La colección de arte gótico del Museu Nacional d’Art de Catalunya ocupa las salas 17 a 26 y permite recorrer un amplio periodo comprendido entre mediados del siglo XIII hasta aproximadamente el 1500. La mayor parte de las piezas procede de los antiguos territorios de la Corona de Aragón (Cataluña, Valencia, Aragón y Mallorca), aunque el recorrido también incorpora destacados ejemplos procedentes de la antigua Castilla y de otros puntos de Europa. La colección ofrece la oportunidad de descubrir el trabajo de grandes maestros del periodo, entre ellos escultores como Jaume Cascalls, Pere Sanglada o Pere Joan, así como pintores de la talla de los hermanos Serra, Lluís Borrassà, Bernat Martorell y Jaume Huguet.
A diferencia de las salas dedicadas al románico, donde predominan las pinturas murales, en este ámbito adquiere especial protagonismo la pintura sobre tabla y, especialmente, el retablo, elemento situado tras el altar que experimentó una importante evolución durante los siglos XIV y XV. La exposición permanente se completa con varias obras de piedra, como retablos, una manifestación artística especialmente representativa del gótico catalán. La visita a las salas dedicadas al arte gótico comienza en la sala 17, en la cual se refleja el creciente protagonismo de la sociedad laica y de los estamentos nobiliarios durante este periodo.
Entre las obras más destacadas se encuentran las pinturas murales de La Conquista de Mallorca, halladas y trasladadas en 1961, que constituyen una de las manifestaciones más destacadas de la pintura catalana del primer gótico. En ellas se relata la conquista de Mallorca por el rey Jaime I en 1229: a un lado se representa la batalla de Portopí y, al otro, la toma de la ciudad de Mallorca, mientras que en el centro aparece el campamento real, con el monarca acompañado por sus consejeros. Las escenas recrean con gran detalle los acontecimientos narrados en las crónicas medievales catalanas, entre ellas el “Llibre dels Fets” de Jaime I y la crónica de Bernat Desclot. Estas piezas dialogan con diversos fragmentos de artesonados, principalmente de origen catalán, que ayudan a recrear la riqueza decorativa de la época. En el centro de la sala también destaca la urna-relicario de san Cándido (hacia 1292) procedente del monasterio de Sant Cugat del Vallès.
La sala 18 alberga algunas de las primeras obras góticas, ejemplos de cómo las rígidas figuras románicas comienzan a adquirir movimiento y expresividad, reflejando la influencia artística llegada desde Francia. Entre ellas destaca la de un santo diácono realizada hacia el 1300 y considerada una de las mejores muestras de la primera escultura gótica catalana. La figura, con un rostro armonioso, rasgos delicados y expresivos ojos almendrados, presenta unas características que han permitido identificar un mismo grupo estilístico al que también pertenecen las otras tres imágenes que la acompañan. Estas tallas reflejan la influencia de la escultura francesa y, gracias a la inscripción conservada en la base de la santa situada a la derecha, se han relacionado con Sant Bertran de Comenge, sede de un obispado occitano del que dependió la Val d’Aran hasta comienzos del siglo XIX.
Por su parte, la sala 19 está dedicada al arte funerario medieval, destacando cuatro tablas con plañideros, quienes, ataviados con las características vestiduras de luto a rayas, expresan su dolor de forma intensa: lloran desconsoladamente, se tiraban de los cabellos e incluso se arañaban el rostro hasta hacerlo sangrar. Estas obras pertenecían a los sepulcros de Sancho Sánchez Carrillo y de su esposa, Juana, situados en la iglesia de san Andrés de Mahamud (Burgos). Las tumbas fueron realizadas hacia 1295, fecha en la que el matrimonio obtuvo autorización para ser enterrado en este templo. Estas tablas formaban parte de un excepcional conjunto del primer gótico castellano, del que hoy solo se conservan ocho paneles, todos ellos custodiados en el Museu Nacional d’Art de Catalunya, además de la figura yacente del caballero, que se encuentra en el Cincinnati Art Museum de Ohio.
La sala 20 está dedicada a la escultura gótica del siglo XIV, conteniendo importantes esculturas realizadas durante la segunda mitad del siglo XIV. Las figuras presentan una mayor naturalidad, rostros individualizados y plegados más elegantes, evidenciando la madurez alcanzada por la escultura gótica catalana. Uno de los escultores más relevantes de la época fue Jaume Cascalls. Su participación durante cerca de tres décadas en la construcción del panteón real del monasterio de Poblet, así como en otras importantes obras de su tiempo, confirma su relevancia artística. Aquí vemos expuesta la cabeza de Cristo que, por sus características estilísticas, se atribuye a su taller y habría formado parte de un conjunto escultórico del Santo Sepulcro, probablemente procedente de la iglesia del convento de Sant Agustí Vell de Barcelona. La rotura visible en el cuello sugiere que pertenecía a una figura yacente de tamaño completo, similar a la conservada en la iglesia de Sant Feliu de Girona, también relacionada con la producción de Cascalls.
