La sección de Arte Moderno (salas que van de la 39 a la 81) constituye un extraordinario recorrido por la evolución artística catalana desde comienzos del siglo XIX hasta mediados del siglo XX. A través de pinturas, esculturas, dibujos, carteles, fotografías, artes decorativas, mobiliario, arquitectura e incluso cine, esta colección permite comprender cómo Cataluña pasó de la tradición académica a las vanguardias que transformaron el arte contemporáneo. La colección actual de arte moderno y contemporáneo del MNAC tiene su origen en la Exposición Universal de Barcelona de 1888, a partir de entonces ha ido creciendo poco a poco.
A mediados del siglo XIX, con el auge de la sociedad burguesa, surgió una nueva figura: el artista moderno. A diferencia de los creadores que trabajaban para la Iglesia o la nobleza, ahora debía abrirse camino en una ciudad cada vez más cosmopolita y en un mercado artístico en expansión. En este contexto, muchos artistas reivindicaron su independencia y adoptaron una actitud inconformista, ya fuera como bohemios, innovadores o críticos de su tiempo. Sin embargo, esta libertad escondía una contradicción: aunque cuestionaban los valores burgueses, dependían de la propia burguesía para vender sus obras y desarrollar su carrera.
Los retratos y autorretratos adquirieron una importancia especial durante la época moderna. Los artistas recurrieron con frecuencia a su propia imagen para expresar su personalidad y diferenciarse de las convenciones sociales, adoptando a menudo una apariencia singular o provocadora. Junto a ellos aparecen retratados amigos, escritores y poetas de su entorno más cercano, figuras que desempeñaron un papel clave en la difusión y valoración del arte moderno a través de periódicos y revistas.
Frente a la libertad creativa del taller, la academia empezó a ser vista por muchos artistas modernos como un símbolo de normas rígidas y modelos ya superados. En respuesta, defendieron una expresión más personal y sincera, basada en su propia visión del mundo. Aun así, la formación académica siguió siendo fundamental en su aprendizaje, especialmente a través del estudio del desnudo, una práctica esencial tanto del dibujo del natural como de las nuevas referencias proporcionadas por la fotografía.
El taller ocupa un lugar central en la imagen del artista moderno. Más que un simple espacio de trabajo, se convierte en un refugio donde nacen las ideas y toma forma la creación artística. En muchas pinturas y fotografías de la época, este ambiente aparece representado junto al propio artista, la modelo y, a menudo, un lienzo mostrado por su reverso, un recurso que sugiere el carácter íntimo y en constante evolución de la obra de arte.
Con el tiempo, los aficionados y coleccionistas ganaron importancia en el mundo artístico y comenzaron a aparecer retratados junto a sus colecciones, especialmente de grabados, tanto entre la nobleza como en la burguesía ilustrada. Al mismo tiempo, el desarrollo de técnicas de reproducción más económicas facilitó la difusión del arte entre un público mucho más amplio que el de las élites tradicionales. Esto último lo representó Ferrer Miró en su obra “Exposición pública de un cuadro” (1888), concretamente un escaparate de una galería de arte. Esta pintura obtuvo una medalla de oro en la Exposición Universal de Barcelona de 1888, reconocimiento que llevó al pintor a realizar varias versiones posteriores. Ferrer fue uno de los artistas que introdujo en España el llamado realismo anecdótico, una corriente que conoció durante su estancia en Italia en los años setenta del siglo XIX. Tras regresar a Barcelona compartió taller con Romà Ribera y orientó su producción hacia los gustos de una burguesía en pleno auge, interesada en escenas que reflejaran su forma de vida.
Aunque el artista moderno buscaba alejarse de las normas de la burguesía, el retrato burgués se convirtió en una fuente importante de trabajo. Desde representaciones solemnes, donde destacaban detalles como las joyas y los encajes, hasta escenas familiares más íntimas, estas obras reflejaban el bienestar y la posición social de sus protagonistas. El deseo de la burguesía por mostrar y reafirmar su estatus impulsó numerosos encargos, especialmente de retratos individuales.
A pesar de ello, frente al mundo acomodado de la burguesía, el artista bohemio dirigió su mirada hacia los sectores más humildes y marginales de la sociedad. La pobreza, los barrios populares y la vida cotidiana se convirtieron así en fuentes de inspiración, alejándose de las imágenes idealizadas o religiosas. En este contexto destaca Isidre Nonell, especialmente por sus representaciones de personas pobres y, sobre todo, de mujeres gitanas, que reflejan uno de los aspectos más característicos de la cultura bohemia.
