BARCELONA

BASÍLICA DE LA SAGRADA FAMILIA: RECORRIDO POR SU INTERIOR


Todas las medidas del interior del templo siguen proporciones basadas en múltiplos de 7,5 metros: las cantorías de las naves laterales alcanzan 15 metros, las naves laterales 30 metros, las centrales 45 metros, el crucero llega a 60 metros y el ábside alcanza los 75 metros. Algo similar ocurre con las dimensiones en planta, que también responden a módulos de 7,5 metros: 30 metros para las naves laterales, 15 para la nave central, 45 para el ancho total de la nave principal, 60 para la longitud del transepto y el crucero y 90 metros para el recorrido interior completo. El ancho de la nave principal, el tamaño más reducido de las columnas (en comparación con las catedrales góticas) y la progresión ascendente de las bóvedas hacen posible que el espacio interior pueda apreciarse prácticamente desde cualquier punto del templo.

El ábside adquiere aún más relevancia porque mantiene una conexión simbólica con la torre de Jesús, situada justo encima. El ábside ocupa la parte superior del templo y es uno de los pocos espacios donde aún se perciben ciertos rasgos neogóticos, especialmente en la planta, la fachada y las capillas absidiales. Se encuentra justo encima de la cripta y comparte con ella la forma semicircular. Está compuesto por tres zonas: el presbiterio, el deambulatorio que lo rodea y las siete capillas absidiales. A ambos lados hay dos grandes escaleras de caracol que conectan con la cripta y con las torres centrales.

El presbiterio es una plataforma elevada de unos dos metros respecto al suelo de la Basílica, sostenida por doce columnas. En este espacio se ubican el altar mayor, que fue tallado en un único bloque de pórfido de 2,72 metros y unas 7,5 toneladas, la cátedra episcopal, el ambón, la sillería con capacidad para 140 concelebrantes y el órgano, construido en el taller Blancafort de Collbató. Sobre el altar destaca un Cristo de terracota realizado por Francesc Fajula, inspirado en el modelo reducido que Carles Mani elaboró bajo la dirección de Gaudí para el oratorio de la Casa Batlló. Esta figura cuelga de un baldaquino heptagonal de cinco metros de diámetro, diseñado siguiendo el estilo del que Gaudí proyectó para la catedral de Mallorca y que aparece dibujado en una sección longitudinal del templo.

Del baldaquino, y evocando los elementos propios de la comunión, descienden racimos de uvas de vidrio junto a pámpanos, sarmientos de cobre y diversos tallos. Sobre ellos se disponen espigas de trigo talladas en madera clara y varios clavos. Los siete laterales del dosel, elaborados en pergamino, llevan inscritos los nombres de los siete dones del Espíritu Santo (inteligencia, sabiduría, ciencia, consejo, piedad, fortaleza y temor a Dios), además del cántico “Gloria in excelsis Deo”. A cada costado del baldaquino se suspenden siete lámparas que, junto con la que ocupa el centro, completan el conjunto de cincuenta luminarias, una referencia al baldaquino de la basílica romana de san Juan de Letrán, antigua sede pontificia y madre de todas las iglesias católicas. Este número alude también al Pentecostés, la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles, es decir, el nacimiento de la Iglesia.

En la amplia bóveda que se eleva sobre el ábside se puede contemplar un mosaico realizado con vidrio veneciano dorado que representa a Dios Creador. La composición muestra un triángulo, símbolo de la Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo), entrelazado con un círculo que alude al universo.

Entre todas las capillas situadas en el ábside, destaca especialmente la central, correspondiente con la capilla del Santísimo, donde se encuentra el sagrario, una pieza creada por el orfebre Joaquim Capdevila. Este espacio se convierte en un lugar especialmente tranquilo, ideal para el silencio y la contemplación. En otra capilla se encuentra la instalación “Arte, ciencia y fe: el Hombre del Santo Sudario y la Cruz de la Esperanza”. Se trata de una propuesta artística que une al Hombre del Santo Sudario y la Cruz de la Esperanza y que surge del encuentro entre creación artística, investigación científica y vivencia espiritual. Ambas obras nacen de un profundo conocimiento técnico y humano, donde la artesanía dialoga con la reflexión contemporánea para ofrecer una mirada renovada sobre el misterio cristiano.

