El Palau de la Música Catalana, considerado por muchos como uno de los máximos exponentes del modernismo, no fue, como podría pensarse, diseñado por Gaudí, sino por su contemporáneo Lluís Domènech i Montaner. Su construcción, llevada a cabo entre 1905 y 1908, fue un logro notable para la ciudad de Barcelona que, en apenas tres años, vio nacer uno de sus edificios más impresionantes. El proyecto surgió gracias al impulso de la sociedad coral Orfeó Català, que confió la obra a Domènech i Montaner. El arquitecto se rodeó de destacados colaboradores: Pau Gargallo y Eusebi Arnau en la escultura interior, Antoni Rigalt en las vidrieras, Lluís Bru en los mosaicos y Miquel Blai, autor del conjunto escultórico “La cançó popular catalana”, ubicado en la esquina exterior y del que hablaremos después.
La estructura del edificio, innovadora para su época, incorpora hierro y amplias superficies acristaladas que permiten la entrada abundante de luz natural. Destaca por la singularidad de sus formas y por la armonía con la que se integran arquitectura y diseño. Cada elemento, tanto en el interior como en el exterior, parece responder a una intención clara: nada está colocado al azar, todo forma parte de un conjunto coherente. Por eso, merece la pena observar con atención cada rincón y cada detalle del Palau de la Música Catalana.
Durante el periodo comprendido entre 1982 y 1989, el edificio fue objeto de una profunda restauración acompañada de una ampliación significativa; de ahí que, desde 1989, exista un acceso adicional al recinto. Ya en los primeros años del siglo XXI, se añadió, anexa al lugar donde antaño se levantaba la iglesia del antiguo convento de san Francisco, y dirigido por arquitecto Òscar Tusquets, una nueva construcción hecha con ladrillo rojo visto y adornada con detalles de hierro forjado, capiteles ornamentados y coloridas vidrieras, todo ello recubierto por una lámina de cristal en la que aparece serigrafiado el nombre “Palau de la Musica Catalana”. Aquella intervención también permitió habilitar una pequeña plaza, que hoy sirve como punto de salida para las visitas guiadas, y añadir nuevos espacios, como el “Petit Palau”, un auditorio subterráneo con capacidad para 600 personas.
Parémonos un momento en el exterior del edificio: la fachada del Palau, ubicada en la calle Sant Pere Més Alt, que fue su única entrada hasta 1989, hace esquina con la calle Amadeu Vives. En este punto destaca el conjunto escultórico “La cançó popular catalana”, obra de Miquel Blay y reproducido a mayor escala por Frederic Bechini. En él aparece san Jorge bajo una figura femenina central que simboliza la música, representada como un gran mascarón de proa. A su alrededor se agrupan distintos personajes (un marinero, campesinos, un anciano y varios niños) que aportan un marcado carácter social y armónico a la composición. Esta obra, una de las más importantes de Blay, posee una inscripción al pie que recuerda que fue financiada por el marqués de Castellbell, Joaquim de Cárcer i d’Amat, e inaugurada el 8 de septiembre de 1909.
Debido a la compleja disposición de la fachada en la confluencia de dos calles estrechas, resulta difícil contemplar el conjunto en su totalidad. Otros elementos destacados del edificio son los arcos sostenidos por grandes columnas de ladrillo rojo y cerámica, dos de las cuales albergaban originalmente las taquillas. En el primer piso se extiende un balcón continuo con catorce columnas dispuestas en parejas, decoradas con mosaicos distintos entre sí (que veremos con más detalle durante la visita al interior del edificio). En el segundo nivel, sobre columnas, se sitúan los bustos de varios compositores realizados por Eusebi Arnau: Palestrina, Bach y Beethoven; tras el grupo escultórico, ya en la calle Amadeu Vives, se encuentra el de Wagner.
La parte superior de la fachada principal está rematada por un gran frontón de mosaico, obra de Lluís Bru, que representa la bandera del Orfeó, diseñada por Antoni Maria Gallissà. En el centro se puede ver una figura femenina que preside una celebración mientras sostiene una rueca, en referencia a “La Balanguera”, poema de Joan Alcover con música de Amadeu Vives, una de las piezas más emblemáticas del Orfeó y convertida en himno oficial de Mallorca desde 1996.
Su interior se puede recorrer tanto por libre, como formando parte de una visita guiada. Sea cual sea la opción que elijas, es recomendable adquirir las entradas con antelación online, para asegurarse las plazas y elegir el horario que mejor se adapte a tu plan. Ya en su interior, la decoración floral crea una atmósfera casi mágica, como si se tratara de un jardín cubierto lleno de vida y color. A lo largo del recorrido, se visitan sus principales espacios y elementos artísticos que vamos a ir descubriendo.