Durante la segunda mitad del siglo XIX, Oriente despertó un gran interés en la cultura y el arte de la burguesía europea. Por un lado, este interés estuvo ligado a la expansión colonial de las potencias europeas en el norte de África; por otro, Oriente fue imaginado como un lugar exótico y lleno de pasión, muy alejado de la realidad cotidiana occidental. Esta visión idealizada del mundo oriental terminó convirtiéndose en un tema muy popular y comercial dentro del mercado artístico.
Dentro de las categorías artísticas tradicionales, la pintura de historia ocupaba la posición más prestigiosa, gracias a sus grandes dimensiones y a sus numerosas figuras. Sin embargo, los cambios del mercado artístico y la aparición de nuevos medios, como la prensa y la fotografía, hicieron que este género perdiera protagonismo. Los artistas comenzaron entonces a interesarse más por acontecimientos contemporáneos, como las guerras coloniales o los conflictos sociales, acercando la pintura a la realidad de su tiempo.
La Batalla de Tetuán (1862 – 1866) de Marià Fortuny (uno de los grandes protagonistas de la colección) es una de las obras que más ha perdurado en la memoria colectiva catalana. Desde su llegada a Barcelona en 1875, la pintura despertó una gran fascinación y acabó convirtiéndose en un auténtico icono popular. Su carácter poco convencional y alejado de las normas habituales de la pintura de historia la convirtió en una obra singular y polémica. Sin embargo, quedó inacabada, algo que supuso una cierta frustración para su autor al no conseguir resolver plenamente el desafío que se había planteado.
La figura de Marià Fortuny marca un antes y un después en la historia del arte catalán. Fue uno de los grandes pintores españoles del siglo XIX que alcanzó un notable prestigio internacional. Destacó especialmente por sus escenas de género, conocidas como “pintura de casacas”, en las que recreaba con gran detalle y precisión ambientes del siglo XVIII. En La Vicaría, considerada una de las pinturas más importantes del siglo XIX español, representa el momento en que se firma un contrato matrimonial, rodeando la escena de numerosos detalles que reflejan su interés por la cultura de la época y su admiración por Goya. La obra tuvo una gran acogida en París y convirtió a Fortuny en un pintor muy solicitado por los coleccionistas internacionales. Su éxito influyó decisivamente en numerosos artistas catalanes y contribuyó a conectar el arte de Cataluña con los grandes centros culturales europeos.
A mediados del siglo XIX, la apertura de Japón al comercio occidental despertó un gran interés por su cultura y su arte en Europa. Las estampas ukiyo-e, muy apreciadas por artistas y coleccionistas, comenzaron a ocupar un lugar destacado en los hogares burgueses, junto a biombos, abanicos, sombrillas y otros objetos de inspiración japonesa. Sin embargo, su influencia fue mucho más profunda que una simple moda decorativa: sus líneas, colores planos, encuadres y composiciones terminaron transformando la estética del arte moderno, teniendo un papel importante en el desarrollo de las vanguardias.
Aquí vemos también la pintura “Granadina” (1914) de Hermenegildo Anglada-Camarasa, uno de los artistas más destacados de la segunda generación del modernismo que alcanzó una notable proyección internacional. Tras formarse en Barcelona, se instaló en París, donde encontró inspiración en la vida nocturna de la ciudad y en sus intensos efectos de luz y color. Más adelante, su contacto con la estética de los Ballets Rusos de Diaghilev marcó una nueva etapa en su pintura. A partir de su estancia en Valencia desde 1904, también se interesó por el folclore español, que trasladó a sus obras mediante un estilo muy decorativo. En esta obra, Granadina, esta tendencia se aprecia especialmente en el llamativo colorido del traje, que se convierte en el principal centro de atención de la composición.
Seguimos avanzando y nos topamos ahora con la sala que contiene las fotografías de Josep Maria Casals i Ariet, cedidas al museo en 2018 por su hija Gabriela Casals, una donación de gran valor que enriqueció notablemente la colección de fotografía del museo y facilitó el conocimiento de la trayectoria y los métodos de trabajo de uno de los fotógrafos más relevantes de Cataluña. Casals i Ariet destacó como una figura esencial del pictorialismo catalán, corriente que apareció a finales del siglo XIX con el propósito de reivindicar la fotografía como una forma de expresión artística. Su obra se centró especialmente en los paisajes de la Cataluña interior y las zonas de montaña. Entre sus principales recursos técnicos sobresale el bromóleo transportado, un procedimiento basado en pigmentos que daba a sus fotografías una apariencia próxima a la de los grabados.