El Hombre del Santo Sudario es fruto de un exhaustivo proceso de estudio que combina historia, ciencia y observación anatómica. La escultura recrea la figura que habría sido envuelta en el sudario, mostrando un cuerpo en reposo, marcado por la pasión, pero envuelto en una serenidad que transmite paz y recogimiento. La precisión del trabajo no se limita a lo físico, sino que abre un espacio de reflexión sobre la frontera entre lo visible y lo trascendente.

Por su parte, la Cruz de la Esperanza presenta a Cristo desde una perspectiva intensamente humana. Lejos de una imagen idealizada, la obra pone el acento en el dolor, la entrega y la vulnerabilidad del cuerpo, transformando el sufrimiento en un mensaje de redención. Su fuerza expresiva no busca impresionar, sino conmover, invitando a una contemplación silenciosa y profunda. Conjuntamente, estas obras proponen un diálogo entre razón y fe, y entre análisis y contemplación. Más que representar un episodio religioso, ofrecen una experiencia que interpela al espectador desde lo emocional y lo espiritual, recordando que el arte puede ser un puente capaz de conectar el conocimiento humano con el misterio y la esperanza.

Por otro lado, las vidrieras diseñadas por Joan Vila-Grau para las capillas del ábside muestran una gradación de colores pensada para generar una atmósfera que invite a la reflexión interior. En la parte superior los óculos presentes en las capillas absidiales aluden a los símbolos de las antífonas de la última semana de Adviento, las conocidas “antífonas de la O”: O Sapientia (alude a la sabiduría divina), O Adonai (antiguo nombre hebreo utilizado para referirse a Dios), O Radix Jesse (hace referencia al linaje de Jesé, origen del que brota la promesa), O Clavis David (la llave que representa autoridad y poder), O Oriens (el amanecer o la luz que simboliza la justicia), O Rex Gentium (la piedra fundamental que une a los pueblos), y O Emmanuel Rex (el Dios-con-nosotros, rey y guía de su pueblo).

Exceptuando las capillas, el resto de los elementos del ábside (las columnas, las bóvedas y los ventanales superiores) siguen el planteamiento innovador que Gaudí desarrolló en la maqueta de la nave principal. Esta nueva forma de concebir el espacio también se aprecia en la cantoría infantil de planta semicircular, situada a unos 15 metros entre las capillas y el deambulatorio, así como en los tres niveles de bóvedas de forma semicircular: la del deambulatorio a 30 metros, la del triforio a 45 metros y, finalmente, la situada a 60 metros bajo la gran lucerna central del ábside, donde, como se mencionó, se simboliza a Dios Creador mediante un triángulo dorado.

La representación de la Sagrada Familia dentro del templo está formada por el Cristo crucificado que preside el altar, la imagen de la Virgen María que se encuentra colocada en la tribuna sobre la puerta central de la fachada de la Pasión, y la figura de José, ubicada en la tribuna correspondiente a la puerta de la fachada del Nacimiento. Las esculturas de María y José fueron realizadas por Ramón Cuello.

Justo debajo del ábside se encuentra la cripta, la parte más antigua del templo que se comenzó a construir en 1882 (y finalizada en 1889), a diez metros bajo tierra, y que fue diseñada originalmente por Francisco de Paula del Villar con una planta semicircular. Cuando Gaudí asumió la dirección la cripta ya se había comenzado a construir, respetó el diseño y el estilo neogótico, aunque introdujo algunas modificaciones. Entre los cambios más importantes, sustituyó las escaleras originales por dos escaleras de caracol que conectan la cripta con otros niveles del templo y añadió sacristías en su base. También modificó el entorno exterior para evitar humedades y permitir la entrada de luz natural mediante ventanales y nuevas aperturas en la bóveda.

