A mediados del siglo XIX, el espacio que hoy ocupan los edificios de Hoher Markt 10-11 y 12 estaba formado por varias construcciones, entre ellas el Galvagnihof, un inmueble de cinco plantas que había tomado su nombre del comerciante Pietro di Galvagni. La compañía de seguros Der Anker (actualmente Helvetia Insurance) adquirió esta propiedad en 1861 y, ocho años después, trasladó allí su administración central. El desarrollo de la empresa acabó haciendo insuficientes las instalaciones existentes, por lo que en 1911 se planteó la construcción de una nueva sede representativa, para la que se compraron progresivamente los inmuebles colindantes.
La reorganización de las calles de esta zona obligó, además, a dejar un paso abierto entre los edificios, creando la separación que todavía hoy caracteriza este tramo de la plaza. Para mantener la unidad visual del conjunto se decidió enlazar ambas construcciones mediante un elemento arquitectónico elevado. Pero la solución ideada iba mucho más allá de una simple pasarela: a comienzos del siglo XX era habitual incorporar elementos artísticos a los edificios, y los responsables del proyecto querían que la nueva sede contara con una creación singular, capaz de evocar la importancia histórica de Viena y, al mismo tiempo, transmitir una reflexión sobre el paso del tiempo y la fugacidad de la existencia.
El encargo recayó en Franz von Matsch (1861-1942), un reconocido pintor y escultor vienés. Inspirándose en la historia del propio lugar, relacionado tanto con el antiguo campamento romano de Vindobona como con uno de los primeros relojes mecánicos de la ciudad, el artista concibió un gran reloj ornamental. Así surgió la Ankeruhr, una obra que transformó el espacio entre los edificios en una composición artística en movimiento. El nuevo edificio y el reloj quedaron terminados en el verano de 1914. Sin embargo, la inauguración oficial nunca llegó a celebrarse: la incorporación de la compañía a su nueva sede, prevista para el 29 de junio de aquel año, quedó ensombrecida por el asesinato del archiduque Francisco Fernando y su esposa, ocurrido el día anterior en Sarajevo, un acontecimiento que desencadenaría la Primera Guerra Mundial.
La historia del conjunto tampoco terminó ahí. En abril de 1945, durante los últimos días de la Segunda Guerra Mundial en Viena, el edificio sufrió un incendio que lo destruyó por completo. Años después, con motivo del centenario de la compañía Anker, el reloj fue restaurado y volvió a funcionar en 1958. En 2005 se acometió una nueva restauración integral bajo la supervisión de las autoridades austríacas de protección del patrimonio, reconociéndose su especial valor histórico, artístico y cultural. En 2014, su centenario se celebró con diversos actos que acercaron sus figuras al público.
El reloj, una de las creaciones más singulares del modernismo vienés, combina pues arquitectura, escultura y relojería. Una de sus particulares es que sus sesenta minutos no se distribuyen en una esfera circular, como ocurre habitualmente, sino a lo largo de una escala horizontal situada bajo un motivo decorativo en forma de sol. Esta línea está dividida en doce tramos, cada uno equivalente a cinco minutos, mientras que las cifras señalan los cuartos de hora. Sobre el minutero también destaca un gran disco solar, a cuyos lados aparecen dos grupos simbólicos: un niño con una mariposa, que representa la vida, y una figura de la muerte con un reloj de arena, que recuerda el paso inevitable del tiempo.
Sobre la cabeza de cada personaje aparece una cifra romana dorada, adornada con alas. Las figuras recorren lentamente el trayecto de el cero a los sesenta minutos y, al completarse cada hora, un sonido grave anuncia el cambio. Las doce figuras del reloj Anker forman una representación de la historia de Viena a través de algunos de sus personajes más destacados. Su selección reunió emperadores, gobernantes, arquitectos, militares y músicos de distintas épocas. Cada día, a las doce del mediodía, todos desfilan ante el público acompañados por piezas musicales relacionadas con su tiempo, siguiendo el orden cronológico de la historia.
El recorrido comienza con la hora I con el emperador romano Marco Aurelio, que escribió parte de sus reflexiones filosóficas durante su estancia en Vindobona, el asentamiento romano que dio origen a Viena. Le sigue, en la hora II, Carlomagno, vinculado a los primeros pasos de la formación histórica de Austria, y la pareja formada por el duque Leopoldo VI de Babenberg y la princesa Teodora de Bizancio, bajo cuyo mandato Viena obtuvo el derecho de ciudad en 1221, en la hora III. También aparece en la hora IV el trovador Walther von der Vogelweide, representante de la poesía cortesana medieval, y en la hora V Rodolfo de Habsburgo, fundador de la dinastía que gobernaría Austria durante siglos.