En las salas 20bis y 21 seguimos viendo ejemplos de esculturas góticas, especialmente funerarias. Destacan cinco monumentos funerarios de la familia Téllez de Meneses que formaban parte del conjunto sepulcral situado en el monasterio cisterciense de santa María de Matallana (Valladolid), una fundación promovida por este influyente linaje. En algunos de esos sepulcros, tallados en piedra, se pueden observar vestigios de su antigua policromía, como en uno que pertenecía a un caballero de aquella familia (datado alrededor del 1300).
También contiene restos de policromía la cubierta del llamado sepulcro de los Ardèvol, el cual procede de la capilla del Corpus Christi, situada en el palacio de los marqueses de la Floresta de Tàrrega, en la comarca del Urgell. Estos restos de pintura permiten imaginar el aspecto original de la obra, que formaba parte del programa funerario de una de las familias más destacadas de la zona. Esta losa funeraria representa a un eclesiástico recostado en actitud serena, ataviado con las vestiduras propias de su rango religioso: alba, dalmática y casulla. Las características artísticas de la obra han llevado a los especialistas a relacionarla con Pere Moragues, una de las figuras más destacadas del arte catalán de la segunda mitad del siglo XIV. A lo largo de una extensa trayectoria, este maestro desarrolló una intensa actividad creativa, sobresaliendo especialmente en la escultura, aunque también dejó una importante huella como arquitecto y orfebre.
La sala 22 contiene esculturas y pinturas con una clara influencia italiana, aunque adaptada a la propia sensibilidad del artista catalán local. La pintura abandona progresivamente la rigidez medieval para buscar profundidad, volumen y emociones más humanas, mientras que la escultura gana complejidad narrativa y las figuras muestran una mayor elegancia y realismo.
A partir de aquí las salas se suceden con una selección de pinturas sobre tabla, especialmente diferentes retablos. Vamos a destacar algunas de las obras que contienen las salas que van desde la 23 a la 26. Durante el siglo XIV, la pintura catalana estuvo dominada por la influencia italiana, con talleres destacados como los de Ferrer Bassa, Arnau Bassa y los hermanos Serra. Hacia 1400, el arte experimentó una renovación gracias a la llegada del estilo internacional, inspirado en los modelos de París y los antiguos Países Bajos. En Barcelona, Lluís Borrassà lideró uno de los talleres más importantes y prolíficos de la época, mientras que Valencia se consolidó como otro gran centro artístico bajo la influencia de pintores como Gonçal Peris Sarrià.
La tabla central de la Virgen de los Ángeles (entre 1357-1405/1408) fue parte superviviente, junto con dos compartimentos de la predela con figuras de santos, de un retablo más amplio dedicado a la Virgen María. La obra fue creada por Pere Serra (miembro de una destacada saga de pintores) para una de las capillas de la girola de la catedral de Tortosa, probablemente durante la década de 1380. En la escena principal aparece la Virgen con el Niño rodeados por un coro de ángeles músicos, una representación que alcanzó una enorme popularidad en el arte de finales de la Edad Media. La delicadeza de las figuras, la armonía de la composición y el refinamiento de los detalles convierten esta obra en uno de los mejores ejemplos de la pintura gótica catalana de su tiempo.
También vamos a destacar el retablo de santa Bárbara (hacia 1380-1451), obra atribuida a Gonçal Peris Sarrià, una de las figuras más destacadas del gótico internacional valenciano. Su pintura se caracteriza por la riqueza cromática, la elegancia de las líneas y una marcada sensibilidad narrativa que dota a las escenas de gran expresividad. En la parte central aparece representada la santa, identificable por dos de sus atributos más característicos: la torre, que recuerda el cautiverio al que fue sometida, y la palma, símbolo de su martirio. Sobre ella se sitúa la escena del Calvario, mientras que los paneles laterales narran distintos episodios de su vida y de su sufrimiento. Tradicionalmente se acudía a santa Bárbara para pedir protección frente a las tormentas y los rayos.
De Gonçal Peris Sarrià también son los cuatro retratos de los reyes de Aragón que vemos expuestos aquí: Jaime el Conquistador, Alfonso el Liberal, Pedro el Ceremonioso y Alfonso el Magnánimo. En origen estas cuatro excepcionales tablas integraban una amplia serie de retratos dedicados a los monarcas de la Corona de Aragón que decoraban el techo de la Sala del Consell de la antigua Casa de la Ciutat de Valencia. Tras la demolición del edificio en el siglo XIX, estas piezas se convirtieron en los únicos vestigios conservados de aquel conjunto monumental.