Gaudí centró sus intervenciones en la ornamentación y el simbolismo: decoró los capiteles con motivos naturalistas y las claves de bóveda de la cripta con relieves dedicados a distintos santos. Destaca la clave central, con un relieve policromado de Joan Flotats que representa la Anunciación. También es relevante el mosaico del suelo, con uvas y pájaros como símbolos de la eucaristía, así como el mobiliario litúrgico diseñado por Gaudí y realizado en madera y hierro forjado, que incluye bancos, sillas, cruces y otros elementos.

Gaudí concibió la cripta como el inicio de un eje simbólico vertical que conecta el templo con la torre de Jesús. A través de distintos elementos religiosos distribuidos en altura, esta relación expresa de forma unitaria el significado espiritual del edificio y refuerza el mensaje central de la encarnación. Seguimos en la nave central de la basílica de la Sagrada Familia en la que, en el suelo, justo en el punto donde se cruzan las naves, puede observarse además una composición cerámica con el acrónimo JMJ (Jesús, María y José), el mismo que Gaudí incorporó en la cubierta del pequeño edículo que tenía junto a su taller.

Más allá de la disposición tradicional del templo y del ábside, apenas se encuentran elementos que remitan a la arquitectura religiosa clásica. En las naves de la Sagrada Familia, Gaudí decidió emplear columnas, bóvedas y cubiertas completamente inusuales, fruto de sus avances en materia estructural y del uso de la geometría reglada. Gracias a ello pudo eliminar los contrafuertes y arbotantes propios del gótico que consideraba excesivos y poco estéticos. A partir de estas ideas concibió un sistema de columnas con forma de árbol, compuesto por soportes, casi todos ligeramente inclinados, que se dividen a distintas alturas para sostener las bóvedas, los ventanales y las cubiertas de la nave central, así como las seis torres del crucero y del ábside. El peso de todo este conjunto se transmite a través de las ramificaciones de las columnas directamente hacia los cimientos.

Por otro lado, con el objetivo de aligerar las cubiertas y favorecer la entrada de luz, Gaudí incorporó entre las columnas una serie de lucernarios basados en la forma del hiperboloide (289 en total sobre las bóvedas), capaces de dejar pasar luz cenital. Gracias a estas soluciones consiguió que las bóvedas fueran más ligeras y estilizadas, y que los muros, liberados de funciones estructurales, pudieran abrirse a numerosas ventanas. Todo ello representa una verdadera superación y reinterpretación de los métodos góticos tradicionales.

Las columnas con forma de árboles no sólo responden a aquel planteamiento estructural, sino también a la intención de Gaudí de convertir el interior del templo en una especie de bosque que favoreciera la espiritualidad: un espacio que invitara a elevar el espíritu, a la oración y a la celebración litúrgica. Para ello desarrolló la llamada columna de doble giro, con base poligonal o en forma de estrella, que a medida que asciende va rotando en ambos sentidos hasta transformarse en una sección circular. De esta manera se obtiene una estructura sólida y estable, pero también visualmente ligera y armoniosa. La columna surge, por tanto, de la intersección de dos helicoides.

A partir del capitel, concebido como un auténtico nudo arbóreo, la columna se divide en ramificaciones que, en algunos casos, vuelven a subdividirse hasta integrarse en las bóvedas, generando esa sensación de estar bajo un bosque. Tanto las columnas como sus ramas mantienen una continuidad fluida de líneas y superficies, tal como ocurre en la naturaleza.

Siguiendo el proyecto gaudiniano, la parte inferior de cada grupo de columnas está realizada con piedras distintas según su ubicación: las de las naves laterales son de arenisca de Montjuïc, las de la nave principal son de granito, mientras que las del crucero son de basalto, mientras que las cuatro columnas centrales son de pórfido rojo. Esta elección no fue casual, ya que Gaudí seleccionó cada material en función de su resistencia, y además aprovechó esa variedad para aportar una gama extra cromática y textura al interior del templo.

