BARCELONA

CULMINACIÓN TÉCNICA DE LA ARQUITECTURA DE LA FORTIFICACIÓN


La historia del castillo de Montjuïc comienza mucho antes de que existiera la fortaleza actual. La montaña estuvo habitada desde la prehistoria y fue un lugar estratégico por su posición dominante sobre el llano de Barcelona, el mar y el río Llobregat. Los restos más antiguos corresponden al taller de jaspe del Morrot, donde se extraían y trabajaban jaspe, ópalo y otras piedras para fabricar herramientas. Más tarde, durante la Edad del Bronce y la época ibérica, la montaña acogió asentamientos estables y un importante centro comercial, favorecido por la existencia de un puerto natural que facilitaba el intercambio de mercancías con otros puertos del Mediterráneo. En época romana también hubo una pequeña villa rústica y se explotaron intensamente las canteras de gres de Montjuïc, piedra utilizada en numerosos edificios emblemáticos de Barcelona.

Durante la Edad Media, Montjuïc mantuvo su importancia gracias a sus canteras y a su función defensiva. En este lugar se ha documentado desde 1031 una torre de vigilancia y varias iglesias y ermitas románicas repartidas por la montaña, aunque la mayoría desaparecieron con el paso del tiempo. Uno de los hallazgos más destacados es la necrópolis judía, utilizada entre los siglos IX y XIV, donde se han descubierto más de 700 tumbas y una excepcional lápida funeraria fechada en 1229. Estos restos arqueológicos muestran la relevancia histórica, económica y cultural de Montjuïc a lo largo de los siglos.

En la cima de la montaña había un faro o torre de vigilancia documentado desde 1073, cuya función era alertar a Barcelona de la llegada de naves enemigas mediante señales de humo y fuego. Con el estallido de la Guerra dels Segadors en 1640, el Consejo de Ciento ordenó fortificar este faro, construyendo en solo treinta días un pequeño fortín con baluartes y artillería que desempeñó un papel decisivo en la Batalla de Montjuïc de 1641, donde se rechazó el ataque de las tropas de Felipe IV. Posteriormente, el fortín fue ampliado y reforzado, y tras la conquista de Barcelona por Felipe IV en 1652 pasó a manos de la monarquía, convirtiéndose en una fortaleza permanente que a finales del siglo XVII fue transformada en una ciudadela de mayor tamaño y valor estratégico.

En el siglo XVIII, tras la Guerra de Sucesión (1701-1714), el castillo pasó a estar bajo control de la monarquía borbónica. Con el Decreto de Nueva Planta (1716), la monarquía borbónica reorganizó la defensa y el control de Barcelona mediante dos grandes fortalezas: la Ciutadella y el castillo de Montjuïc. A partir de 1753, bajo la dirección del ingeniero militar Juan Martín Cermeño, el castillo fue completamente remodelado, adquiriendo su estructura actual con nuevos baluartes, fosos, puertas y sistemas defensivos adaptados al terreno. Su intervención representó la culminación técnica de la fortificación y la máxima aplicación de los conocimientos de ingeniería militar desarrollados hasta el siglo XVIII, además de representar la creciente importancia de los ingenieros militares, una profesión relativamente nueva que comenzó a consolidarse entre los siglos XVI y XVII. Las obras concluyeron en 1799 y, desde entonces, la fortaleza ha sido utilizada con fines militares y también como prisión, destacando el encarcelamiento de soldados franceses durante la Guerra de la Convención y su ocupación por las tropas napoleónicas en 1808.

Entre 1833 y principios del siglo XX, el Castillo de Montjuïc se convirtió en un símbolo de la represión militar en Barcelona. Desde él se ordenaron varios bombardeos contra la ciudad (1842, 1843 y 1856) para sofocar revueltas populares, causando cientos de muertos, grandes destrozos y el éxodo de miles de personas. Más tarde, el castillo fue utilizado como prisión y lugar de juicios militares contra anarquistas, sindicalistas y opositores políticos, destacando el Proceso de Montjuïc (1896), marcado por detenciones masivas, torturas y fusilamientos. También desempeñó un papel represivo durante la Semana Trágica de 1909, cuando fue ejecutado Francesc Ferrer i Guàrdia, y en 1919, con el encarcelamiento de miles de trabajadores tras la huelga de La Canadenca.

