BARCELONA

PLANTA 3 DEL MUSEO DEL DISEÑO DE BARCELONA: 500 AÑOS DE MODA, BELLEZA Y TRANSFORMACIÓN DEL CUERPO


La exposición “El cuerpo vestido. Siluetas y moda (1550–2015)” explora cómo la indumentaria ha transformado la apariencia humana desde el siglo XVI hasta la actualidad. A través de la moda, muestra cómo la ropa ha reflejado los valores, las normas sociales y los ideales de belleza de cada época. Desde tiempos remotos, las personas han modificado su imagen mediante peinados, adornos, tatuajes y, especialmente, a través de la vestimenta. La moda, cambiante según cada época, ha impuesto distintos modelos de belleza y ha alterado las proporciones corporales, creando siluetas que en ocasiones se alejan de la forma natural del cuerpo.

La muestra explica este proceso a través de diferentes estrategias utilizadas por la indumentaria para transformar la figura. Algunas prendas aportan volumen, separando la tela del cuerpo mediante estructuras internas o tejidos rígidos, como los guardainfantes, las enaguas, los miriñaques, los polisones, así como capas y chales que amplían la silueta. Otras buscan reducir determinadas zonas, especialmente la cintura y el torso, mediante corsés, jubones, cinturones o sujetadores. También existen elementos destinados a alargar visualmente la figura, como los zapatos de tacón, las plataformas, los grandes peinados, los sombreros o los vestidos con largas colas.

En contraste, algunas prendas simplemente siguen el contorno natural del cuerpo, destacando la silueta sin alterarla gracias al uso de tejidos elásticos presentes en medias, guantes, bodies o prendas de punto. De igual manera, la exposición analiza cómo la moda ha utilizado el recurso de mostrar parcialmente el cuerpo, dejando al descubierto brazos, piernas o parte de la piel mediante transparencias, escotes y diseños más ligeros. En conjunto, el recorrido permite comprender cómo la indumentaria ha moldeado la imagen corporal y la forma en que las personas se relacionan con su entorno y con los demás.

En una superficie de 650 metros cuadrados se exponen alrededor de 170 piezas repartidas en diferentes ámbitos cronológicos, desde el año 1550 hasta el 2014. Así, el primer ámbito se titula ”1550 y 1789. El caballero y el cortesano. El vestido comprime el cuerpo”: en este periodo la indumentaria desempeñó un papel fundamental en la construcción de la imagen personal y social. Durante el Renacimiento, los avances en el corte y la confección permitieron crear prendas que se ajustaban mejor a la anatomía, aunque la silueta seguía moldeándose mediante estructuras internas destinadas a ensanchar, estrechar o realzar determinadas partes del cuerpo.

La forma de vestir diferenciaba claramente a hombres y mujeres. Ellas lucían vestidos largos con amplias faldas, mientras que ellos llevaban prendas más cortas que dejaban visibles las piernas. La vestimenta se convirtió en un medio para exhibir riqueza y prestigio a través de tejidos lujosos, encajes, bordados y numerosos adornos. Durante los siglos XVI y XVII, las cortes europeas adoptaron la influencia de la moda española, caracterizada por el predominio del color negro, las líneas rígidas y una apariencia solemne. Más adelante, en el siglo XVIII, la referencia pasó a ser Francia, donde triunfó una moda mucho más refinada, ornamentada y pensada para crear una imagen elegante y espectacular.

La siguiente etapa de la exposición es “1789–1825. Vestido y Revolución. El cuerpo se libera”. Aquí se muestra cómo los profundos cambios políticos y sociales surgidos tras la Revolución Francesa también transformaron la manera de vestir. Napoleón suprimió por decreto muchas de las prendas asociadas a la nobleza y al Antiguo Régimen, como los corsés, los miriñaques, los calzones o los zapatos de tacón. La indumentaria adoptó entonces formas mucho más sencillas y funcionales que, inspiradas en los ideales de la Antigüedad clásica, buscaron líneas limpias y rectas. En la moda femenina destacó el llamado vestido camisa, una prenda ligera y de corte fluido en la que la cintura se situaba justo bajo el busto, creando una apariencia más natural y menos rígida que la de épocas anteriores.

El siguiente ámbito es “1825–1845. Damas etéreas. El vestido hincha el cuerpo”: durante el Romanticismo, la moda miró hacia el pasado y encontró inspiración en la estética del gótico y del Renacimiento. La indumentaria femenina se caracterizó por vestidos de amplias formas y volúmenes que, junto con el uso de zapatos bajos y el ideal de una tez muy clara, creaban una imagen ligera y delicada, casi etérea. En contraste, la vestimenta masculina adoptó el práctico traje de tres piezas, una prenda cómoda y sobria que solía completarse con capas o abrigos para el exterior, apostando por una silueta recta y elegante, con hombros suavemente inclinados.