Pero Gaudí no se limitó a determinar la forma y funciones estructurales de las columnas, también definió su significado simbólico. En un edificio donde todo tiene un propósito, cada columna representa algo concreto: las del crucero aluden a los evangelistas y apóstoles, junto con las iglesias que fundaron, las del transepto simbolizan las diócesis catalanas, las primeras de la nave principal hacen referencia a las diócesis más importantes de la antigua corona de Aragón, las de la nave central a las archidiócesis de España, y las de las naves laterales representan diócesis europeas por un lado y americanas, africanas y asiáticas por el otro.

En las lámparas ubicadas en los nudos de algunas columnas se colocaron los escudos de varias de estas diócesis (actualmente los de las archidiócesis de Barcelona y Tarragona, y los de las diócesis de Girona y Lleida). Por su parte, los nudos de las cuatro columnas del crucero muestran los símbolos tradicionales de cada evangelista (los tetramorfos) realizados por Domènec Fita.

Las naves del templo se cubren con bóvedas de geometría hiperbólica, fruto de la intersección de distintos hiperboloides. En las naves laterales estas bóvedas están hechas en hormigón blanco visto, mientras que, en la nave central, el crucero y el ábside se empleó la técnica tradicional de la bóveda catalana. En este último caso, los azulejos se colocan siguiendo las líneas generatrices del hiperboloide, y entre ellos se integran piezas triangulares de trencadís de vidrio veneciano, en tonos verdes y dorados, que evocan hojas de palmera.

Las naves laterales, concluidas en 1996, alcanzan 30 metros de altura, mientras que la nave central, terminada en el año 2000, se eleva hasta los 45 metros. La cota interior más alta del templo, 75 metros, corresponde al gran hiperboloide que cubre el ábside, finalizado en 2010. Las bóvedas del crucero, situadas a 60 metros, se organizan de manera concéntrica alrededor de un hiperboloide central decorado con rayos dorados. Además, las lucernas de las bóvedas incorporan faroles metálicos difusores de luz, también con forma de hiperboloide, cuya función es distribuir la iluminación de manera uniforme sobre las superficies de azulejo o de hormigón.

El recinto de la basílica está rodeado por las cantorías, es decir, el área destinada a los coros. Convencido de la relevancia del canto dentro de las celebraciones religiosas, Gaudí dedicó largo tiempo a pensar dónde ubicar los coros para que sus voces resonaran por todo el templo. Finalmente decidió distribuir las cantorías alrededor del espacio, para lo cual decidió colocarlas a una altura aproximada de 15 a 20 metros, aprovechando que las bóvedas hiperbólicas del techo funcionarían como amplificadoras del sonido, por ello diseñó unas escaleras de caracol que permitieran acceder a ellas.

Siguiendo el contorno de las fachadas de las naves laterales y de la fachada de la Gloria discurren las áreas destinadas a los coros de adultos, con una disposición en forma de U. En cambio, en la zona del ábside Gaudí añadió una cantoría especial reservada para los niños. Las barandillas de las gradas muestran partituras en notación gregoriana, escritas en tetragrama, correspondientes a distintos himnos litúrgicos distribuidos a lo largo del año, uno por cada tramo. En la parte superior de estas estructuras, entre las columnas que soportan las bóvedas cercanas a los ventanales, aparecen diversas piezas escultóricas de formas irregulares y tonalidades variadas, que representan custodias. Estas obras, diseñadas por el propio Gaudí, fueron realizadas en terracota esmaltada por el artista Jordi Aguadé y el ceramista Antoni Cumella.

Por otra parte, las decisiones arquitectónicas adoptadas por Gaudí en la Sagrada Familia hicieron posible, como ya hemos señalado, prescindir de los muros de carga tradicionales, gracias a lo cual, el edificio pudo incorporar numerosas aberturas que permiten que la luz natural se filtre y bañe el interior del templo, puesto que para Gaudí el sol era el mejor artista.

Desde 1999, Joan Vila-Grau ha ido instalando las vidrieras de la basílica siguiendo las pautas marcadas por Gaudí. Ya están colocadas todas las del ábside: las de los transeptos de la Pasión, dedicadas al agua, la resurrección y la luz, y las del Nacimiento, centradas en la pobreza, el nacimiento y la vida; igualmente también se han completado las vidrieras de las naves. La luz natural transforma el interior del templo según el momento del día, la estación del año o el clima, creando ambientes muy distintos. Este efecto no es casual, sino el resultado de una planificación muy cuidada.

