BARCELONA

JOYA GÓTICA CON UNO DE LOS ROSETONES MÁS GRANDES DE BARCELONA


La basílica de Santa María del Pi se cuenta entre los grandes ejemplos del gótico en Barcelona. Junto a otros templos destacados como la catedral, Santa María del Mar o la iglesia de los Santos Justo y Pastor, refleja el auge económico, la firme voluntad y el refinado gusto artístico de la sociedad barcelonesa del siglo XIV. Aunque apenas se conservan fuentes documentales y el registro arqueológico es limitado, sus orígenes se sitúan en torno al siglo X, cuando ya existía una iglesia dedicada a santa María, aunque los estudios actuales consideran bastante probable que ya en el siglo V existiera un primer espacio de culto en esta zona, vinculado a antiguas áreas funerarias romanas situadas fuera de la ciudad. Este núcleo habría sido el origen de un suburbio de la Barcino romana, surgido a partir del crecimiento progresivo de la población desde la Antigüedad tardía. Las primeras noticias documentadas fiables aparecen en el año 987, cuando ya existía una iglesia de época románica con varios altares y elementos arquitectónicos destacables.

Como decimos, con el auge económico de Barcelona entre los siglos XIII y XIV, especialmente gracias al comercio mediterráneo, se impulsó la construcción de este templo. El edificio actual se levantó sobre una construcción románica anterior, cuya sustitución comenzó en 1320. Las obras se iniciaron por la zona del ábside y avanzaron con rapidez hasta 1348, momento en que la llegada de la Peste Negra frenó su progreso. Finalmente, el templo quedó concluido en 1391, año en que se colocó la última piedra, siendo la iglesia consagrada en 1453. Durante los siglos XV y XVI, el Pi experimentó una etapa de gran desarrollo, con la construcción de nuevas dependencias, la participación activa de gremios y cofradías y la incorporación de importantes obras artísticas vinculadas al Renacimiento.

En este periodo también se consolidó como un centro religioso y cultural relevante en la ciudad. Sin embargo, en el siglo XVII se produjo un cierto declive, en parte por cambios políticos y sociales, que se agravó con la Guerra de Sucesión a comienzos del siglo XVIII. Durante el conflicto, el edificio sufrió graves daños a causa de los bombardeos, lo que obligó a una larga y difícil recuperación durante ese siglo, acompañada de diversas reformas arquitectónicas. A finales del siglo XVIII y comienzos del XIX se perciben signos de revitalización, con nuevas intervenciones artísticas y mejoras en el templo.

Más adelante, en 1863, se llevó a cabo una restauración importante siguiendo criterios neogóticos. El episodio más devastador de su historia tuvo lugar en 1936, durante la Guerra Civil Española, cuando un incendio destruyó gran parte del interior del edificio, incluyendo elementos artísticos y estructurales de gran valor. Tras la guerra, se inició un largo proceso de restauración que permitió recuperar progresivamente el templo y su función. En la actualidad, la iglesia de santa María del Pi sigue siendo un importante referente patrimonial de Barcelona. La creación de su museo en 2011 ha contribuido a poner en valor su larga trayectoria histórica, artística y cultural, acumulada a lo largo de más de mil años.

Tras estas pinceladas históricas, vamos a iniciar el recorrido por el interior del templo. Arquitectónicamente, es un claro ejemplo del gótico catalán religioso. Presenta una sola nave cubierta por siete tramos con bóvedas de crucería ojival, un ábside de forma poligonal y capillas laterales situadas entre los contrafuertes, alineadas con cada tramo. En cuanto a sus dimensiones, la nave alcanza los 54 metros de longitud, 16,5 metros de anchura y una altura de 28,5 metros.

La primera capilla que encontramos es, a nuestra derecha (en el lado de la epístola), la de la Virgen de los Desamparados, sede de la Real e Ilustre Cofradía de los Desamparados desde 1568. La hermandad, originada en Barcelona durante el siglo XIV, nació con la finalidad de recoger y dar sepultura a los cuerpos de los ajusticiados que quedaban expuestos en el patíbulo, abandonados a su suerte. Junto a la Archicofradía de la Purísima Sangre y la Hermandad de Paz y Caridad, asumía esta importante labor benéfica y social, alcanzando una notable relevancia en la vida de la ciudad.