La sala 52 está dedicada al paisaje impresionista: la pintura realizada al aire libre, propia de los artistas pleinairistas (del plein air, cuya traducción es pintura al aire libre), parte inicialmente del apunte académico, aunque pronto deja de ser un simple estudio previo para convertirse en una obra con valor propio. Su interés se centra especialmente en captar lo inmediato: la fugacidad de un momento, las variaciones de la luz y la impresión visual que produce la escena. De esta manera surge el impresionismo que, a través de distintas interpretaciones, termina convirtiéndose en una expresión característica de la modernidad. Más que un estilo artístico, representa también una nueva forma de entender la vida y el papel del artista, vinculada a la libertad y autonomía de la creación, aunque también se presente en formas más satíricas y caricaturescas.
Durante el cambio de siglo, París se consolidó como el gran referente de la modernidad. La ciudad no solo lideraba el mundo de la moda y el lujo, sino que también era el epicentro del entretenimiento popular y de nuevos medios de comunicación como la publicidad y el cartel. En este ambiente dinámico floreció un arte independiente, impulsado por críticos influyentes, numerosas publicaciones, galerías innovadoras y coleccionistas interesados en las corrientes más avanzadas. Por ello, artistas llegados de todos los rincones del mundo encontraron en París el lugar ideal para desarrollar su talento, creando algunas de sus obras más destacadas bajo el impacto de una ciudad vibrante y en constante transformación.
En este contexto, en la sala 54 hay que destacar la obra “Ramon Casas y Pere Romeu en un tándem”, una de las imágenes más representativas del modernismo catalán. En ella, el propio Ramon Casas aparece junto a Pere Romeu, gerente de la célebre cervecería Els Quatre Gats, mientras ambos recorren en bicicleta un paisaje dominado por la silueta de Barcelona. El cuadro fue concebido para decorar el interior de aquel emblemático local. Su carácter decorativo, el tono desenfadado de la escena y su lenguaje visual cercano al cartel reflejan la experiencia de Casas en este ámbito, donde gozaba de un notable reconocimiento. Años después, en 1901, la pintura fue retirada y sustituida por otra, que vemos expuesta al lado, en la que los mismos protagonistas aparecían viajando en automóvil, símbolo de los nuevos tiempos y de los avances de la modernidad.
Si hubo un espacio que encarnó en Barcelona el espíritu moderno inspirado en París, ese fue Els Quatre Gats, activa entre 1897 y 1903. Impulsado por artistas como Ramon Casas, Santiago Rusiñol y Miquel Utrillo, y dirigido por Pere Romeu, se convirtió en punto de reunión de artistas, escritores e intelectuales vinculados al modernismo, además de jóvenes creadores que alcanzarían gran notoriedad, entre ellos un joven Pablo Picasso, Mir o Nonell. Siguiendo el modelo de los locales de Montmartre, en sus salas se organizaban exposiciones, actuaciones musicales y espectáculos de marionetas, en una época marcada por el nacimiento del cine, una industria en la que Barcelona llegaría a desempeñar un papel destacado. Por ello, aquí se exponen mobiliario modernista que perteneció a diferentes establecimientos comerciales, como el de la tintorería Gallard.
De aquel establecimiento se conservan en el Museu Nacional d’Art de Catalunya una puerta acristalada, una sobrepuerta realizados con vidrieras emplomadas y un biombo. Este biombo, creado por Joaquim Renart i Garcia en 1905 combina tres paneles de madera de roble decorados con pirograbado y pintura con una vidriera de colores emplomada. En la hoja central destaca la inscripción “Tintorería Gallard”, ejecutada con un vidrio azul opaco sobre fondos texturizados, integrando de forma armoniosa la función identificativa del negocio con el valor ornamental de la obra. Los paneles laterales muestran delicados motivos vegetales estilizados grabados y pintados sobre la madera. Estas formas dialogan con la decoración floral de la vidriera y reflejan el gusto modernista por las líneas sinuosas, orgánicas y de inspiración natural.
Pero no sólo los establecimientos comerciales lucían una estética modernista, en algunos hogares burgueses también se comenzó a decorar con ese estilo. Y es que en la Barcelona que crecía con fuerza alrededor de la Exposición Universal de 1888 y comenzaba a consolidarse como uno de los grandes focos del modernismo, surgió la figura del interiorista o ensemblier. Estos profesionales se encargaban de dar personalidad a las viviendas mediante la combinación de muebles, tapices, esculturas, pinturas y objetos decorativos, siguiendo una tendencia que consideraba incompleta cualquier casa desprovista de una cuidada ornamentación.