Gaudí estableció que la iluminación interior debía ser equilibrada, resaltar las formas de la nave e invitar a la introspección y al recogimiento espiritual. Por esa razón, decidió que las vidrieras de las naves laterales debían tener colores más intensos en la parte inferior y tonalidades más suaves en la parte superior. En cambio, las vidrieras situadas en los ventanales altos de la nave central deberían ser transparentes, criterio que Vila-Grau mantuvo empleando vidrios con distintas texturas. Además, las vidrieras de la fachada del Nacimiento presentan tonos azulados, evocando la luz de la mañana, mientras que las del lado oeste adquieren matices anaranjados, similares a los del atardecer.

Por tanto, mientras que en el gótico los colores más intensos suelen colocarse en las partes altas de las vidrieras, en la Sagrada Familia ocurre lo contrario: las vidrieras más coloridas y con inscripciones se encuentran en la parte baja (dedicadas a santos y santuarios), para que puedan leerse con facilidad, mientras que las ventanas superiores (en las que se representan distintas parábolas de Jesús) son más claras y sin decoraciones, permitiendo que la luz ilumine las bóvedas y resalte su altura. De este modo, se refuerza la sensación de verticalidad y la idea de elevar el templo hacia el cielo.

El extremo sureste del templo corresponde con la fachada de la Gloria, hoy inacabada, la cual servirá de futura entrada principal de la Sagrada Familia. En ella, en su parte exterior, se representará el recorrido de la humanidad desde Adán y Eva hasta el juicio final, junto con las enseñanzas de Jesús, las cuales guían a hombres y mujeres hacia la gloria y la felicidad eterna. Al igual que las fachadas dedicadas al Nacimiento y a la Pasión de Cristo, contará con un gran pórtico y cuatro campanarios, que en este caso estarán dedicados a los apóstoles Andrés, Pedro, Pablo y Santiago el Mayor. No obstante, esta fachada presenta una diferencia notable respecto a las otras dos: las torres no descienden completamente hasta los cimientos, ya que sólo la parte interior, que cierra las naves, llega hasta la base, mientras que la parte exterior, orientada hacia la calle, comienza a una altura aproximada de treinta metros. Esta sección se sostiene sobre ocho columnas situadas en el límite del recinto de la basílica. Dichas columnas simbolizan las ocho bienaventuranzas, una representación que también se extenderá a las bóvedas que soportan.

El acceso al interior del templo se realizará a través de siete puertas de bronce diseñadas por Josep Maria Subirachs, cada una de ellas dedicada a cada uno de los sacramentos. Ordenadas de izquierda a derecha, simbolizan el bautismo, la unción, el orden sacerdotal, la eucaristía, la confirmación, el matrimonio y la penitencia. La que sí podemos ver ya colocada es la puerta principal, que mide 4,70 metros de ancho y 5 metros de altura que está dedicada a la eucaristía. En su parte central aparece grabado el Padrenuestro íntegro en lengua catalana, mientras que en toda la superficie se repite la frase "Danos hoy nuestro pan de cada día" escrita en cincuenta idiomas distintos. Como detalle singular, los tiradores de la puerta están formadas las letras A y G, iniciales de Antoni Gaudí, tomadas de la expresión del Padrenuestro “que cAiGuem en la temptació” (que caigamos en la tentación). En las restantes puertas, las frases inscritas corresponden a las demás peticiones del Padrenuestro.

