturas. Inspirados por los relatos de los maestros de la Antigüedad, los artistas competían por crear imágenes tan realistas que pudieran confundirse con la propia realidad. Al mismo tiempo, la influencia de la Contrarreforma impulsó las pinturas de vanitas, que recordaban la brevedad de la vida y el carácter pasajero de las riquezas terrenales.

De igual manera, el retrato alcanzó un gran protagonismo durante esta época y se convirtió en una de las expresiones más representativas de la nueva cultura renacentista. La colección del museo muestra cómo estas imágenes podían servir para fines religiosos, conmemorativos o vinculados al prestigio y al poder. Al mismo tiempo, la creciente valoración del individuo impulsó el desarrollo del retrato y del autorretrato, reflejando tanto el reconocimiento social de los personajes representados como la nueva consideración de los artistas, que comenzaron a reivindicar su identidad y a firmar sus obras.

Los encargos artísticos de la época estaban profundamente condicionados por quienes los financiaban. Los mecenas no solo elegían al artista y el tema de la obra, sino que a menudo intervenían en numerosos detalles, incluidos los colores, cuyo valor y simbolismo reforzaban su prestigio social. Para dejar constancia de su poder y devoción, era habitual que los donantes aparecieran representados en las escenas religiosas, solos, junto a sus familias o arrodillados ante figuras sagradas, como ocurre en la pintura de Juan Pantoja de la Cruz titulada “Adoración de Cristo con la familia Ayala” (1602). Esta costumbre acabaría sentando las bases del retrato en la Edad Moderna.

La colección reúne un destacado conjunto de escenas mitológicas y alegóricas que refleja la relevancia de los relatos de la Antigüedad clásica en el arte de la época. Estas obras muestran cómo los artistas incorporaron los ideales del clasicismo con distintos grados de profundidad, desde referencias puntuales hasta una auténtica renovación de su lenguaje visual. Los mitos, cargados de simbolismo, servían además para transmitir enseñanzas morales y valores humanistas destinados a la formación intelectual y ética del individuo.

El siguiente espacio expositivo se titula “Cataluña entre el barroco y el academicismo”. Durante el Barroco, el arte catalán mantuvo una fuerte personalidad propia gracias al protagonismo de los talleres locales, donde las estampas servían como fuente de inspiración para muchas composiciones. Aunque existieron influencias externas, destacó la figura de Antoni Viladomat, clave tanto en la pintura religiosa como en temas de carácter profano. Ya en el siglo XIX, la llegada del Neoclasicismo renovó el panorama artístico, con escultores como Damià Campeny, cuya obra demuestra una elegante adaptación de los ideales clásicos y una notable maestría técnica.

A continuación vemos algunas de las pinturas conservadas de la capilla Herrera. El banquero español Juan Enríquez de Herrera mandó construir entre 1602 y 1606 una capilla dedicada a san Diego de Alcalá en la iglesia de San Giacomo degli Spagnoli, en Roma, como agradecimiento por la curación de su hijo. El proyecto, iniciado por Annibale Carracci, representaba escenas de la vida y los milagros del santo, aunque tras la enfermedad del artista fue terminado por sus colaboradores, entre ellos Francesco Albani. Debido al deterioro de los frescos, en 1833 fueron trasladados a lienzo bajo la dirección de Antoni Solà. En 1850, dieciséis pinturas llegaron a Barcelona: nueve quedaron en la Reial Acadèmia Catalana de Belles Arts de Sant Jordi y las restantes fueron trasladadas a Madrid, donde hoy forman parte del Museo Nacional del Prado.

Una de las novedades de la época fue el protagonismo que adquirieron los personajes populares en la pintura. Su presencia refleja el interés de los artistas por la vida cotidiana y responde también al gusto de una clientela cada vez más receptiva a estos temas. Aunque algunas obras tenían una intención moralizante, la mayoría mostraban escenas de carácter lúdico que buscaban entretener o despertar emociones. En ellas, la pobreza y la marginalidad aparecen representadas con cierta distancia, más como objeto de observación que como motivo de compasión. En este contexto, curiosa es la obra titulada Pareja de amantes desigual (entre 1520 y 1550) de Lucas Cranach (el Viejo).

Pero la colección también incluye obras de temática social, como Tres mendigos (1736) de Giacomo Ceruti "Il Pitocchetto", una pintura que denuncia la pobreza mediante una representación sobria y cargada de humanidad. En la misma línea de encuentra la pintura “Niños mendigos”, quienes vestidos con harapos piden limosna en una escena que refleja su vulnerabilidad. El artista muestra su difícil situación con un enfoque observador y distante, más cercano a la curiosidad que a la compasión. La autoría de la obra ha sido objeto de debate, pasando por nombres como Rembrandt, Ferdinand Bol o Gioacomo Francesco Cipper, aunque también se ha relacionado con un pintor italiano anónimo de finales del siglo XVII. Su marcado realismo y la dureza de los rostros la acercan especialmente al estilo del llamado Maestro de la tela vaquera.

El último ámbito expositivo está titulado como “Cielo y tierra. Geografías imaginarias”: en la tradición cristiana existía la idea de separar con claridad el ámbito divino del mundo terrenal, respetando una estricta jerarquía entre ambos. Sin embargo, algunas imágenes religiosas centradas en la figura de un santo rompían esa división para reforzar la fuerza narrativa de la escena. Los artistas barrocos, influenciados por los recursos visuales del teatro, crearon composiciones llenas de dramatismo en las que seres celestiales y personajes humanos compartían un mismo escenario. De este modo surgía un espacio simbólico que evocaba la capacidad de los santos para actuar como intermediarios entre el cielo y la tierra, al tiempo que destacaba el carácter sagrado y venerable de sus imágenes.

En la sala destaca, entre otras, el ciclo de pinturas de la historia de Tobías de Andrea Vaccaro y la obra “El rey Venceslao IV sentencia a san Juan Nepomuceno”, pintado en 1710 por el artista italiano Paolo de Matteis. La escena muestra el momento en que el rey Venceslao IV condena a muerte a san Juan Nepomuceno en 1393, después de que este se negara a revelar el contenido de la confesión de la reina Juana. La obra procede de la antigua iglesia conventual de los trinitarios descalzos de Barcelona, conocida como Nuestra Señora de la Bonanova, situada donde hoy se alza el Gran Teatro del Liceo. Su autor, Francesco Solimena de Matteis, fue un destacado pintor barroco napolitano que trabajó para diversas cortes europeas. La presencia de esta pintura en Barcelona refleja la intensa circulación de obras de arte en la época y la participación activa de la ciudad en las redes comerciales artísticas internacionales.

Para más información sobre horarios, precios, exposiciones temporales, etc., acude a la web del Museu Nacional d'Art de Catalunya o visita la página de turismo oficial de Turisme de Barcelona, donde encontrarás toda la información que necesites de éste y otros monumentos y sitios de interés de la ciudad:

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