En la segunda mitad del siglo XVIII, un incendio destruyó la capilla junto con el retablo y la imagen original del siglo XVI. Por ello, posteriormente se creó un nuevo conjunto en el que participó Ramón Amadeu i Grau, autor de la imagen principal. La Virgen aparece protegiendo a dos niños bajo su manto, en una representación de carácter naturalista inspirada, según la tradición, en una escena familiar del propio escultor. Se trata de una imagen “de vestir”, con solo cabeza, manos y brazos esculpidos, siendo una de las obras más destacadas de su autor. En 1910, el arquitecto Juli Fossas renovó el altar, el retablo y las lámparas con el apoyo de la condesa de Llívia. La capilla se completa con dos pinturas de 1833 de Bonaventura Planella, con escenas del Antiguo Testamento (antiguamente contó también con una obra superior hoy desaparecida dedicada a san Andrés y san Antonio Abad).

Le sigue la capilla de san Miguel Arcángel que contiene un retablo neoclásico encargado por el gremio de los Tenderos Revendedores a Salvador Gurri, con la colaboración de su taller y el diseño arquitectónico de Tomás Solanes. Es una de las primeras obras religiosas neoclásicas de Barcelona, influida por las corrientes de la corte de Madrid y las directrices de Carlos III, destacando por el uso de piedra y mármol en lugar de la madera típica del barroco. De igual manera, este retablo destaca además por haber sobrevivido sin daños a los hechos de 1936. La figura de san Miguel adopta un estilo más clásico, inspirado en la Victoria (Niké). El gremio, establecido en la iglesia del Pi desde el siglo XV, había promovido retablos anteriores, uno de ellos de Jaume Huguet. Desde 1798 tiene el privilegio de custodiar el Santísimo Sacramento.

A continuación encontramos la capilla de la Inmaculada Concepción, la cual perteneció al gremio de Tenderos Revendedores hasta 1630, cuando se trasladaron a otro espacio por falta de lugar y el retablo original fue sustituido por otro dedicado a distintos santos. En 1875 se instaló la Archicofradía de la Inmaculada y santa Teresa, que encargó el retablo actual de estilo neogótico, de autor desconocido. Aunque sufrió daños en la Guerra Civil Española, se conservó en gran parte y se repusieron varias imágenes. Destacan el pavimento de mosaico de 1925 con el lema de santa Teresa y la lápida dedicada al pintor barroco Antoni Viladomat. Actualmente, la capilla alberga provisionalmente la imagen de la Dormición de María del siglo XIX.

La siguiente es la capilla de la Virgen de la Merced, en la que se instaló el Gremio de Maestros Hortelanos en 1398, dedicándola a sus patronos, los santos Abdón y Senén. Es una de las corporaciones más antiguas de Barcelona, vinculada a propietarios de huertas y con funciones de vigilancia fuera de las murallas. Apenas se conservan datos de retablos anteriores de esta capilla, aunque sí un relicario donado en 1410 y unas cabezas talladas de los santos usadas en celebraciones. El retablo actual fue diseñado en 1885 por Joan Martorell en estilo neogótico, con influencia de Viollet-le-Duc y con participación indirecta de Antoni Gaudí. Su ejecución fue posible gracias a una donación que condicionó la inclusión destacada de la Virgen de la Merced y otras figuras, junto con los santos titulares y san Miguel en la parte superior.

Adosada se encuentra la capilla de Virgen de la Cinta que estuvo dedicada a san Pedro desde 1353 y vinculada a la familia Terré, que la promovió. De hecho, Pere Terré, jurista y consejero del rey Pedro IV el Ceremonioso, estableció un beneficio en el templo y dispuso su propio enterramiento en este espacio. Tras los daños del asedio de 1714, se encargó un nuevo retablo al escultor Pere Costa, uno de los grandes referentes del barroco catalán, del que se conservan tres imágenes: san Pedro, san Jaime y santa Eulalia. En 1921 pasó al Centro Comarcal Tortosino, que promovió el retablo actual de estilo historicista, obra de Juli Fossas y dedicado a la Virgen de la Cinta, con esculturas de varios autores. La imagen original de la Virgen se perdió en 1936 y fue sustituida por la actual, coronada con una pieza de plata del joyero Serrahima.

