Aunque hoy la plaza tenga un animado ambiente, debido sobre todo a que en sus alrededores abundan diferentes locales de hotelería, como restaurantes, cafeterías y hoteles, hace unos siglos atrás, aquí tuvo lugar una guerra. Y es que el nombre de esta plaza significa “batalla”, ya que, según la tradición, este fue el escenario de un combate en el siglo X entre cristianos y los sarracenos (musulmanes) de Al-Mansur Ibn Abi Aamir, con la consiguiente derrota y destrucción de la ciudad de Oporto. En un principio, en el ángulo suroeste se levantaba un tramo de la muralla Fernandina, junto a la cual se encontraba la Capilla de Nossa Senhora da Batalha. En el siglo XVIII la zona sufrió importantes transformaciones, siendo derribada la muralla. Entre finales del siglo XIX y principios del XX la zona fue urbanizada.
En aquel momento, la plaza se convirtió en un importante centro cultural de la ciudad, al inaugurarse en el año 1899 el antiguo Cine Águia d'Ouro y la apertura, en 1908, del High Life Hall, que después se convertiría a partir de 1947, tras la remodelación del arquitecto Artur Andrade, en el cine Batalha, un ejemplo del art déco portugués. De igual manera, en el 1866 se inauguró en el centro de la plaza el monumento a Pedro V de Portugal, esculpida por Teixeira Lopes (padre). Durante aquella época la zona tenía una bulliciosa actividad, incluido tráfico rodado, pero desde la década de 1980, la mayor parte de la zona ha sido peatonizada.
Justo al lado de la estatua, y a la derecha del antiguo cine Batalha, se levanta el Antigo Palácio da Batalha, notable ejemplo de palacio urbano de finales del siglo XVIII, mandado construir por José Anastácio da Silva da Fonseca, caballero de la Casa Real y uno de los más ricos de la ciudad por aquel entonces. La Casa dos Guedes, como se la conocía en aquella época, cuenta con una fachada principal que mezcla los estilos barroco y neoclásico, y en la que se encuentra el escudo de armas de sus antiguos propietarios: las familias Silvas, Guedes, Melos y Pereiras. En 1832, durante la Guerra Civil, el edificio fue abandonado por aquellos, tras lo cual albergó diversas funciones, incluyendo la de un hospital improvisado. Tras la guerra el edificio fue devuelto a la familia, pero de nuevo lo abandonaron, convirtiéndose en un edificio gubernamental. En el siglo XIX el interior del palacio había sido despojado de su decoración original, funcionando hoy en día como un hotel de una conocida cadena.
Otro de los edificios clave de la plaza es el teatro Nacional de São João, cuyo origen hay que buscarlo en 1798, cuando se fundó aquí, según proyecto del arquitecto italiano Vincenzo Mazzoneschi, el teatro Real de São João, denominado así por el entonces Príncipe Regente y futuro João VI. Se trata del primer edificio construido en Oporto, cuyo fin era la de albergar exclusivamente espectáculos y que, tras muchas vicisitudes, acabó vinculándose al mundo de la ópera italiana.
En abril de 1908 aquel edificio fue dañado por un incendio, por lo que la nueva edificación, que abrió sus puertas en 1911 con el nombre de teatro Sá da Bandeira, se levantó en estilo renacentista francés, inspirado en el Louvre y la Ópera de París, según proyecto de José Marques da Silva, el considerado último arquitecto clásico y el primer arquitecto moderno de Oporto. En la actualidad, y tras el año 1992, se le cambió el nombre por el de teatro Nacional de São João, celebrándose en él los eventos y espectáculos culturales más importantes de la ciudad. Si estás interesado en visitar su interior (aparte de asistiendo a un espectáculo), puedes hacerlo previo pago, de martes a sábado a las 12,30 h.
Hacia el noreste, se encuentra otro de los templos que hay que ver en Oporto: la iglesia de san Ildefonso. Fue construida en estilo barroco en dos fases: en el año 1709 cuando sólo se levantó el cuerpo y en el año 1730 cuando se añadieron las dos torres campanarios. Su decoración exterior consta de alrededor once mil azulejos blancos y azules, creados en 1932 por el artista Jorge Colaço, quien representó en ellos escenas de la vida de san Ildefonso y escenas del Evangelio.