Con la llegada de la Segunda República se planteó dar al Castillo de Montjuïc nuevos usos, pero los acontecimientos políticos y la Guerra Civil hicieron que recuperara su papel militar y represivo. Tras la insurrección del 6 de octubre de 1934 volvió a ser escenario de encarcelamientos, consejos de guerra y ejecuciones. Desde agosto de 1936 pasó a manos del Comité de Milicias Antifascistas, convirtiéndose en centro de reclutamiento, defensa antiaérea y, sobre todo, en prisión política y militar. Durante la Guerra Civil (1936-1939) fueron encarceladas cerca de 1.500 personas y ejecutadas unas 250, principalmente acusadas de traición o espionaje contra la República, consolidando al castillo como un importante símbolo de la represión en ese periodo.

Tras la ocupación de Barcelona por las tropas franquistas el 26 de enero de 1939, el Castillo de Montjuïc pasó a manos del bando nacional y fue utilizado inicialmente como lugar de concentración de miles de soldados republicanos prisioneros. Posteriormente se convirtió en un espacio de memoria y celebración del franquismo, con actos religiosos, homenajes a los caídos y como escenario de consejos de guerra. Recuperó su función de prisión militar, donde fueron encarcelados destacados defensores de la República, como el coronel Antonio Escobar y el presidente de la Generalitat Lluís Companys, quien fue juzgado y fusilado en el foso de Santa Eulàlia el 15 de octubre de 1940.

El Castillo mantuvo su uso como prisión militar hasta 1960, cuando fue cedido parcialmente a la ciudad de Barcelona durante una visita de Franco, aunque el control siguió en manos del gobierno central. En los años 60 se transformó para albergar el museo Militar y convertirse en espacio público, con importantes reformas arquitectónicas y la instalación de una estatua ecuestre de Franco en 1963. Estas actuaciones modificaron la función del castillo, que pasó de ser un recinto militar y carcelario a un equipamiento cultural bajo la influencia del régimen franquista.

Finalmente, tras años de reivindicaciones ciudadanas, el castillo de Montjuïc dejó atrás su carácter militar. En 2007 pasó definitivamente a manos del Ayuntamiento de Barcelona y comenzó una nueva etapa como espacio público dedicado a la cultura, la memoria histórica y la participación ciudadana. Posteriormente, se desmanteló el museo Militar en 2009 y comenzó la rehabilitación de los espacios del castillo para nuevos usos. Así, una fortaleza que durante siglos representó el poder militar pasó a convertirse en un patrimonio abierto a toda la ciudadanía.

Llegamos al Castillo de Montjuïc utilizando el teleférico, lo que hizo que el desplazamiento fuera muy cómodo. Hay que tener en cuenta que ascender a lo alto de la montaña a pie se hace bastante pesado, sobre todo si no estás en forma. La visita al castillo de Montjuïc comienza incluso antes de atravesar su puerta principal, ya que el entorno exterior cuenta con elementos interesantes, como un Obús de costa Ordóñez de 305 mm, modelo 1892, uno de los principales testimonios del pasado militar de la montaña, una histórica pieza de artillería diseñada por el ingeniero militar Salvador Ordóñez para la defensa costera. Construido con el sistema de hierro sunchado y dotado de un gran calibre, estaba destinado a proteger el puerto de Barcelona atacando a los buques enemigos con proyectiles de trayectoria elevada. Formó parte de la Batería Álvarez de Castro en Montjuïc y, aunque durante la Guerra Civil ya se consideraba un arma anticuada, continuó integrando las defensas de la costa catalana.

El acceso principal al Castillo de Montjuïc y su fachada actual formaban parte de las mejoras defensivas proyectadas por el ingeniero militar Juan Martín Cermeño a mediados del siglo XVIII. En uno de los tramos de muralla, de cerca de setenta metros de longitud y protegido por los baluartes de Sant Carles y Santa Amàlia (antes de esta intervención, parece que el cierre del recinto estaba compuesto por diversos muros dispersos y sin una conexión clara entre ellos), se levantó una portada de estilo neoclásico compuesta por columnas, arquitrabe, friso, cornisa y tímpano. Años después, se añadió en la parte superior el escudo de Carlos III (conservado actualmente en el interior del recinto) que reforzaba el carácter representativo del acceso. Para llegar a la puerta se construyó un puente de cuatro arcos, cuyo último tramo era levadizo.

