La colección de arte románico del Museu Nacional d'Art de Catalunya (MNAC) está considerada una de las más importantes del mundo. Reúne extraordinarias pinturas murales de diferentes iglesias pirenaicas, esculturas, frontales de altar y piezas de orfebrería que permiten viajar por el arte de los siglos XI al XIII. La visita a la colección de arte románico del MNAC comienza de una forma poco habitual: en lugar de encontrarse con cuadros colgados en las paredes, el visitante entra en espacios que reproducen los ábsides de antiguas iglesias. Durante unos instantes, resulta fácil olvidar que se está dentro de un museo de Barcelona. Las pinturas, arrancadas de pequeños templos de montaña a principios del siglo XX para evitar su venta y dispersión, conservan todavía la capacidad de transportar al visitante a la Cataluña medieval.
Las primeras salas introducen el nacimiento del románico catalán a través de conjuntos murales extraídos, como decimos, de sus templos originales gracias a una técnica de transposición de soporte llamada strappo (es decir, técnica que consigue separar la película que forma la pintura del rebozado del muro posterior donde se encuentra). Sus pinturas muestran un arte profundamente simbólico, donde cada imagen tenía una función didáctica. En una época en la que la mayoría de la población no sabía leer, las paredes de las iglesias servían para explicar episodios bíblicos y transmitir las enseñanzas de la Iglesia. En la sala 1 destacamos el ábside de Sant Pere de la Seu d'Urgell (segundo cuarto del siglo XII). El ábside es la parte principal de la iglesia, donde se encuentra el altar (el que aquí vemos es de Tavèrnoles, también de la segunda mitad del siglo XII). En el románico solía decorarse con una Teofanía, como ocurre en La Seu d'Urgell. En ella aparece Cristo en Majestad dentro de una mandorla, acompañado por el Tetramorfo. Debajo se representan los apóstoles y la Virgen María, mientras que el registro inferior, hoy desaparecido, imitaba lujosos cortinajes pintados.
En la sala 2 se ha reconstruido parte del interior de la iglesia de Sant Joan de Boí, la cual forma parte del conjunto románico del valle de Boí, una zona pirenaica donde este patrimonio se ha conservado gracias a su aislamiento. En su interior solo permanecen las pinturas de las naves laterales, aunque originalmente todo el templo estaba decorado. Estas obras, realizadas entre los siglos XI y XII, presentan un estilo influido por el centro y el sur de Francia, con figuras dinámicas, colores planos y contornos marcados, características que recuerdan a las ilustraciones de los manuscritos medievales.
Destaca la escena de la lapidación de san Esteban que, gracias a que se encuentra fuera de su ubicación original (estaba en la parte alta del extremo lateral de la nave) permite apreciar con más detalle su representación pictórica. La composición sobresale por su carácter narrativo y el dinamismo de las figuras, rasgos que, de nuevo, la relacionan con la pintura francesa de la región de Poitiers y con la tradición de las miniaturas de Limoges de finales del siglo XI. Desde el punto de vista iconográfico, esta obra constituye uno de los primeros ejemplos del interés del arte románico por representar la vida de los santos.
En la sala 3 destaca las pinturas de Àger, pertenecientes al denominado círculo de Pedret, que guardan una estrecha relación con el conjunto de Saint-Lizier de Couserans (Ariège, Francia), la única obra de este grupo conservada fuera de Cataluña. Destacan por el volumen de las figuras, el equilibrio de la composición y el cuidado modelado de los rostros, donde las carnaciones de la frente, las mejillas y el cuello reflejan la gran calidad técnica de la pintura. Además, conviene recordar que la canónica de Sant Pere de Àger fue uno de los principales centros de poder religioso y político situados al sur del condado de Urgell.
Desde aquí se puede ver la fachada septentrional de Sant Joan de Boí, datada en la primera mitad del siglo XII. Las portadas pintadas del periodo románico apenas se conservan, aunque debieron de ser bastante habituales. Al estar expuestas a la intemperie, la mayoría desaparecieron con el paso del tiempo, como ocurrió en el monasterio de Ripoll, donde solo se han hallado algunos restos ocultos tras su conocida portada de piedra. Por este motivo, la portada de Sant Joan de Boí constituye un ejemplo excepcional. Fue realizada después de la decoración interior del templo y estaba presidida por un crismón, hoy desaparecido, sostenido por cuatro figuras de ángeles.