Si tienes hambre, desde aquí, y siguiendo la Rua de Santo Ildefonso, puedes encontrar dos de los locales más típicos de Oporto: Café Santiago (famoso por sus francesinhas) y Casa Guedes Tradicional (típico lugar de bocadillos). De igual manera, si quieres algo más chic, hacia el norte, en la Rua Santa Catalina, se sitúa el famoso (y muy caro) Café Majestic. Tras comer algo, volvemos sobre nuestros pasos para ir a la cercana estación de tren de São Bento, lugar a donde llegan o se van los turistas que se mueven con este medio de transporte.
Aunque la línea ferroviaria llegó a Oporto en 1869, la ciudad no contaba con una estación. Ante tal necesidad se eligió construirlo en el mismo lugar donde antaño se levantaba el convento de São Bento de Ave-Maria, el cual fue demolido completamente tras el decreto de 1834 que abolió todas las ordenes religiosas del país. Aquella ley exigía que los monasterios masculinos se extinguieron de manera inmediata, mientras que los femeninos lo harían cuando muriera la última monja residente, que fue el caso de aquel convento.
Al principio comenzó a funcionar una estación provisional en el año 1896. El nuevo edificio, que cuenta con una fachada monumental, fue diseñado por el arquitecto José Marques da Silva, quien se había formado en Oporto y París. Tras vencerse algunos imprevisto y cambios en el proyecto, finalmente el rey de Portugal Carlos I colocó la primera piedra en el 1900, iniciándose definitivamente las obras de la actual estación. Los trabajos terminaron en el 1916, año en que fue inaugurado y momento en que el arquitecto cayó en la cuenta que había olvidado añadir a la construcción una sala de espera para pasajeros y una taquilla.
Si el edificio destaca por su arquitectura de fuerte influencia francesa del siglo XIX, su interior destaca por la decoración de su atrio (donde se encontraba el claustro del desaparecido convento) decorado con más de veinte mil azulejos que cubren sus paredes, ocupando aproximadamente unos 551 m² de superficie. Las losas fueron pintadas entre 1905 y 1908 por Jorge Colaço y en ellas representó diferentes medios de transporte en un friso colorido que recorre toda la estación y finaliza, precisamente, con la aparición del ferrocarril. De igual manera se representaron diversos mitos y escenas de la historia de Portugal, del trabajo rural (como la vendimia en el Duero, el trabajo en un molino de agua y el transporte del vino de Oporto en un barco rabelo) y de costumbres etnográficas (como la procesión de Nuestra Señora de los Remedios en Lamego, y la romería de san Torcato en Guimarães).
Entre ellas destacamos: en el lado derecho, la entrada de João I a la ciudad para celebrar su matrimonio con Filipa de Lencastre en la Catedral de Oporto en el año 1387 (la única boda real que tuvo lugar en la ciudad), mientras que, en el lado izquierdo, se puede ver el Torneo de Arcos de Valdevez y la presentación de Egas Moniz con su esposa e hijos visitando al rey de León, ambos acontecimientos históricos ocurrieron en el siglo XII.
Estamos pues ante una de las estaciones más bellas del mundo, como así lo han considerado revistas especializadas en viajes. A ello hay que añadir que, en el año 2014, el proyecto de restauración de los paneles de azulejos recibió el Premio Brunel, uno de los más prestigiosos en el ámbito de la arquitectura ferroviaria.
Aparte, y como guinda final para este monumento, debemos mencionar que, esencialmente, desde aquí se puede tomar un tren urbano de Oporto, entre las que están incluidas la línea de Aveiro y la del Minho, con destino a Braga y Guimarães, además de la línea del Duero que une la ciudad con Pocinho y hace parada en algunos de los pueblos situados a lo largo de las pintorescas orillas del río. Quizás por eso, en el techo vemos en relieve los nombres de los dos ríos mas importantes de la región: el Douro (Duero) y el Minho (Miño).
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