La visita comienza en la entrada principal actual, desde la cual se accede al Foyer del Palau, un área que destaca como un espacio especialmente versátil y atractivo, capaz de acoger a un gran número de personas que se distribuyen entre mesas y sillas, al utilizarse tanto las audiciones, cuando se emplea como lugar de descanso durante los intermedios de los conciertos, como cuando funciona de manera independiente como restaurante-cafetería.
Su estética resulta muy característica: amplios arcos de ladrillo se combinan con cerámica vidriada en tonos verdes, acompañada de detalles florales en cerámica de colores rosados y amarillos, creando una atmósfera única y con mucha personalidad. En cierta medida, este espacio nos evocó la planta baja del edificio principal del Recinto Modernista del Hospital de Sant Pau, por sus bóvedas y columnas, aunque aquí las columnas son más delgadas y están más separadas, lo que da una mayor sensación de amplitud.
Desde aquí se llega a la parte de la antigua zona de acceso, donde una gran escalinata original decorada con cerámica, columnas y detalles florales introduce al visitante en el universo modernista. Es interesante observar la barandilla de la escalera, ya que, Domènech i Montaner optó por dejar visibles las columnas de hierro que soportan la estructura de piedra, convierto ese elemento en una parte más del propio diseño, para transmitir una sensación de ligereza en el edificio. Por otro lado, en este vestíbulo, además, ya se aprecia el uso del color, la luz y los materiales artesanales característicos del interior del edificio.
Ascendemos a la planta principal del Palau de la Musica, donde encontramos, a un lado el auditorio y al otro la sala Lluís Millet. Esta última es uno los espacios más simbólicos del Palau: es un amplio salón de algo más de 112 metros concebido como lugar de descanso y reunión, en honor al maestro Millet, fundador del Orfeó Català. Se trata de una estancia de gran altura, equivalente a dos plantas, rodeada por impresionantes vidrieras decoradas con motivos florales que crean un efecto visual realmente llamativo.
Cerrando la sala por un lado aún resulta más singular la tribuna principal que se distingue a través de las vidrieras de las ventanas, que ya se intuía también desde el exterior, caracterizado por una doble hilera de columnas con una rica policromía de trencadís y una ornamentación consistente en diseños diferentes cada una de ellas. Se trata de un auténtico jardín de columnas de estilo modernista, con vistas a la calle Sant Pere Més Alt, cada una de las cuales se encuentran rematadas con capiteles de piedra decorados con motivos florales.
Accedemos, ahora sí, a la Sala de Conciertos, considerada una de las más especiales del mundo, que ha sido durante más de un siglo el corazón de la actividad musical de Barcelona, tanto a nivel nacional como internacional. En este espacio emblemático se han celebrado importantes estrenos y se ha consolidado como un punto clave para la música sinfónica y coral del país. Adentrarse en este espacio, lo que más sorprende es su estructura: el edificio se presenta como una especie de caja de cristal en la que la luz natural juega un papel protagonista, creando un efecto casi mágico. La iluminación que entra desde los laterales y el techo transforma el espacio, llenándolo de matices de color que hacen de la visita una experiencia realmente singular.
El patio de butacas está formado por 2.145 asientos, mientras que el escenario está presidido por un imponente órgano que fue construido por la firma Walcker, contando con más de 3.700 tubos. Desde 1908, este instrumento majestuoso envuelve a quienes lo escuchan con un sonido fascinante y profundo. De hecho, cada cierto tiempo, suena una melodía que invita a los visitantes a tomar asiento y dejarse llevar, mientras la extraordinaria belleza de la Sala de Conciertos completa una experiencia verdaderamente cautivadora.
A ambos lados del escenario vemos dos estatuas que lo presiden: a la izquierda la del compositor Josep Anselm Clavé y a la derecha la de Beethoven. Aquel primero simboliza la música popular de Cataluña y el impulso social del movimiento coral. Su obra más conocida, “Les flors de maig”, aparece representada junto a su busto, integrado en una escultura que lo rodea. Por su parte, a la derecha, Ludwig van Beethoven observa como testigo silencioso la larga tradición de conciertos del Palau, mientras sobre él resuena la épica Cabalgata de las Valquirias de Wagner. Este espacio se erige como un auténtico santuario de la música universal, acogiendo a destacadas orquestas, grandes intérpretes y un repertorio de primer nivel internacional.
Las dieciocho musas que rodean el escenario han fascinado e inspirado a incontables generaciones de músicos. Acompañadas por dieciocho instrumentos procedentes de distintas culturas del mundo, simbolizan una música sin fronteras ni límites, por ejemplo, la que representa a España va vestida con un traje de flamenca y porta unas castañuelas. Como dato curioso, se puede apreciar que una de estas musas no lleva nada, puesto que su instrumento es la propia voz. Se trata de un conjunto escultórico elaborado en piedra, mosaico y trencadís, considerado una de las grandes obras de Eusebi Arnau y Lluís Bru.
