BARCELONA

BASÍLICA DE LA SAGRADA FAMILIA: SUBIDA A LAS TORRES DE LA FACHADA DE LA NATIVIDAD


Antes de abandonar el interior del templo, el visitante tiene la opción de ascender a las torres de una de las fachadas, de la Natividad o la de la Pasión. Ambas torres son muy diferentes entre sí, ya que tienen una temática propia, una altura distinta y una manera única de ver Barcelona. Las torres de la Natividad son más bajas y se orientan hacia el este, ofreciendo vistas que llegan hasta el mar, mientras que las de la Pasión son más altas y permiten disfrutar de una panorámica amplia de la ciudad y de las colinas que la rodean, además de tener también bonitas vistas del mar gracias a su elevación.

Nosotros elegimos ascender a las torres de la fachada del Nacimiento, ya que desde ellas se pueden ver de cerca las detalladas de algunas de las esculturas situadas en esta parte. La visita a las torres tiene una duración de alrededor de 40 minutos. Los primero es subir hasta lo más alto de la torre dedicada a Judas en un ascensor, desde el cual, a pocos metros se desemboca al puente que la une con la dedicada a Simón y desde donde ya se puede apreciar de cerca detalles arquitectónicos, como las palomas y la cruz del árbol de la Vida que corona la fachada de la Natividad.

Desde aquí se aprecia los avances de la torre de Jesús, la más alta del templo con 172,5 metros (y que ha hecho que la Sagrada Familia sea la iglesia más alta del mundo). A ambos lados se alzan las torres dedicadas a Lucas y Juan con 135 metros cada una. De igual manera podemos ver de cerca los remates de los pináculos de la nave central que incorporan elementos vinculados a la Eucaristía, como racimos de uvas coronados por un cáliz y espigas de trigo rematadas con una hostia.

Tras atravesar el puente y llegar a la otra torre se comienza el descenso a pie a través de estrechos pasillos por un sistema de rampas y escaleras helicoidales sin eje central, con los peldaños apoyados en los muros que generan una sensación de movimiento continuo. En este recorrido, que podemos alternar con la torre dedicada a Bernabé, comprobamos que existen multitud de huecos en las paredes, concretamente aperturas verticales y diagonales que permiten la entrada constante de luz y aire. Quizás por eso, no se tiene, a pesar de la estrechez, una sensación de estar en un espacio opresivo ni, por supuesto oscuro, sino ligero y vertical, casi orgánico. Luz que entra por pequeñas aberturas es cambiante y va variando según la altura y la hora del día.

Incluso desde dentro de las torres comprobamos que aquí también la geometría es dinámica, gracias a sus curvaturas suaves. Cada cierto tiempo se abren pequeños balcones que se encuentran protegidos por barandillas que funcionan como puntos de transición entre el interior de la basílica y la propia Barcelona. Gaudí también tuvo en cuenta el sonido de estas torres, puesto que estaban destinadas a albergar las campanas y el canto litúrgico. Por eso se puede escuchar de manera bastante nítida el ruido de los pasos, de las voces o incluso del viento.

A lo largo del recorrido, como decimos gracias a las numerosas ventanas que nos vamos encontrando, podemos admirar más de cerca algunos cimborrios, así como algunas iconografías que Gaudí empleó en el exterior del templo. Además, de vez en cuando nos asomamos para poder ver los remantes de las naves laterales de la sacristía consistentes en cestas repletas de frutas (como manzanas, higos, naranjas, melocotones, almendras, ciruelas, granadas, cerezas, peras, caquis, castañas y nísperos), realizadas por el escultor Etsuro Sotoo, que representan simbólicamente la abundancia de los dones del Espíritu Santo derramados sobre la Humanidad.

De igual manera, también podemos apreciar, mirando de nuevo hacia el exterior, en el parteluz de algunos ventanales, las esculturas de los Santos Fundadores, que son: san Jerónimo, san Ignacio de Loyola, san José de Calasanz, san Vicente de Paúl, san Felipe Neri, santa Juana de Lestonnac… (en la fachada de la Pasión se encuentran: san José Manyanet, san José Oriol, san Juan Bosco, santa Joaquina de Vedruna, san Antonio María Claret y san Pedro Nolasco).

El tramo final del descenso se realizada por una escalera de caracol, mucho más estrecha y empinada que los anteriores escalones. Esta parte se debe hacer con un ritmo pausado y lento, quizás es la experiencia más introspectiva de la visita a las torres, reforzado por una luz mucho más tenue y un espacio que se comprime. Por eso se podría decir que es casi un recorrido meditativo, que contrasta con la apertura del exterior y refuerza la idea de Gaudí de que la arquitectura debía acompañar la experiencia espiritual, no solo la visión estética.

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