Los baluartes de Sant Carles y Santa Amàlia fueron elementos clave en la defensa de la fortaleza. Estas estructuras, que sobresalen de las murallas y tienen forma pentagonal, estaban diseñadas para reforzar la protección del recinto mediante el uso estratégico de la artillería. Construidos por el ingeniero Juan Martín Cermeño junto a la entrada principal, permitían mejorar la vigilancia y dificultar el avance de posibles atacantes. El baluarte de Sant Carles se orienta hacia el litoral norte y, a diferencia del resto de bastiones del castillo que datan del siglo XVII, aunque fueron reformados en el XVIII por Cermeño, fue el único construido desde cero por aquel ingeniero en 1751. Hasta ese momento, esa parte del castillo era una explanada amurallada con tres troneras y sus correspondientes baterías, todas orientadas hacia el mar. Su interior se adaptó para uso de la guarnición, incluyendo dos amplias galerías abovedadas y resistentes a bombardeos, situadas paralelamente al frente marítimo, y que fueron utilizadas como almacenes de víveres y material de artillería.

El baluarte de Santa Amàlia tomó forma durante las reformas impulsadas por el ingeniero Cermeño, como prolongación del antiguo baluarte de santa Isabel, construido en tiempos del virrey Velasco. Más adelante, esta estructura fue rebautizada en honor a María Amalia de Sajonia, reina de España y esposa de Carlos III. Desempeñó un papel fundamental en la defensa de la fortaleza gracias a sus catorce metros de altura y a su gran capacidad para albergar piezas de artillería y morteros. Actualmente conserva elementos originales como un pozo de agua conectado a una gran cisterna subterránea. Uno de los aspectos más simbólicos de este baluarte es la bandera catalana que ondea en una de sus puntas. Este lugar posee un importante valor histórico, ya que fue allí donde el presidente de la Generalitat, Lluís Companys, izó una bandera en agosto de 1936. Con aquel gesto quiso representar la toma del castillo por parte del poder civil y el proceso de desmilitarización de Montjuïc durante la etapa de la Segunda República.

El conjunto se completa con el foso que hoy se encuentra ajardinado y que rodea la entrada, resultado de las transformaciones introducidas durante la remodelación de Cermeño. Los fosos que rodean la fortaleza comenzaron a construirse entre 1696 y 1697, cuando se excavó un perímetro defensivo alrededor de los baluartes y de los tramos de muralla que los conectaban. Junto a ellos se habilitó un camino abierto que, con el paso del tiempo, ha dejado de cumplir funciones militares para convertirse en un espacio muy transitado por personas que pasean, corren o recorren la zona en bicicleta. También el ingeniero Cermeño modificó su diseño original, integrando el foso y el camino exterior con el glacis para reforzar el sistema defensivo.

Entre todos los fosos destacan especialmente los de Santa Eulàlia y Santa Elena, escenarios de algunos de los episodios más significativos de la historia del castillo. En el primero, situado entre los baluartes de Santa Amàlia y Velasco, se encontraba un tramo de muralla que fue utilizado como lugar de ejecución. Allí fue fusilado en 1940 el presidente de la Generalitat, Lluís Companys, hecho que hoy se recuerda mediante un monolito conmemorativo. Por su parte, el foso de Santa Elena, dispuesto de forma transversal respecto al anterior y ubicado entre el hornabeque y el revellín, también fue escenario de represalias. En este lugar fueron ejecutados algunos de los implicados en la sublevación militar de julio de 1936. Durante la dictadura franquista se erigió un monumento en memoria de quienes el régimen consideraba sus caídos, vestigio que todavía permanece visible.

Tras cruzar el puente y la entrada se accede a un túnel cubierto por una sólida bóveda de piedra. A ambos lados se abren accesos hacia dos amplias naves situadas paralelamente a la fachada defensiva, una orientada hacia el baluarte de Sant Carles y la otra hacia el de Santa Amàlia. En sus paredes y techos aún se distinguen vestigios de antiguos tabiques que sugieren que estos espacios estuvieron divididos en diferentes dependencias.