A continuación encontramos “1845–1868. Los burgueses engalanados. Exageración de los volúmenes”. Entre esos años la revolución industrial transformó la fabricación de tejidos y provocó importantes cambios en la forma de vestir. La burguesía se convirtió en el principal referente de la moda y, buscando reflejar su creciente poder económico, recuperó elementos inspirados en la elegancia aristocrática del siglo XVIII. La indumentaria femenina se caracterizó por vestidos muy ornamentados, con el torso ceñido, la cintura estrecha y unas faldas cada vez más amplias. El volumen llegó a ser tan exagerado que dificultó acciones cotidianas como sentarse o atravesar una puerta. Frente a esta ostentación, la moda masculina apostó por una apariencia más discreta y uniforme, basada en el tradicional traje de tres piezas: pantalón, chaleco y levita o chaqueta.

Le sigue el ámbito “1868–1888. La época del polisón. Lo importante está detrás”. En aquel momento la industrialización transformó también el mundo de la moda, favoreciendo la fabricación en serie de prendas y accesorios. Este nuevo sistema de producción comenzó con la ropa interior y los complementos y, poco a poco, se extendió a los vestidos, que empezaron a venderse en los grandes almacenes. La silueta femenina adquirió una forma muy característica: vista de perfil recuerda a un ángulo, mientras que por delante parece más plana y concentra el volumen en la parte posterior.

En estos años apareció el llamado “vestido tapicero”, una prenda recargada y de gran peso que tomó como referencia los cortinajes y las telas decorativas de los interiores burgueses. Los vestidos de noche, además, incorporaron largas colas que aumentaron todavía más la sensación de una figura alargada. La vestimenta masculina, en cambio, permaneció prácticamente sin cambios. El traje de tres piezas y el abrigo siguieron siendo las prendas habituales, mientras que para las ocasiones más formales se recurrió al frac o al chaqué.

En el ámbito “1888–1910. Bellas en forma de ‘S’. El vestido deforma el cuerpo” el Modernismo transformó la moda siguiendo el gusto por las formas curvas y los motivos inspirados en la naturaleza. Esta influencia se reflejó especialmente en la silueta femenina, que estaba marcada por el uso del corsé. El cuerpo adoptó una característica forma de “S”, con el pecho proyectado hacia delante, la cintura muy estrecha, el abdomen plano y las caderas desplazadas hacia atrás, creando una figura sinuosa conocida como “coup de fouet”.

A partir de 1900, esta imagen comenzó a estilizarse. La figura se volvió más alargada y las faldas adquirieron una apariencia más ligera y acampanada, evocando la forma de una flor. En el caso de los hombres, se generalizó finalmente el traje de tres piezas, compuesto por chaqueta, pantalón y chaleco, acompañado habitualmente por el bombín. Para las ocasiones más formales, como ceremonias o actos nocturnos, se recurría a prendas como la levita, el frac, el esmoquin o el chaqué, normalmente combinadas con sombrero de copa.

Llegamos ya al ámbito “1910–1930. El vestido muestra el cuerpo. ¡Fuera corsés!”. Este período la Primera Guerra Mundial supuso una ruptura con el siglo XIX, dando paso a una nueva etapa de modernidad. La incorporación de muchas mujeres al mundo laboral transformó su forma de vida, lo que también se reflejó en la manera de vestir. La moda abandonó progresivamente las siluetas más curvas y apostó por una figura femenina alargada y delgada, con el pecho y las caderas menos destacados y la cintura situada más abajo. El resultado fue una imagen más recta y de apariencia andrógina. Los vestidos se hicieron más prácticos y se adaptaron a nuevas actividades, como el deporte, la vida al aire libre y el baile. Al mismo tiempo, la moda masculina también buscó una silueta más estrecha, ligera y estilizada.

Ahora es el turno del ámbito “1930–1960. La alta costura. La silueta artificial”: durante los años de la Guerra Civil y la II Guerra Mundial, la moda reflejó el ambiente de incertidumbre, las dificultades económicas y el conservadurismo que predominaron en Europa. En los años cuarenta, los vestidos perdieron la fluidez característica de la década anterior y adoptaron un estilo más sencillo y austero, muy influido por la estética de los uniformes militares.

Con el paso del tiempo, la moda volvió a destacar las formas femeninas y recuperó la silueta de reloj de arena. Durante el día predominaron los vestidos cortos y prácticos, mientras que para las ocasiones especiales reaparecieron los vestidos largos. En los años cincuenta, la ropa interior contribuyó a marcar todavía más el pecho y las caderas. Los hombres, por su parte, mantuvieron una imagen más clásica, basada en el traje de tres piezas y el sombrero.

La alta costura, con París como principal centro de referencia, se conviertió en el modelo de moda que influye internacionalmente. Los grandes diseñadores presentaron sus creaciones en desfiles y elaboraron las prendas artesanalmente y a medida para un reducido grupo de clientas. En 1947, Christian Dior introduce el conocido New Look, una propuesta que volvió a enfatizar la feminidad mediante cinturas muy marcadas, faldas amplias y el regreso de elementos como el corsé y las enaguas, recuperando así una silueta inspirada en épocas anteriores.