La identificación de los reyes representados sigue siendo incierta. Sus rostros responden a modelos idealizados y las inscripciones que los acompañaban han llegado hasta nosotros de forma demasiado fragmentaria para permitir una atribución segura. Sin embargo, su datación puede establecerse gracias a un documento que registra un pago realizado a los pintores Gonçal Peris Sarrià, Jaume Mateu y Joan Moreno por el dorado de molduras y la ejecución de quince tablas destinadas precisamente a esta estancia municipal. Junto a estos retratos también podemos admirar la tabla central de una Virgen de la Misericordia, atribuida al pintor Bonanat Zaortiga y procedente de la ermita de la Virgen de la Carrasca de Blancas (Teruel).
El retablo de mayores dimensiones conservado en el MNAC es el de san Miguel y san Pedro (1432-1433), un magnífico testimonio del extraordinario desarrollo y la complejidad que alcanzaron los retablos catalanes durante la primera mitad del siglo XV. A comienzos de la década de 1430, los pintores Bernat Despuig y Jaume Cirera se hicieron cargo de la ejecución de este imponente retablo. Sin embargo, diversas fuentes documentales indican que la obra ya estaba en marcha antes de que ambos artistas intervinieran. La predela (parte inferior horizontal), que actualmente se conserva en el Museo Nacional de san Carlos de México, presenta unas características estilísticas diferentes al resto del conjunto, lo que ha llevado a atribuir su realización al pintor Jaume Gonçalbo.
Por su parte, el retablo de san Vicente (hacia 1438-1440) fue realizado por Bernat Martorell, una de las figuras más destacadas de la pintura gótica catalana. Se trata de una obra especialmente valiosa porque es uno de los escasos conjuntos del artista que ha llegado hasta nuestros días prácticamente completo. Aunque sus dimensiones son relativamente reducidas, presenta una estructura compleja formada por un cuerpo principal dividido en tres calles y dos niveles, además de una predela.
La parte central está presidida por san Vicente, representado con las vestiduras propias de un diácono y acompañado de los atributos que identifican su martirio: el libro, la palma y el ecúleo o potro de tormento utilizado durante su suplicio. A ambos lados se distribuyen cuatro escenas que narran distintos episodios de su pasión. En la zona superior, ocupando el espacio donde habitualmente se sitúa el Calvario en los retablos góticos, aparece la Virgen de la Misericordia, que extiende su amplio manto para proteger a varios grupos de fieles. Entre ellos destacan san Benito y san Bernardo, referentes fundamentales de las órdenes benedictina y cisterciense.
La presencia de estos santos, junto con los escudos vinculados al monasterio de Poblet que decoran el guardapolvo, ha llevado a los especialistas a pensar que la obra estuvo destinada originalmente a la ermita de Santa Creu de Menàrguens, localidad que dependía entonces de dicho monasterio. Otra hipótesis plantea que el retablo fue concebido para el propio cenobio de Poblet y trasladado posteriormente a la ermita. Finalmente, en la predela se narra un excepcional ciclo dedicado a la Pasión de Cristo: comienza con el Prendimiento, ambientado en una tenue luz de atardecer, mientras que en el centro vemos la escena del beso de Judas, vestido con una túnica amarilla y de expresión siniestra, con un indignado san Pedro que reacciona cortando la oreja de Malcus.
La pintura Virgen de la Merced con los consejeros tiene su origen en 1431, cuando el rey Alfonso V el Magnánimo decidió mandar a su pintor de confianza, el valenciano Lluís Dalmau, a Flandes. Allí tuvo la oportunidad de entrar en contacto directo con las innovaciones artísticas del norte, especialmente con una nueva manera de representar la realidad basada en el detalle, la luz y la observación minuciosa. Así, fruto de aquella experiencia surgió este retablo, encargado por los consejeros de Barcelona. La obra destacaba no solo por su formato, sino también por el empleo de la técnica del óleo, poco habitual en aquel contexto. Además, Dalmau creó un espacio de gran verosimilitud en el que los cinco consejeros de la ciudad aparecen compartiendo protagonismo y escala con la Virgen y los santos, difuminando la frontera entre el mundo terrenal y el sagrado.
El gran retablo de La consagración de san Agustín fue encargado en 1463 por la cofradía de los Curtidores a Jaume Huguet, para después ser colocado en el altar mayor de la iglesia de Sant Agustí Vell de Barcelona. Sus enormes dimensiones, que lo convierten en una de las obras más monumentales de la pintura gótica catalana, junto con las dificultades económicas y sociales que atravesaba la región en aquel momento, hicieron que los trabajos se prolongaran durante décadas. La obra no quedó concluida hasta 1486 y, durante ese largo proceso, participaron varios colaboradores del taller de Huguet, entre ellos un destacado miembro de la familia Vergós. En la actualidad se conservan ocho tablas de aquel magnífico conjunto, aunque sobresale la pieza expuesta aquí, por su calidad compositiva y excelencia técnica, lo que permiten atribuirla directamente a la mano del propio Jaume Huguet, uno de los grandes maestros del gótico catalán.
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