La última de esta parte de la basílica es la capilla de la Dormición de María que estuvo inicialmente dedicada a san Gabriel y san Alejo, y más tarde a la Virgen del Rosario. Desde el siglo XV al XVIII albergó el primer órgano de la iglesia y, desde el siglo XVII, la imagen de la Virgen dormida, asociada a una tradición de origen mediterráneo que se representaba en montajes efímeros durante la festividad de la Asunción. El lecho actual, realizado hacia 1800 por la familia Picanyol, es uno de los pocos conservados en Cataluña tras la desaparición de la mayoría durante la Guerra Civil. En la actualidad aquí se expone la obra “La Deposición de Nuestro Señor Jesucristo en el Sepulcro”, realizada por Damià Campeny entre 1816 - 1817 para el gremio de Tenderos Revendedores, y que formó parte de las procesiones de Jueves Santo hasta mediados del siglo XIX. Destaca por su estilo neoclásico y su innovación compositiva. Tras diversos traslados durante la Guerra Civil, el conjunto fue restaurado en el Museo Nacional de Arte de Cataluña y posteriormente cedido en depósito a la basílica.

A continuación encontramos el acceso al Tesoro de la basílica que expone una colección de orfebrería religiosa. Los espacios museísticos de la iglesia se completan con la cripta de la santa Espina que recorre la evolución histórica de la iglesia del Pi desde sus orígenes hasta la actualidad, y con la “Sagristia Nova” que profundiza en la historia de la comunidad y en la Semana Santa barcelonesa, donde santa María del Pi tuvo un papel destacado. Seguimos el recorrido por el templo, en esta ocasión nos encontramos ahora en su altar Mayor, cuyo original fue destruido durante la Guerra Civil, pero posteriormente se llevó a cabo una reconstrucción que buscó conservar la esencia de la basílica, al igual que ocurrió con otros elementos que también fueron restaurados. La pieza que destaca aquí es la imagen de Santa María del Pi, que según la tradición habría sido hallada en el siglo XVI en el interior del tronco de un pino, junto a la muralla romana de Barcelona, en el mismo emplazamiento donde hoy se levanta la iglesia.

El descubrimiento, según el relato, lo realizó un pescador que había talado el árbol con la intención de construir una barca. Esta historia tuvo una gran difusión hasta 1714, momento en que el retablo renacentista que enmarcaba la imagen quedó destruido durante los bombardeos del asedio de Barcelona, al final de la Guerra de Sucesión Española. La escultura que se conserva hoy corresponde a una obra de mediados del siglo XIV, característica del estilo gótico y posiblemente vinculada al entorno del escultor Pere Moragues. En ella se representa a la Virgen María sosteniendo al Niño en brazos, siguiendo el modelo de la Odighitria, es decir, “la que muestra el camino”, en referencia a Jesús como guía de los fieles. Durante mucho tiempo, la imagen estuvo situada en el tímpano de la portada principal, hasta que fue restaurada y trasladada de nuevo al presbiterio.

Desde aquí se pueden apreciar bien el conjunto de vidrieras de la basílica. La mayoría de ellas han tenido que ser reconstruidas a lo largo del tiempo, debido a los distintos episodios de destrucción sufridos durante su historia. Entre sus elementos más destacados se encuentra el rosetón, uno de los símbolos más representativos de la iglesia, con un diámetro de unos 10 metros, que quedó destruido durante la Guerra Civil Española. En 1939, el arquitecto Josep Maria Jujol se encargó de su reconstrucción. Para ello, pudo recrear tanto el diseño como la gama cromática original gracias a fotografías conservadas y a los dibujos realizados previamente por alumnos de la Escuela de Arquitectura antes del conflicto, que resultaron fundamentales para recuperar la apariencia de la vidriera.

