La idea de levantar un templo dedicado a la Sagrada Familia nació alrededor de 1866, cuando un grupo de fieles barceloneses impulsó la creación de una asociación para financiar un proyecto religioso de gran envergadura. En un inicio se pensó en un edificio neogótico, siguiendo el modelo de Notre Dame de París, y en 1882 se encargó el diseño al arquitecto diocesano Francisco de Paula del Villar. Ese mismo año se decidió ubicar el futuro templo en la calle Mallorca y dieron inicio las primeras obras. Aunque al principio el ritmo de construcción fue ágil, en 1883 hubo que interrumpir los trabajos por falta de financiación, hecho que, por otra parte, marcaría buena parte del desarrollo histórico del edificio de la Sagrada Familia.
Por suerte, en 1884 una familia acomodada de Barcelona realizó una donación considerable, lo que permitió retomar el proyecto. Fue entonces cuando, después de desacuerdos internos que llevaron pronto a abandonar el planteamiento de Francisco de Paula del Villar y su posterior renuncia, se contrató a un joven Antoni Gaudí, quien asumió aquel mismo año la dirección del proyecto. Con el tiempo Gaudí transformó completamente la concepción inicial del templo, desarrollando una propuesta mucho más ambiciosa que incorporaba un estilo muy personal basado en formas naturales y una profunda simbología religiosa. Gaudí sabía que, debido a la magnitud y la complejidad de la Sagrada Familia, jamás podría verla terminada, por lo que era consciente de que su construcción necesitaría la participación y continuidad de generaciones futuras. Trabajó en la Sagrada Familia durante más de cuatro décadas, hasta su muerte en 1926, dejando terminadas partes esenciales como la cripta, el ábside y la fachada del Nacimiento, aunque sin completar todas las torres previstas.
En efecto, tras su fallecimiento, la construcción continuó bajo diferentes arquitectos: Domingo Sugrañes, Francesc Quintana, Isidre Puig i Boada, Lluís Bonet i Garí, Francesc Cardoner, Jordi Bonet i Armengol y, desde 2012, Jordi Faulí i Oller. Cada uno aportó avances significativos, desde la restauración de elementos dañados en la Guerra Civil hasta la incorporación de nuevas tecnologías constructivas. Aunque durante años se tenía como meta finalizar el templo en 2026, coincidiendo con el centenario de la muerte de Gaudí, la fecha se tuvo que posponer tras la Pandemia del coronavirus, por lo que la conclusión total de la basílica apunta más hacia el año 2036.
Iniciamos el recorrido por este famoso monumento comenzando por su parte externa. Lo primero que salta a la vista son las torres del templo, las cuales cumplen varias funciones: además de tener un propósito práctico, aportan valor estético y, sobre todo, poseen un profundo significado simbólico. La Sagrada Familia no es un templo convencional, en ella las torres no se limitan a decorar o a impresionar, sino que Gaudí concibió un conjunto de dieciocho torres con una intención simbólica muy precisa: cada una debía tener una identidad propia.
En la parte central se sitúa la torre dedicada a Jesucristo (172,5 metros de altura), considerado Hijo y Cordero de Dios, núcleo de la historia humana según el libro del Apocalipsis. Alrededor de esta torre se levantan otras cuatro de 135 metros cada una, que representan a los evangelistas, es decir, Juan, Lucas, Marcos y Mateo, autores de los textos que narran la vida y enseñanzas de Jesús desde su nacimiento hasta su ascensión. La torre del ábside, rematada por una estrella y con una altura de 138 metros, está dedicada a María, quien aceptó ser la madre de Jesús y es reconocida por su fortaleza basada en la humildad.
Además, hay doce torres adicionales distribuidas en grupos de cuatro detrás de cada una de las tres fachadas (relacionadas con distintos momentos de la vida de Jesús), que cuentan con una altura de entre 98,5 y 120 metros. De igual manera, cada una de estas doce torres simbolizan a cada uno de los apóstoles, los discípulos que Jesús eligió para acompañarlo y difundir su mensaje. En conclusión, el conjunto de dieciocho torres queda organizado de la siguiente manera: una para Jesucristo, cuatro para los evangelistas, una para María y las doce restantes para los apóstoles. Las dieciocho torres conforman un conjunto visual sorprendente, cuyo aspecto varía según la perspectiva del observador. En conjunto, transmiten una sensación de ascenso y de armonía alrededor de la torre principal dedicada a Jesucristo.