La Sala de Conciertos, lleno de contrastes y con un aire casi místico, destaca, en definitiva por su rica decoración: desde aquellas musas hasta las valquirias wagnerianas que emergen del techo, junto con los numerosos elementos inspirados en la naturaleza, como flores, palmeras y frutos, que refuerzan su carácter único y evocador. Si el Palau se entiende como una exaltación modernista de la naturaleza, entonces la claraboya del techo actúa como una metáfora del sol que ilumina todo el espacio. A través de ella la luz natural inunda al interior, generando juegos de luces, donde los colores de las vidrieras se proyectan como efectos visuales.
Este armazón metálico central se encuentra rodeado por los rostros de cuarenta cantoras, cuya composición refuerza la importancia central del canto coral, desplegando una especie de estallido cromático que desciende hacia el público como si fuera una gota de miel. Este elemento, convertido en símbolo tanto del Palau como de Barcelona, ejerce una fuerza visual tan potente que resulta difícil apartar la mirada.
Si ahora subimos al siguiente piso, al palco superior, se puede ver el techo más de cerca y se puede apreciar mejor la estupenda claraboya. Además, aquí también se pueden admirar parte de las más de dos mil rosas de Sant Jordi talladas, que decora cada rincón de su arquitectura. No hace falta ponerse a contarlas: aparecen por todas partes, desde las columnas hasta el techo, pasando por los vitrales o incluso el suelo. Al recorrer sus espacios, uno entiende fácilmente por qué este lugar recibe el apodo de “jardín de piedra”.
Desde aquí, las columnas parecen desplegarse hacia arriba como si fueran palmeras o abanicos de plumas, sosteniendo el conjunto con una elegancia muy singular. Al alzar la vista, se pueden descubrir los nombres de distintos compositores integrados en las vidrieras, mientras que en la zona más elevada del palco aparecen los de figuras destacadas de la música popular catalana y de la internacional, completando así un ambiente lleno de historia y arte.
El vestíbulo que precede esta segunda planta presenta una decoración algo más modesta. Sin embargo, en la actualidad aquí se conservan dos piezas de interés: cuatro campanas tubulares de 1913 y el trono de la reina de los Juegos Florales. Aquellas campanas fueron creadas expresamente por el Orfeó Català para la primera representación completa de Parsifal en Barcelona, que tuvo lugar en el año 1913 en el Palau de la Música Catalana, dentro del Festival Wagneriano organizado junto con la Associació Wagneriana de la ciudad.
Años más tarde, en 1915, Antoni Gaudí solicitó al Orfeó Català que le prestara estas campanas para realizar una prueba acústica inicial en una de las torres de la basílica de la Sagrada Familia. Este ensayo marcó el inicio de un profundo estudio sobre estos instrumentos que Gaudí desarrolló para el templo, ideando un gran carillón compuesto por 84 campanas tubulares y diseñando incluso un nuevo tipo específico para la basílica. Tras estas pruebas, las campanas fueron devueltas al Orfeó, lo que, de manera fortuita, permitió que se salvaran del incendio que afectó al taller de la Sagrada Familia en 1936, durante la Guerra Civil Española. Posteriormente, en 1921, el Orfeó volvió a cederlas, esta vez al Gran Teatro del Liceo de Barcelona, para una nueva puesta en escena de Parsifal.
Por su parte, el trono de la Reina de los Juegos Florales formaba parte de un importante certamen poético celebrado en el Palau de la Música Catalana entre 1914 y 1936. Diseñado en 1908 por Josep Puig i Cadafalch y elaborado en bronce, destacaba por su estilo neogótico y su rica decoración simbólica, relacionada con la poesía y los valores del certamen. Aunque era una pieza pesada, se montaba y desmontaba en cada evento. Con el tiempo quedó olvidado hasta que en 2015 fue restaurado, recuperando su valor histórico y artístico.
Terminada la visita llegamos a la conclusión que, durante todo el recorrido, el visitante puede admirar la abundancia de vitrales, mosaicos, columnas ornamentadas y detalles en forja. El uso del trencadís (fragmentos de cerámica) y los motivos florales crea una atmósfera vibrante y llena de color. Cada rincón está pensado como una obra de arte, reflejando la idea modernista de integrar todas las disciplinas artísticas en un solo espacio. Por otro lado, el bello edificio del Palau de la Música acoge alrededor de 300 conciertos cada año, abarcando estilos muy variados. Si consultas su página oficial, podrás descubrir la programación completa y seguro que encuentras algún espectáculo que te interese disfrutar. Además, desde ese mismo sitio web tienes la opción de comprar las entradas fácilmente.
Para más información sobre horarios, precios, conciertos, actividades, etc., acude a la web del Palau de la Musica de Barcelona o visita la página de turismo oficial de Turisme de Barcelona, donde encontrarás toda la información que necesites de éste y otros monumentos y sitios de interés de la ciudad:
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