A esta altura podemos apreciar muy bien la sobriedad decorativa en el interior, pero también en el exterior, uno de los rasgos típicos del estilo gótico catalán, también llamando meridional: la escultura es escasa y se concentra en puntos muy concretos, como los portales de acceso, los capiteles de la nave y las claves de bóveda. Esta austeridad ornamental refuerza la claridad de las formas y aporta al conjunto una sensación de mayor solemnidad y grandeza. Aun así, llaman especialmente la atención las claves de bóveda de la nave, consideradas por muchos como algunas de las más destacadas de la ciudad. Las ocho que coronan cada tramo cumplen además una función estructural al estabilizar la cubierta. Además, en ellas se representan escenas vinculadas a la Virgen, titular del templo, a excepción de la clave del presbiterio, dedicada a Cristo en Majestad rodeado por el tetramorfo, que además es la mayor de todas, con un diámetro de 2,05 metros.

Las restantes, ordenadas desde el presbiterio hacia la entrada, representan la Anunciación (tramo 1), la Natividad (tramo 2), la Epifanía (tramo 3), la Presentación de Jesús en el Templo (tramo 4), las Tres Marías ante el Sepulcro (tramo 5), Pentecostés (tramo 6) y, finalmente, la Coronación de María (tramo 7). Muchas de ellas incluyen en el fuste escudos de la Casa Real de Aragón, de Barcelona y del Pi, esculpidos en ambos lados. Estas piezas han sufrido diversas vicisitudes a lo largo del tiempo. Durante el asedio de 1714, una bomba impactó en la cubierta y provocó el derrumbe parcial de la bóveda del ábside y la destrucción del retablo renacentista del altar Mayor. Posteriormente fueron encaladas y repintadas con motivo de la beatificación de san José Oriol en 1806.

Más tarde, el incendio de 1936 afectó gravemente a la techumbre y provocó fisuras en varias claves, que tuvieron que ser restauradas. En el museo de la basílica aún se conservan algunos fragmentos en los que se aprecian los colores originales del siglo XIV. Por este motivo, la mayoría ha perdido su policromía primitiva, con la excepción de la clave de la Anunciación, que conserva incluso parte de la decoración pintada de la plementería que la rodeaba. Si se observa con atención, se puede apreciar que su tonalidad difiere de la del resto.

Comenzamos ahora el recorrido por el lado derecho del templo, el correspondiente con la zona del Evangelio. Para ello encontramos en primer lugar la capilla de santa Joaquina de Vedruna, una de las primeras que se construyeron en la nueva iglesia gótica y que estaba dedicada a san Juan Bautista y san Juan Evangelista. La capilla estuvo vinculada al primer beneficio del Pi y se convirtió en lugar de enterramiento de la familia Torres, cuya sepultura del siglo XVII aún se conserva en el suelo junto a sus escudos. También se les atribuyen dos paveses del siglo XIV expuestos hoy en el Tesoro de la basílica. En cuanto a la decoración artística, el antiguo retablo de san Juan Bautista y san Juan Evangelista (también en el museo) ocupó originalmente este lugar, hasta que fue sustituido por el retablo de san Pancracio. Al parecer, ambas obras convivieron en la capilla hasta 1928. Tras su destrucción en 1936, se creó un nuevo retablo dedicado a santa Joaquina de Vedruna en 1959, muy vinculada a la iglesia, con motivo de su canonización en 1959. La imagen está acompañada por las de San Antonio María Claret y San Francisco de Asís.

Le sigue la capilla de san José Oriol, la cual originariamente estuvo dedicada a san Clemente y san Pancracio (cuya devoción se remonta a los orígenes de la iglesia del Pi, ocupando probablemente uno de los tres ábsides del antiguo templo románico), trasladado aquí tras la construcción de la iglesia gótica y donde permaneció hasta mediados del siglo XVII, momento en que fue sustituida por la de san Leopardo. En este lugar, José Oriol i Bogunyà obtuvo su beneficio en 1686 y fue enterrado en 1702 y cuya losa conmemorativa encargada por el rector Joan Tolleuda, que recuerda su vida virtuosa y su dedicación religiosa. Posteriormente, la capilla pasó a dedicarse a san José, con un retablo del 1875, pintado por Simó Gómez Polo, y que desapareció en el incendio de 1936. Más adelante se consagró a la Virgen de Montserrat, hasta que, en 2012, con el retorno de las reliquias del santo, se restituyó la devoción a san José Oriol y se incorporó una escultura suya realizada por Ramón Amadeu con motivo de su beatificación en 1806.