Un aspecto de la arquitectura de la Sagrada Familia que suele pasar desapercibido es el uso de técnicas constructivas y materiales muy innovadores para su tiempo. Gaudí incorporó el hormigón armado, una práctica que luego mantuvieron quienes continuaron la obra. En términos generales, los materiales empleados en la construcción del templo siguen siendo los que Gaudí había previsto y los mismos que se utilizaron en las zonas que él llegó a dirigir personalmente. La piedra utilizada en los campanarios de las fachadas del Nacimiento y de la Pasión es arenisca procedente de Montjuïc, aunque debido a que las canteras llevan años cerradas y sólo puede recuperarse piedra de derribos de la ciudad, se han tenido que usar otros tipos de roca, como granitos y distintas areniscas, para ventanales y diversas partes de las torres y cubiertas.
El hormigón armado, que Gaudí ya aplicó en los pináculos de la fachada del Nacimiento, también se ha empleado en la construcción de las naves, tal como él dejó indicado. Además, se han levantado las bóvedas utilizando la técnica tradicional de la bóveda catalana, es decir, adaptándola a formas como hiperboloides y paraboloides. La diferencia fundamental en el empleo de estos materiales es que en la actualidad éstos se manipulan utilizando los recursos que proporciona la tecnología constructiva moderna.
Así, la piedra se trabaja mediante sistemas de corte mecanizados y controlados por ordenador, mientras que los encofrados de hormigón pueden fabricarse en múltiples formatos: desde madera o metal procesados con asistencia informática, hasta piezas de poliéster, fibra de vidrio o poliestireno, igualmente modeladas mediante herramientas digitales. También conviene señalar que los medios auxiliares contemporáneos (como andamios metálicos, grúas de gran capacidad o sistemas informáticos de replanteo) se han vuelto esenciales para garantizar precisión y eficiencia en la ejecución de las obras, así como en el montaje de grandes elementos de piedra, encofrados y estructuras armadas.
Centrándonos en las fachadas, la del ábside de la Sagrada Familia (que Gaudí pudo ver completamente terminada), aunque poco conocida, es fundamental para entender la transición entre el neogótico de Francisco de Paula del Villar y el estilo propio de Gaudí. Fue construida entre 1890 y 1893 y en ella el arquitecto comenzó a introducir progresivamente sus ideas arquitectónicas y decorativas. Esta fachada mantiene la planta original con siete capillas y destaca por sus contrafuertes y pináculos decorados con motivos vegetales. Además, Gaudí dejó espacios destinados a esculturas de santos, que hoy completan el valor simbólico y artístico del conjunto.
Por su parte, las otras tres fachadas del templo representan tres momentos culminantes de la vida de Jesucristo: su nacimiento, su pasión (muerte y resurrección), y su gloria. Aquella primera, la fachada del Nacimiento, es la única parte del templo que Gaudí vio levantarse con sus propios ojos, aunque faltaban tres de las torres dedicadas a los Apóstoles. Concretamente sólo vio completada en 1925 la torre campanario de san Bernabé, finalizándose en 1930 las otras tres torres dedicadas a los apóstoles Simón, Judas Tadeo y Matías. Como Gaudí sabía que, por sus dimensiones y su complejidad, no llegaría a ver el templo terminado, decidió construirlo por secciones. Su intención era que, si alguna parte quedaba concluida, resultara más difícil que el proyecto se abandonara. Así, tras acabar la cripta y comenzar la fachada del ábside, se dedicó a levantar la fachada del Nacimiento. Además, dejó proyectado en dibujos y maquetas, con indicaciones claras sobre el camino a seguir.
Situado en el extremo norte de la fachada del Nacimiento se encuentra el portal del Rosario, ubicado en un área de paso que conduce hacia la parte conocida como claustro del Rosario que forma parte de uno más amplio. Aunque recibe ese nombre, Gaudí lo planteó de una forma poco común: en lugar de situarlo en uno de los laterales, como se hacía tradicionalmente en iglesias y monasterios, decidió que rodeara completamente el templo. Este recorrido empieza a ambos lados de la fachada de la Gloria, atraviesa las fachadas del Nacimiento y de la Pasión y continúa por la zona del ábside, creando un tipo de corredor que enlaza capillas y sacristías. El objetivo de Gaudí era que este espacio permitiera rezar, realizar procesiones o desplazarse entre distintos puntos del templo sin tener que salir a la calle ni cruzar las naves interiores. Para hacerlo más luminoso, diseñó grandes aberturas y coronó la parte superior con frontones ojivales decorados con óculos.