La arquitectura y la defensa de la ciudad están representadas en la hora VI por Hans Puchsbaum, maestro de obras relacionado con la catedral de san Esteban; mientras que en la hora VII encontramos a Maximiliano I, protector de las artes y la música. En la hora VIII se encuentra Johann Andreas von Liebenberg, alcalde durante la epidemia de peste de 1679, y en la hora IX el conde Ernst Rüdiger von Starhemberg, protagonista de la defensa de Viena frente al asedio otomano de 1683.
A ellos se suman, en la hora X, el príncipe Eugenio de Saboya, célebre militar y promotor del palacio del Belvedere. El desfile concluye con María Teresa y Francisco I de Lorena (hora XI), representantes de la monarquía reformista del siglo XVIII, y la hora XII el compositor Joseph Haydn, una de las grandes figuras del clasicismo musical vienés. Las melodías que acompañan a cada personaje, desde canciones medievales hasta composiciones clásicas, completan este singular recorrido por el pasado de la ciudad.
Por su parte, el puente ornamental en el que se encuentra el reloj mide unos diez metros de longitud y cuenta con unos siete metros y medio de altura. La estructura está sostenida por cuatro ménsulas con figuras: Adán y Eva en la parte delantera, y un ángel y un demonio en la trasera.
Detrás del gran hueco circular del reloj se encuentra un mosaico de unos dieciséis metros cuadrados, elaborado con vidrio, metal y mármol. En su centro figura el antiguo emblema de la ciudadanía vienesa, con dos águilas bicéfalas y dos cruces blancas sobre fondo rojo. A su alrededor se distribuyen doce escudos que aluden a diferentes ámbitos de la vida de la ciudad, desde la ciencia, las artes y la música hasta el comercio, los oficios y la gastronomía. De este modo, el reloj no solo marca las horas, sino que también rinde homenaje a la cultura y las tradiciones de Viena.
En la parte superior del reloj se había instalado una sala para un órgano, situada detrás del sonriente disco solar. Durante el periodo de entreguerras, el instrumento contaba con cerca de mil tubos y ofrecía una sonoridad propia de un órgano completo. Los daños sufridos durante la guerra obligaron a modificar el sistema musical y, tras la recuperación del funcionamiento del reloj, la música pasó a reproducirse mediante un mecanismo de sonido. La versión actual de las doce piezas se preparó en 1978 a partir de las partituras históricas, con la participación del músico y organista Hans Haselböck.
La parte trasera del conjunto también merece atención. Allí se encuentra otra gran esfera con agujas, iluminada durante la noche, cuyo aspecto contrasta con el mecanismo horizontal de la fachada principal. Cuatro esculturas de niños sostienen la cornisa superior y, por encima de la esfera, destaca un ancla dorada, antiguo emblema de la compañía aseguradora Der Anker. A ambos lados aparecen dos halcones que simbolizan la vigilancia y la atención.
Aprovechando que nos encontramos aquí, no nos podemos ir sin visitar una de las plazas históricas de Viena, el Hoher Markt que ocupa un espacio estrechamente ligado a los orígenes romanos de la ciudad. En el cercano museo Romano (Römermuseum) pueden visitarse los restos arqueológicos romanos, que permiten conocer parte de las construcciones de la antigua Vindobona de entre los siglos I al III descubiertas durante las excavaciones. Muy cerca, en Tuchlauben, se conservan además los frescos de Neidhart, un conjunto pictórico del siglo XV considerado uno de los ejemplos más antiguos de pintura mural profana de Viena.
En el centro de la plaza destaca la Vermählungsbrunnen o fuente del Matrimonio, construida entre 1729 y 1732 a modo de baldaquino sobre cuatro columnas. Este monumento barroco tiene su origen en una promesa del emperador Leopoldo I, quien se comprometió a levantar una obra en honor de san José si su hijo regresaba sano y salvo de una campaña militar durante la Guerra de Sucesión Española.
La primera versión, construida en madera en 1707, fue sustituida décadas después por la actual estructura de mármol y bronce, impulsada por el emperador Carlos VI. El conjunto está presidido por una representación del matrimonio de san José con la Virgen María, rodeada por una composición de columnas que le confiere una notable verticalidad. A ambos lados se encuentran pequeñas fuentes que completan el monumento. Aunque su nombre hace referencia a una boda, su función original era la de una columna votiva, erigida como expresión de agradecimiento religioso.
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