La siguiente, la capilla dedicada al Sagrado Corazón de Jesús, alberga esta advocación desde finales del siglo XIX. En su origen contaba con un retablo neobarroco que incluía una destacada escultura realizada por Miquel Castellanas, pero este conjunto se perdió en el incendio de 1936 (únicamente se conservan hoy las tres lámparas suspendidas de la bóveda). El retablo actual, realizado en 1977, fue concebido por el arquitecto Joaquim de Ros i de Ramis y ejecutado por Josep Miret. Junto a la imagen principal del Sagrado Corazón, aparecen también san Ramón Nonato y san Liborio, este último con una larga tradición en la iglesia del Pi, donde era invocado contra dolencias renales mediante la curiosa costumbre de disolver sal ante su imagen como símbolo de curación. En esta capilla se encontraba antiguamente el acceso a la trona desde la que se leía el Evangelio y se pronunciaban los sermones. En celebraciones solemnes, además, se colocaba allí el Lignum Crucis, que hoy se conserva en el Tesoro de la basílica.

A continuación encontramos la capilla de la Virgen de Montserrat, la cual estuvo dedicada inicialmente al Corpus Christi y más tarde se conoció como capilla del Portacruz por el retablo que albergaba, cuya imagen central representaba a Cristo con la cruz camino del Calvario. En 1807 pasó a dedicarse a san José Oriol tras su beatificación, y en 1909 se realizó un nuevo retablo con motivo de su canonización que incluía la imagen del santo realizada por los hermanos Vallmitjana, acompañada de virtudes cardinales y pinturas de Joan Llimona sobre su vida, además de un espacio inferior donde se guardaban sus reliquias. Este retablo desapareció en el incendio de 1936, al igual que la arqueta con las reliquias, por lo que posteriormente se colocó una imagen de Ramón Amadeu. En 2012 se trasladó a la capilla el retablo de la Virgen de Montserrat, donado en 1968, que actualmente preside el espacio junto a las imágenes de san José, san Luis rey de Francia, san Pedro Regalado, san Roque y la beata María Ángela Astorch.

Anexa se encuentra la capilla de san Pancracio, cuya advocación, una de las más antiguas del Pi junto con la de san Clemente y documentada desde 1062, probablemente ocupaba un ábside de la iglesia románica, donde se realizaban testamentos sacramentales en su altar. Con la construcción del templo gótico, pasó a la primera capilla del lado de la Epístola, hoy acceso a la sacristía, donde aún se conserva la clave de bóveda con su martirio. Tras varios cambios entre los siglos XIX y XX, en 1928 quedó definitivamente ubicada en la capilla que antes estaba dedicada a santa Lucía y santa Margarita. El retablo actual, diseñado por Juli Fossas e inaugurado en 1919, incorpora pinturas laterales del bautismo y martirio del santo. La imagen de san Pancracio, muy venerada como patrón del trabajo, se salvó de la destrucción de 1936. La tradición cuenta que evitaron quemarla por su simbolismo, aunque le arrancaron un dedo, dejándola con el puño levantado. Junto a ella también se veneran santa Lucía y san Antonio de Padua.