El recorrido continúa por dos corredores abovedados de ladrillo que parten del túnel principal y conducen a la parte superior de la cortina defensiva. Durante la época militar del castillo, estos espacios tuvieron funciones diversas. La zona situada a la derecha de la entrada servía como cuerpo de guardia y alojamiento para el oficial responsable de la vigilancia, mientras que la situada a la izquierda se utilizaba para almacenar pólvora y material de artillería. La documentación histórica también indica que, en determinados momentos, algunas de estas dependencias pudieron funcionar como enfermería o incluso como prisión. Con la transformación posterior del recinto en museo Militar y su apertura al público, estas estancias dejaron de desempeñar funciones castrenses y pasaron a utilizarse como espacios auxiliares gestionados por el Ayuntamiento.

Desembocamos en la zona superior de la cortina defensiva, desde la cual podemos observar ya la fachada del edificio principal. Nos aproximamos al baluarte de san Carlos, llamado así en honor al monarca Carlos III de Borbón, y que, como señalamos anteriormente, es el único que se hizo desde cero: su construcción se inició en 1756 y terminó en 1773. Su plataforma superior tenía capacidad para instalar hasta cinco morteros sobre plataformas retranqueadas, mientras que sus troneras podían albergar una docena de cañones. Durante el siglo XIX se llevaron a cabo modificaciones en las troneras del ala izquierda con el objetivo de adaptarlas a un nuevo modelo de cañón que se desplazaba mediante guías semicirculares, similares a las empleadas en el baluarte de Santa Amalia.

Tras la Guerra Civil se añadieron dos baterías dirigidas hacia el puerto. Más tarde, cuando el baluarte se abrió al público a comienzos de la década de 1960, se retiraron los parapetos y las troneras que miraban al mar para convertir la plataforma en un mirador. Finalmente, la restauración realizada en 2016 permitió recuperar el diseño original del sistema de troneras, devolviendo al conjunto una parte significativa de su aspecto histórico.

Entramos ya al interior del edificio principal y llegamos así al corazón del recinto: el patio de armas, el cual nació durante la gran remodelación impulsada por Juan Martín Cermeño a partir de 1753, tras concluirse las obras de la cortina defensiva y los accesos superiores. Para llevarla a cabo, se demolió la antigua fortificación y se levantó este amplio edificio de planta cuadrada, diseñado con cubiertas resistentes a los bombardeos y organizado alrededor de un patio central o de armas. En este conjunto también se situó la residencia del gobernador del castillo.

Este patio abierto de planta cuadrada y rodeado por las dependencias principales (entre ellas los alojamientos de los oficiales, las estancias del capellán, los dispensarios y la cantina), es un espacio sorprendentemente sereno. A diferencia de otras fortalezas donde predominan los elementos monumentales, aquí la sensación es más sobria. El patio fue durante siglos el centro de la vida militar del castillo, el lugar donde se reunía la tropa, se impartían órdenes y se desarrollaban las actividades cotidianas de la guarnición.

Hoy invita más bien a detenerse unos minutos y observar la arquitectura que lo rodea, intentando imaginar las distintas etapas históricas que han dejado huella entre estos muros. Actualmente, en una de sus salas se conserva uno de los restos más significativos de las construcciones anteriores: un tramo de uno de los cuatro medios baluartes de 1640, primera defensa permanente conocida, que protegían las esquinas del primer fortín levantado en la montaña. Aunque hay que decir que el momento de nuestra visita se encontraba cerrada y no pudimos visitarla.

De igual manera, en las antiguas dependencias del castillo se encuentra el centro de Interpretación, que cuenta con una exposición que trata de que el visitante comprenda el papel que Montjuïc ha desempeñado en la historia de Barcelona. La exposición recorre la evolución de la fortaleza desde sus orígenes vinculados a una antigua torre de vigilancia hasta su conversión en castillo militar, prisión y, finalmente, espacio patrimonial abierto a la ciudad. Junto a este centro suele haber una sala destinada a exposiciones temporales, que complementa el recorrido con propuestas relacionadas con la memoria histórica, la ciudad o el propio recinto. Más que aportar grandes cantidades de información, estos espacios ayudan a contextualizar lo que se ve durante la visita al castillo.

Desde el patio de armas merece la pena subir a la terraza que rodea la parte superior del edificio. Es el punto más elevado accesible al público y probablemente el lugar donde el visitante pasa más tiempo. Desde aquí se obtienen amplias panorámicas de Barcelona, del puerto, del litoral, de las montañas que cierran el horizonte y del mismo castillo. La posición estratégica de Montjuïc se hace evidente: quien controlaba esta altura dominaba visualmente una enorme extensión de territorio.