Entre ellos destacó Francesc Vidal, cuyos talleres y comercios tuvieron una gran influencia. Su labor fue fundamental para orientar los gustos de la burguesía de finales del siglo XIX, especialmente de las familias enriquecidas gracias a la industria textil. Esta concepción del interior doméstico encontró también su reflejo en una pintura de gran calidad técnica, aunque vinculada a planteamientos artísticos más tradicionales.
Aquí, en la sala 61, nos llama especialmente la atención la vidriera El Gorg Blau, diseñada por Joaquim Mir hacia 1911 y realizada por el taller Rigalt i Granell, destacando como una de las piezas más singulares del modernismo catalán. Este gran tríptico representa un paisaje idealizado inspirado en Mallorca, con una naturaleza exuberante, un lago y un desfiladero iluminado por la luz de la noche. La obra resulta especialmente relevante porque constituye una de las escasas incursiones de Mir en las artes decorativas. Originalmente formó parte de la ornamentación de la Casa Trinxet, una elegante residencia modernista proyectada por Josep Puig i Cadafalch, hoy desaparecida.
En este momento volvemos a desembocar en el vestíbulo, en la sala de la cúpula, y ahora nos dirigimos a la otra ala de esta primera planta del edificio, donde se extiende la segunda parte de la sección de Arte Moderno. Aquí uno de los aspectos más singulares de la colección es la importancia concedida a las artes decorativas. El Modernismo no se limitó a la pintura o la escultura, sino que también transformó la arquitectura, el mobiliario, la cerámica, la forja, la joyería y el diseño de interiores. Por ello, el museo conserva importantes obras relacionadas con Antoni Gaudí, así como piezas de diseñadores y artesanos que contribuyeron a definir la estética modernista. Estas salas permiten comprender cómo el arte penetró en todos los aspectos de la vida cotidiana de la burguesía catalana. Un claro ejemplo de lo comentado es la reja de dos batientes procedente de la Casa Vicens de Antonio Gaudí.
De aquel genial artista también podemos ver otros ejemplos importantes de mobiliario diseñado por él, como una silla de madera de roble tallada procedente de la sala de Juntas de la Casa Calvet de Barcelona. Como vemos Gaudí no solo destacó como arquitecto, sino también como innovador en el diseño de mobiliario.
Para la Casa Batlló creó unas sillas (1904-1906) revolucionarias para su época, concebidas para adaptarse de forma natural al cuerpo humano, con líneas curvas y suaves que permitían sentarse con mayor comodidad. Frente a los muebles recargados y ornamentados habituales en su época, Gaudí apostó por una solución mucho más sencilla, dejando que la propia estructura y su forma fueran las protagonistas. Esta manera de entender el mobiliario lo convirtió en uno de los precursores del diseño ergonómico y supuso una ruptura con los modelos tradicionales. Su planteamiento se adelantó, además, a algunas ideas que posteriormente serían fundamentales para el diseño industrial, en una línea similar a la desarrollada por otros arquitectos como Victor Horta, Charles Rennie Mackintosh o Eero Saarinen.
Otro ejemplo de mobiliario modernista es el escritorio archivador de partituras de Josep Maria Jujol. Pere Mañach, primer marchante de Picasso, encargó a Jujol buena parte del mobiliario de su vivienda. El encargo incluía distintas piezas para el comedor, el dormitorio y la sala de música, entre las que destaca este escritorio-archivador de partituras, una obra que refleja a la perfección la imaginación y el carácter innovador del arquitecto. La pieza está decorada con una llamativa policromía y la silueta de la iglesia de Vistabella. Su diseño, lleno de formas originales y detalles fantásticos, guarda una estrecha relación con el lenguaje decorativo que Jujol empleó en la singular tienda de cerraduras, llaves y cajas fuertes que también realizó para Mañach. El resultado es un mueble de gran personalidad, donde funcionalidad y creatividad se combinan de una manera extraordinariamente libre.
En cuanto a la pintura, en estas salas destaca La Paloma (1904) de Isidre Nonell, una figura destacada de la segunda generación del modernismo catalán. Vinculado a la Colla del Safrà y al ambiente artístico de Els Quatre Gats, también viajó a París en 1897 junto a Ricard Canals. Su pintura se alejó de las tendencias más populares de la época para desarrollar un estilo de fuerte carácter expresionista, dominado por tonos oscuros y por su interés hacia personajes marginados, especialmente las mujeres gitanas. A pesar del rechazo inicial de la crítica conservadora, con el tiempo, figuras como “La Paloma”, de rasgos más definidos y una expresión menos dramática, acercaron su obra al público y le proporcionaron un mayor reconocimiento poco antes de su muerte prematura.