Le toca el turno al ámbito “1960–1990. Prêt-à-porter. El cuerpo se muestra”. Entre los años sesenta y noventa, la moda vivió una profunda transformación relacionada con los cambios sociales y culturales de la época. Los jóvenes adquirieron un papel protagonista y empezaron a cuestionar las normas y los ideales de belleza tradicionales, dando paso a una forma de vestir mucho más libre, atrevida y diversa. La idea de una única silueta dejó de tener sentido y aparecieron múltiples maneras de entender la imagen personal. La moda unisex ganó fuerza con prendas como túnicas, vestidos y pantalones, tanto cortos como largos, que incorporaron colores intensos y diseños llamativos.

Durante los años ochenta, esta tendencia hacia la expresividad se acentúa con volúmenes exagerados, formas más marcadas y tejidos de aspecto brillante. Al mismo tiempo, el prêt-à-porter se consolidó, permitiendo que las propuestas de los grandes modistas llegaran a un público mucho más amplio. Las colecciones comenzaron a adaptarse a una sociedad que estaba cambiando rápidamente y que buscaba en la ropa nuevas formas de expresar su identidad y su manera de vivir.

El último ámbito es “1990–2014. Diseñadores versus globalización. El vestido perfila, envuelve o muestra el cuerpo”. A partir de los años noventa, la moda comenzó a entender el cuerpo de una manera cada vez más libre y personal. Piercings, tatuajes y otras formas de modificar la apariencia dejaron de ser prácticas marginales y pasaron a incorporarse progresivamente a la sociedad y a la estética cotidiana. Entre los jóvenes adquirió especial importancia el streetwear, que introdujo nuevas formas de vestir, rompiendo con los cánones de belleza tradicionales. La ropa de calle se convirtió en una fuente de inspiración y, con la llegada de las redes sociales, las imágenes y tendencias surgidas en el entorno urbano se difundieron rápidamente por todo el mundo.

Paralelamente, el minimalismo de los años noventa apostó por diseños sencillos, predominio del negro y una búsqueda constante de las formas más limpias y esenciales. También cambió la manera de crear y comercializar la moda. Muchos diseñadores comenzaron a trabajar con colecciones más reducidas que vendían en sus propios establecimientos o a través de tiendas multimarca. Al mismo tiempo, la expansión de la moda de consumo permitió encontrar prendas similares en numerosos países, haciendo que las tendencias sean cada vez más globales. Por último, la incorporación de nuevos tejidos, materiales experimentales y tecnologías avanzadas transformó la relación entre el cuerpo y la vestimenta. La moda dejó de limitarse a la apariencia y empezó a explorar nuevas posibilidades en las que diseño, innovación y tecnología se combinaban.

La exposición termina con la sección “Estructuras interiores. Elementos ocultos en el interior del vestido que ayudan a crear siluetas y volúmenes”: a lo largo de la historia de la moda, distintas estructuras interiores han servido para modificar la silueta del cuerpo y adaptarla a los ideales de belleza de cada época. El corsé era una prenda rígida destinada a ajustar el torso y marcar especialmente la cintura y el pecho. Se elaboraba con tejidos como seda, algodón o lino y se reforzaba con varillas de distintos materiales, desde madera o caña hasta hierro y acero.

Su función era comprimir y, al mismo tiempo, transformar la posición del cuerpo, elevando el pecho y desplazando las caderas. Por eso, además de considerarse un elemento de belleza y elegancia, también fue visto como una prenda incómoda y restrictiva. El miriñaque apareció para dar volumen a las faldas sin necesidad de utilizar tantas capas de tela. Consistía en una estructura de aros colocados alrededor del cuerpo y sujetos a la cintura, que creaban una forma amplia y redondeada. De esta manera, la falda quedaba separada del cuerpo y adquiría una silueta mucho más espectacular.

Más adelante, el polisón sustituyó en buena medida al miriñaque. Su diseño concentraba el volumen en la parte posterior, mientras mantenía el vientre más plano. Podía estar formado por arcos y varillas metálicas o por estructuras acolchadas que se sujetaban alrededor de la cintura, dando al cuerpo una marcada proyección hacia atrás. A comienzos del siglo XX, con la progresiva desaparición del corsé, se extendió el uso del sujetador. Su objetivo era sujetar y modelar el pecho, aunque sus diseños fueron cambiando según el ideal de belleza de cada momento, llegando a buscar tanto la reducción y el aplanamiento como el realce del busto.

Para más información sobre horarios, precios, actividades, etc., acude a la web del museo de Diseño o visita la página de turismo oficial de Turisme de Barcelona, donde encontrarás toda la información que necesites de éste y otros monumentos y sitios de interés de la ciudad:

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