Mirando hacia el acantilado que desciende hasta la terminal de contenedores del puerto se localiza el asentamiento prehistórico más antiguo conocido de la ciudad, en el que existió una explotación de jaspes y ópalos destinada a la fabricación de herramientas, armas y objetos artesanales durante el periodo epipaleolítico, entre los años 10.000 y 5.500 a. C. Desde estas terrazas también se observan claramente el Port Vell y el distrito de Ciutat Vella, donde los romanos fundaron el núcleo originario de la actual Barcelona. Durante la época romana aumentó notablemente la presencia humana en Montjuïc, favorecida por la explotación de las canteras situadas en la vertiente de la Marina del Port y por la existencia de villas dedicadas a actividades agrícolas.

La propia montaña nos conduce al origen de su nombre: el documento más antiguo en el que aparece la denominación actual data del año 879, donde se menciona como Mons Judeiqus, es decir, “monte judaico”. Aunque en el pasado se propuso una relación con Mons Iovis o “montaña de Júpiter”, los estudios filológicos han descartado esta hipótesis. La explicación más aceptada vincula el nombre con el antiguo cementerio utilizado por la comunidad judía de Barcelona.

Sin embargo, la relación de los habitantes de la ciudad con Montjuïc fue mucho más amplia. Durante la Edad Media, el paisaje de la montaña estaba marcado por una intensa actividad agrícola y ganadera, muy distinta de la imagen actual dominada por parques y jardines. Al mismo tiempo, la extracción de piedra continuó desempeñando un papel fundamental. Numerosos edificios emblemáticos de Barcelona, como Sant Pau del Camp, Santa Maria del Pi, la Catedral, Ca l’Ardiaca, el Saló del Tinell, la Llotja de Mar, Santa Maria del Mar o el Hospital de la Santa Creu, fueron construidos con piedra arenisca procedente de las canteras de Montjuïc.

Otro aspecto importante de la conexión entre la población y la montaña eran las peregrinaciones a las ermitas distribuidas por sus laderas. Estas visitas combinaban la devoción religiosa con momentos de convivencia y esparcimiento. En total existieron cinco capillas, la más antigua de las cuales fue la de Sant Julià, levantada en el siglo XI. Le siguió la de Sant Fruitós. Más tarde, en el siglo XVI, se construyó la de Santa Madrona, segunda patrona de Barcelona, situada junto al actual museo Nacional de Arte de Cataluña y única que ha llegado hasta nuestros días. También se encontraba la capilla de Sant Bertran, que dio nombre a las huertas ubicadas entre las atarazanas, la montaña y el mar. Finalmente, la capilla de Sant Ferriol se levantaba cerca de las antiguas canteras situadas bajo el actual Estadio Olímpico Lluís Companys.

En uno de los extremos de esta terraza destaca la torre de vigía, cuya presencia se explica por su origen histórico, ya que está vinculada a una antigua atalaya situada en la cima de la montaña y documentada desde el año 1073. Aquella primera estructura servía para avisar de la llegada de embarcaciones mediante señales visuales: velas durante el día y hogueras por la noche. Con el paso del tiempo fue modificada en varias ocasiones hasta que, en la década de 1770, el ingeniero militar Juan Martín Cermeño la integró en el diseño de la nueva fortaleza de Montjuïc. Debido a su orientación, la torre no permitía calcular correctamente la hora solar, por lo que se instalaron dos relojes solares: uno orientado al este para indicar las horas de la mañana y otro al oeste para las de la tarde.

Además de su función defensiva, la torre tuvo una destacada relevancia científica. Entre 1792 y 1793, el astrónomo francés Pierre Méchain la utilizó para determinar las coordenadas geográficas de Barcelona y establecer un punto geodésico esencial en la medición del arco del meridiano que conectaba Barcelona, París y Dunkerque. Los resultados de estos cálculos fueron fundamentales para fijar la longitud del metro y sentar las bases del sistema métrico decimal.

Ya en el siglo XIX, la torre recuperó su papel como centro de vigilancia y comunicación. En 1848 se instaló en ella un sistema de telegrafía óptica militar que permitía transmitir mensajes a otros enclaves defensivos de la ciudad. Gracias a los mástiles verticales y travesaños situados en la parte superior de la torre, aún visibles en la actualidad, las señales podían enviarse a fortificaciones como las Drassanes, la Ciutadella y la Capitanía General.