A comienzos del siglo XX surgió una reacción frente al espíritu romántico y emocional del Modernismo, naciendo así el Noucentisme, un movimiento que defendía el orden, la armonía y los valores clásicos mediterráneos. Las salas dedicadas a este periodo muestran cómo artistas e intelectuales intentaron construir una imagen moderna y culta de Cataluña, inspirándose en el equilibrio y la serenidad del mundo clásico. Concretamente en la sala 72 destaca la pintura “Una boda” (1921) de Olga Sacharoff. Nacida en Tbilisi y formada artísticamente en Múnich y París, llegó a Barcelona en 1916 junto a su marido, Otho Lloyd, atraída por el ambiente cultural que la ciudad ofrecía durante la I Guerra Mundial. Aunque mantuvo vínculos con París durante años, acabaría instalándose definitivamente en Barcelona, donde su casa del Putxet se convirtió en un punto de encuentro para artistas e intelectuales. Su estilo evolucionó del cubismo hacia una pintura más colorista, luminosa y naïf. En Una boda, Sacharoff representa con ironía una escena nupcial en un entorno boscoso, reflejando su característico estilo amable y lleno de color.
En 1925, Salvador Dalí presentó su primera exposición en las Galerías Dalmau de Barcelona, antes de viajar a París y acercarse al surrealismo. Entre las obras más destacadas de aquella muestra se encontraba el retrato de su padre, considerado una de las piezas más sobresalientes de su etapa de juventud. En la pintura, Dalí consigue transmitir el carácter firme de su padre, notario de Figueres, mediante un rostro serio y una mirada intensa que refleja la compleja relación que ambos mantenían. La obra también demuestra la gran capacidad técnica que el joven artista había alcanzado ya en esos años, visible en la precisión de los contornos, el cuidado tratamiento de la luz y las sombras y el empleo de una gama de colores sobrios que refuerza la fuerza expresiva del retrato.
Josep de Togores perteneció a una generación de artistas catalanes que, hacia 1917, buscó romper con las normas más rígidas del Noucentisme y abrir el arte a nuevas formas de expresión. Tras una primera experiencia en París entre 1913 y 1914, en 1919 se estableció definitivamente en la capital francesa. A partir de 1921 contó con el respaldo de Daniel-Henry Kahnweiler, uno de los principales marchantes vinculados al cubismo, lo que permitió que su obra alcanzara una gran difusión por Europa. Su pintura “Printania” (1922) refleja la calidad de esta etapa, caracterizada por una representación depurada de la figura humana y por un realismo sobrio que recuerda a los planteamientos de la Nueva Objetividad.
La escultura ocupa también un lugar destacado dentro del recorrido. Entre las obras más admiradas se encuentra Desconsuelo, de Josep Llimona, considerada una de las grandes obras maestras de la escultura catalana. Su delicadeza formal y su profunda carga emocional la han convertido en un símbolo del Modernismo. Las esculturas de este periodo reflejan el gusto por el simbolismo, la elegancia de las formas y la búsqueda de una belleza idealizada. Llimona fundó con su hermano el Círculo Artístico de Sant Lluc, formado por artistas de profundas convicciones religiosas y conservadoras, como Antonio Gaudí. Aunque inicialmente rechazaba el desnudo, el cambio de esta norma favoreció el desarrollo de la escultura modernista.
El recorrido por el Arte Moderno termina por la colección que aborda el impacto de la Guerra Civil española sobre la creación artística y las manifestaciones culturares de la posguerra, además de la recuperación de las vanguardias durante las décadas posteriores. El conflicto transformó profundamente la vida cultural de Cataluña y España y marcó a toda una generación de artistas. Gracias a las ampliaciones realizadas en los últimos años, el recorrido llega hasta los años cincuenta e incluye obras vinculadas al influyente movimiento artístico Dau al Set. Entre las obras expuestas destaca Cabeza de Montserrat gritando, realizada en 1942 por el escultor barcelonés Juli González, quien retoma la figura de La Montserrat, presentada en París en 1937 y convertida en un símbolo de la resistencia catalana durante la Guerra Civil. En esta nueva versión, el rostro de la mujer aparece desgarrado por un grito que expresa el dolor ante la violencia de la guerra y la represión franquista.
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