La última de esta zona de la basílica es la capilla de María Desolada que inicialmente estuvo dedicada a santa Magdalena y a san Guillermo, patrón de los panaderos. A inicios del siglo XVI se añadió una capilla a la Virgen de Gracia o de la Puridad, que acabó siendo la advocación principal hasta el siglo XVIII. En 1658 pasó a la Cofradía de Jóvenes Zapateros, que incorporó a san Crispín y san Crispiniano, y posteriormente el patronazgo recayó en los marqueses de Aitona, luego duques de Medinaceli, con derecho de sepultura. La capilla sufrió daños en el sitio de 1714 y fue restaurada. En 1763 se trasladó allí la Cofradía de la Santa Espina por las inundaciones de la cripta, llevándose también el san Cristo y la reliquia. El retablo actual, diseñado en 1855 por Josep Oriol Mestres, presenta estilo renacentista italiano, con un gran arco triunfal que alberga las imágenes del san Cristo de la Santa Espina y la Virgen Desolada. En 1936 se salvó el retablo, aunque se perdieron la reliquia y algunas esculturas. Hoy se veneran, además, Santa Gema Galgani, el Niño Jesús de Praga y Santa Rita de Casia.

Antes de abandonar el templo, en el mismo vestíbulo de acceso, encontramos dos capillas a cada lado: si miramos hacia la puerta, a nuestra derecha la del baptisterio, y a la izquierda la capilla de la Purísima Sangre. Aquella primera se sitúa cerca de la entrada, siguiendo la tradición cristiana de integrar primero a los fieles en la comunidad antes de participar en la liturgia. Documentado desde 1388, su pila gótica original de piedra fue sustituida en 1691 por otra de mármol de Carrara tras agrietarse. En este espacio fueron bautizados numerosos barceloneses, destacando santa Joaquina de Vedruna. La capilla también alberga el monumento funerario de Rosa Brocca Sagnier, un relieve del bautismo de Cristo encargado en 1777 y la sepultura de Jeroni de Codina Junquer, fallecido en 1675. Por su parte, la capilla de la Santa Sangre se concibió originalmente como lugar de reunión de la parroquia, por ello era conocida como capilla del Capítulo.

Su construcción fue encargada a Bartomeu Mas, maestro de obras del templo, quien trabajó en ella entre 1468 y 1486, ocupándose también de otras intervenciones, como la reforma de la rectoría y la adecuación de la capilla de san Rafael y san Martín para facilitar el acceso. El Capítulo es una “pequeña iglesia” adosada al lado sur, con una sola nave, ábside poligonal y bóveda de crucería en dos tramos. De proporciones equilibradas, destaca por su sobriedad. Originalmente tenía tres grandes ventanales, aunque uno se cerró en el siglo XVIII y en el XIX se añadieron dos más pequeños bajo el coro. Conserva una puerta cegada del siglo XV que comunicaba con la rectoría. En el exterior, sobresalen el ventanal occidental con decoración flamígera y figuras de ángeles, y la portada con capiteles esculpidos con animales y seres fantásticos como monos, águilas, grifos y un sapo.

De igual manera, el Capítulo albergó inicialmente un retablo dedicado a santa Eulalia y san Severo, además de un Cristo donado por el infante Enrique de Aragón. En 1508 recibió el antiguo retablo del altar Mayor y, gracias a la donación de un gran volumen de libros por Pere Joan Matoses, se convirtió en la segunda biblioteca pública de Barcelona. Desde 1547, con la fundación de la Archicofradía de la Sangre, pasó a llamarse también capilla de la Sangre y, desde 1616, se destinó al culto eucarístico. En el siglo XVII fue redecorado con un gran retablo barroco y obras sobre la Pasión. Estuvo muy vinculada a san José Oriol y sufrió una gran destrucción durante la Guerra Civil, perdiendo su retablo, decoración y cubierta. Posteriormente fue reconstruida, se bendijo una nueva imagen del Cristo y en 1952 se realizó un retablo inspirado en el original de 1670. La Archicofradía de la Sangre continúa activa en la actualidad, participando en los actos de Semana Santa de la parroquia. Terminada la visita al interior de la iglesia, ahora se puede ascender a la torre campanario que con 54 metros de altura ofrece una panorámica de 360° de Barcelona tras subir su escalera de caracol. Además, durante el ascenso se visita la sala de campanas, con piezas históricas anteriores al siglo XVIII.

Para más información sobre horarios, precios, exposiciones, actividades, etc., acude a la web de la basílica de santa María del Pi de Barcelona o visita la página de turismo oficial de Turisme de Barcelona, donde encontrarás toda la información que necesites de éste y otros monumentos y sitios de interés de la ciudad:

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