La salida por la parte posterior del castillo permite descubrir una faceta diferente del complejo, quizá menos conocida pero especialmente interesante para quien disfruta observando la arquitectura defensiva. Aquí, a nuestra izquierda nace la muralla de Marina que conecta el baluarte de Sant Carles con el semibaluarte situado junto al hornabeque. Este extenso muro, de unos 155 metros de longitud, rodea parte del primer recinto del Castillo y se alza sobre un nivel inferior al terraplén. Su función era proteger la fortaleza de posibles ataques procedentes del mar, como ocurrió en 1706, cuando la flota de Felipe V bombardeó Montjuïc mientras intentaba recuperar Barcelona.

En esta zona podemos ver piezas de artillería que aún se conservan, como en distintos puntos del castillo, especialmente en las plataformas de acceso y en las proximidades del baluarte de Sant Carles, las cuales son un testimonio de las etapas más duras de la fortaleza en su relación con la ciudad. Entre 1937 y 1938 se instalaron baterías que, aunque fueron concebidas como defensa antiaérea, como ocurrió durante los intensos ataques de la aviación fascista italiana entre los años 1938 y 1938, también sirvieron para realizar salvas de honor. Así durante la Guerra Civil Española se colocaron cuatro cañones Vickers 152,4/50, modelo 1923, que se conservan en la actualidad en los mismos emplazamientos donde estuvieron operativas como testimonio histórico.

Desde aquí ya vemos el lado sur de la fortaleza, formado por una gran estructura defensiva conocida como hornabeque. Durante las reformas llevadas a cabo por Cermeño se mantuvo el baluarte de Velasco, construido entre 1696 y 1697, mientras que el baluarte de la Llengua de Serp fue objeto de algunas modificaciones. Entre los cambios más destacados se incorporó una nueva estructura defensiva conocida como luneta, diseñada para aumentar la protección del baluarte. Tanto la luneta orientada hacia el mar como la situada en tierra firme funcionaban como pequeños baluartes independientes, emplazados por delante de la línea principal de murallas para reforzar la defensa del conjunto.

En el interior de la fortificación también se introdujeron elementos innovadores, destacando especialmente la construcción del hornabeque y de un revellín. El hornabeque se localiza frente al acceso principal, ocupando la zona central del recinto, diseñada para reforzar la defensa de la zona más vulnerable de la fortaleza. Esta obra defensiva estaba compuesta por dos medios baluartes, es decir estructuras con forma de medio pentágono, enlazados mediante un tramo de muralla o cortina. Gracias a esta construcción, los posibles atacantes se veían obligados a mantener una mayor distancia, dificultando así cualquier intento de asalto directo. Si las tropas enemigas lograban superar las defensas de la plataforma inferior, el hornabeque seguía actuando como una barrera clave para proteger el recinto principal.

Su configuración permitía a los defensores vigilar y disparar en distintas direcciones, aumentando considerablemente su capacidad de respuesta ante cualquier avance. En la zona central de esta fortificación se abría una gran puerta que comunicaba con el foso de Santa Eulàlia. Desde allí se podía acceder al revellín, una fortificación avanzada de planta triangular que se separaba del cuerpo principal mediante un foso. Su altura era inferior a la del hornabeque para no limitar la capacidad de fuego de las defensas, contribuyendo así a mejorar la eficacia estratégica del sistema fortificado. Observándolo desde distintos ángulos se aprecia cómo cada línea y cada pendiente respondían a criterios estrictamente militares, pensados para multiplicar la capacidad defensiva de la fortaleza.

Junto al revellín se extiende el foso de Santa Elena, uno de los elementos más característicos de este sector del castillo. Hoy su aspecto resulta tranquilo, pero durante siglos fue una barrera fundamental dentro del sistema defensivo. Recorrer sus alrededores permite comprender mejor la complejidad de la fortificación diseñada por los ingenieros del siglo XVIII. La visita termina aquí, entre taludes, murallas y caminos que descienden suavemente por la montaña. Es un buen lugar para echar una última mirada al conjunto y entender que el Castillo de Montjuïc no fue concebido únicamente para albergar soldados, sino para controlar, observar y defender la ciudad desde una posición privilegiada.

Para más información sobre horarios, precios, actividades, etc., acude a la web del Castell de Montjuïc o visita la página de turismo oficial de Turisme de Barcelona, donde encontrarás toda la información que necesites de éste y otros monumentos y sitios de interés de la ciudad:

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