Además, esta solución arquitectónica aportaba dos beneficios clave: por un lado, protegía el interior de la basílica del ruido urbano, y por el otro, mantenía un vínculo simbólico entre el templo y la vida de la ciudad. En los puntos donde el claustro coincide con las entradas de las fachadas del Nacimiento y de la Pasión, Gaudí añadió portales que daban acceso directo a este corredor, al que quería dedicar diversas advocaciones marianas, como a Montserrat, al Rosario, a la Mercè o a la Dolores. En definitiva, el claustro de la Sagrada Familia tiene como eje la figura de la Virgen María, entendida como protectora del nuevo paraíso y de la nueva Jerusalén que representa el templo.
Entre todos los portales que conforman el claustro de la basílica de la Sagrada Familia, el del Rosario es el único que Antoni Gaudí pudo completar durante su vida, dejándolo como modelo y, por tanto, fue concebida para que sirviera como referencia a aquellos arquitectos que se pusieran al mando del proyecto para continuar con la obra. Incluye el portal de acceso, la linterna que lo corona y un techo formado por bóvedas de arista de inspiración gótica.
Aquí vemos también una elegante linterna que descansa sobre ocho columnas salomónicas, cada una distinta de las demás. Gaudí encargó las esculturas de este portal a Llorenç Matamala i Piñol (amigo cercano del arquitecto y uno de sus colaboradores más leales), autor de la figura central de la Virgen del Rosario con el niño Jesús, acompañada por san Domingo y santa Catalina. Justo debajo, colocados a ambos lados del portal, se encuentran los profetas y los reyes bíblicos (Isaac, Jacob, David y Salomón). A la izquierda vemos un anciano moribundo que recibe la bendición de Jesús, María y José, simbolizando la muerte de una persona justa.
En el nivel inferior se representan las tentaciones superadas gracias a la intervención de María: a la izquierda, la codicia aparece representada por una figura con rostro humano y cola de pez que entrega una bolsa de monedas a una joven; a la derecha, la violencia se simboliza con un hombre que recibe una bomba de manos de una criatura monstruosa. Todo el conjunto escultórico está enmarcado por abundantes rosales. Muchas de estas piezas, terminadas originalmente en 1899, sufrieron daños durante la Guerra Civil y fueron restauradas más tarde por el artista Etsuro Sotoo.
Volvemos de nuevo a la fachada del Nacimiento para atravesar la portada y accedemos al interior de la Sagrada Familia, cuya primera impresión es color, amplitud y mucha vida. Podemos apreciar que tiene una distribución en forma de cruz latina, con el ábside situado en la cabecera, y dividida en cinco naves (una central y dos laterales a cada lado), mientras que el transepto cuenta con una nave central y otra lateral en cada extremo. Por su parte, las bóvedas van incrementando su altura desde las entradas de las fachadas del Nacimiento, la Pasión y la Gloria hasta llegar a la zona del ábside.
Tras terminar el recorrido por el interior de la Sagrada Familia, incluyendo la posibilidad de ascender a las torres de la fachada de la Natividad o de la Pasión, ahora toca salir al exterior por la portada de aquella última fachada, la de la Pasión. Está dedicada a los momentos finales de la vida de Jesús, y por eso transmite una sensación intensa de sufrimiento, entrega y muerte, en contraste con la vida de la fachada de la Natividad. Estos episodios se representan a través de las doce estaciones del Vía Crucis, mostradas mediante grupos escultóricos muy expresivos y cargados de dramatismo. La ausencia de una decoración excesiva no es casual, ya que busca favorecer la reflexión y la recogida espiritual.
El colofón de la visita del templo de la Sagrada familia lo constituye un último espacio que acoge un museo. Pero antes de visitarlo, merece la pena echar un vistazo al edificio que le precede: las escuelas de la Sagrada Familia. Fue diseñado por Antoni Gaudí en 1909 dentro del recinto del templo para educar a los hijos de los obreros y por encargo de la Asociación de Devotos de San José. El edificio, de planta rectangular, se construyó en 1909 con ladrillo visto, destacando por sus muros y cubierta ondulados, que aportan ligereza y resistencia. Incluía aulas, un vestíbulo, una capilla y espacios exteriores para clases al aire libre. Tras sufrir graves daños durante la Guerra Civil, fue reconstruido y restaurado en varias ocasiones. Ahora sí, vamos a entrar al museo de la Sagrada Familia, que abrió sus puertas en 1961, y que ofrece un recorrido por la historia de la Sagrada Familia, a través del legado del proyecto dejado por Antoni Gaudí, como una colección de planos, bocetos, fotografías históricas, partes arquitectónicas del templo, maquetas que documentan las distintas etapas de la construcción del templo, etc.
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