Sobre la puerta, a 8,50 metros de altura discurre el Juve, en cuyo balcón, desde el que se imparte la bendición pontificia, se colocó en abril de 2007 la escultura de san Jorge, el santo patrón de Cataluña y Aragón. Su nombre procede del griego y se interpreta como “el que cultiva la tierra” o agricultor. Según la tradición, fue un militar del Imperio romano nacido en el siglo III en Capadocia, territorio de la actual Turquía, y murió a comienzos del siglo IV en Lydda, hoy conocida como Lod, en Israel. Se dice que provenía de una familia acomodada dedicada al trabajo del campo. Esta escultura representa la primera intervención de Josep Maria Subirachs en el interior del Templo. La obra, realizada en bronce, alcanza los tres metros de altura y toma como referencia el célebre san Jorge esculpido por Donatello, representándolo no como el tradicional caballero a caballo armado con una lanza, sino como un combatiente que lucha a pie; una figura espiritualizada que reúne la belleza de la juventud con el valor del guerrero y el ímpetu de quien combate por su fe: un joven cristiano en permanente tensión interior y física.

Seguimos el recorrido y, antes de salir del interior del templo por la fachada de la Pasión, giramos a la derecha por el claustro de los Dolores, incluyendo el espacio que se adentra en el edificio de la sacristía, en el que se ha instalado una selección de piezas originales junto con reproducciones de objetos litúrgicos creados por Gaudí para la cripta de la Sagrada Familia.

Entre los diferentes objetos procedentes de la cripta te la Sagrada familia vemos un candelabro triangular con quince candeleros de hierro forjado con detalles dorados, datado en 1898, y utilizado en las celebraciones de Semana Santa hasta el año 1956. Al lado se sitúa otro candelabro para blandones (datado hacia 1883) que fue diseñado para sostener cirios de gran tamaño y que se empleaba principalmente durante las celebraciones de Pascua. Está compuesto por dos partes: una base fija y un portacirios desmontable, que podía retirarse para ser utilizado en las procesiones litúrgicas. También vemos un púlpito portátil de 1898 que posee una plataforma elevada desde donde el sacerdote predicaba. Completa la colección un candelabro de dos pies de 1898, otros dos de sobremesa con cruz de 1890, un facistol de 1925, dos bancos, uno de ellos con respaldo móvil, de 1898, silla presbiteral y reclinatorio también de 1898, etc.

De la casa Batlló podemos ver dos piezas: un monograma (fechado en 1909) procedente del techo del oratorio y que posee las iniciales JMJ (Jesús, María y José), que refleja claramente la profunda devoción de Gaudí hacia la Sagrada Familia; y unas sacras, también del oratorio, realizadas entre 1904 y 1906, y que consistían en unas tablas donde se recogían las partes fijas de la misa, colocándose sobre el altar para facilitar al sacerdote la recitación durante la celebración de la eucaristía. Su uso se mantuvo hasta la celebración del Concilio Vaticano II, entre 1962 y 1965.

La Sagrada Familia contará con dos sacristías ubicadas a ambos lados del ábside, la primera en construirse la encontramos aquí, en la fachada oeste, y que ya se encuentra en uso. El 8 de noviembre de 2015, coincidiendo con el quinto aniversario de la consagración de la basílica, el entonces arzobispo de Barcelona, el cardenal Lluís Martínez Sistach, bendijo la sacristía que fue utilizada oficialmente por primera vez en esa ocasión. El espacio principal de la sacristía, que está flanqueado por el claustro en dos de sus lados, se ha delimitado mediante una estructura de madera de roble y vidrio. Esta estructura, formada por ventanales de forma romboidal, cierra el espacio sin bloquear la entrada de luz y permite observar su interior desde el claustro.

En la sacristía se conservan los elementos necesarios para el culto y es el lugar donde los celebrantes se preparan antes de los actos litúrgicos. Con este propósito, se han instalado dos muebles de madera y hierro forjado diseñados por Antoni Gaudí. A pesar de los importantes daños sufridos durante los disturbios de 1936, estos muebles han podido recuperarse. Para ello, se restauraron las partes originales que se habían conservado y se reconstruyeron las demás tras realizarse exhaustivos estudios basados en restos originales y fotografías antiguas. Se trata de un mueble destinado a los ornamentos y otro para los objetos litúrgicos. Además, en la sacristía se pueden ver reproducciones facsímiles de los sitiales creados por Gaudí para el presbiterio de la cripta. Antes de abandonar el interior del templo hay que visitar el museo de la basílica, además de tener la opción de ascender a las torres de una de las fachadas, de la Natividad o la de la Pasión.

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