En la parte inferior aún pueden apreciarse numerosos grafitos de temática bélica, cuya datación sigue siendo incierta. Para tener una visión mas clara de esos grabados, el museo ha dispuesto un sistema de luces que va marcando el contorno de cada uno de ellos, presentándose ante nosotros un verdadero testimonio popular de la época.
Llegamos ya a la sala 4, donde las pinturas de Sant Quirze de Pedret destacan por su elegancia y por las influencias orientales y bizantinas que reflejan sus figuras. Anteriormente hablamos del “círculo de Pedret”, nombre con el que se identifica actualmente a uno de los principales estilos de la pintura románica catalana, desarrollado entre finales del siglo XI y comienzos del XII. Pues bien, esta denominación surgió a partir de las pinturas de Sant Quirze de Pedret, cuyo autor fue considerado durante mucho tiempo un artista procedente de Lombardía. Sin embargo, algunos investigadores cuestionan el origen italiano del maestro de Pedret y la idea de que las pinturas de Sant Quirze fueran el modelo principal del resto de obras del círculo, entre las que se encuentran Sant Pere d'Àger, Santa Maria d'Àneu y Sant Pere del Burgal. Aun así, estas obras pictóricas muestran una clara influencia de la tradición artística italiana, especialmente la romana, combinada con elementos propios de la tradición local.
En la sala vemos, entre otras piezas, los absidiolos laterales de san Quirce de Pedret, aunque hay que decir que las pinturas murales de Pedret se encuentran actualmente divididas entre el MNAC y el Museu Diocesà i Comarcal de Solsona, donde se conserva la decoración del ábside central. Todas ellas forman parte de un mismo programa iconográfico de carácter escatológico, centrado en la salvación del ser humano a través de la doctrina de la Iglesia. En el absidiolo sur se representa la parábola de las vírgenes prudentes y necias del Evangelio de Mateo, una alusión simbólica al Juicio Final. Por su parte, en el absidiolo norte se distingue un apostolado presidido por san Pedro, figura que simboliza el papado romano.
Al otro lado de la sala se encuentra el ábside del Burgal que, como los anteriores, data de finales del siglo XI, principios del XII. Aunque el arte medieval tuvo un marcado carácter religioso, era habitual que la nobleza laica financiara y promoviera la realización de las obras. Por ello, la representación de los comitentes es frecuente en el arte románico: en este caso aparece la condesa Llúcia de Pallars, retratada en la parte inferior derecha del ábside. Se la representa con una rica vestimenta y sosteniendo un cirio encendido, un atributo asociado a las personas fallecidas, lo que hace pensar que las pinturas se completaron después de su muerte, ocurrida en el año 1090.
La sala 5 nos da la bienvenida con las pinturas que se conservan tanto del ábside, como del frontal que presidía el altar de la antigua iglesia de Sant Pau d'Esterri de Cardós, una obra fechada en 1225 gracias a la inscripción que aparece en ella. Este frontal presenta una técnica muy característica del románico catalán: sus figuras y elementos decorativos fueron modelados en relieve con yeso y posteriormente recubiertos con una fina capa de estaño y un barniz dorado conocido como corladura. Gracias a este procedimiento se conseguía imitar el aspecto brillante y voluminoso de los lujosos frontales de orfebrería utilizando materiales mucho más económicos. Aunque el paso del tiempo ha hecho desaparecer gran parte del dorado original, la pieza sigue siendo un magnífico ejemplo de la habilidad técnica y artística de los talleres medievales catalanes.
Importante es también el frontal que presidía el altar de la Seu d'Urgell o dels Apòstols, datado en el segundo cuarto del siglo XII. Durante la época románica, la Seu d'Urgell fue uno de los principales centros de producción de pintura sobre tabla de Cataluña. Este frontal de altar es una de las obras más destacadas surgidas de sus talleres y, además, figura entre las pinturas sobre madera más antiguas que se conservan en el territorio catalán. Su composición llama la atención por la disposición piramidal de los apóstoles y por elementos iconográficos como la doble mandorla que rodea al Cristo en Majestad. Estas características evidencian la estrecha relación entre los pintores de tablas y el arte de la miniatura, donde muchos de ellos debieron formarse. Junto a esta pieza se expone el frontal de Ix, realizado por el mismo taller de la Seu d'Urgell, lo que permite apreciar el estilo y la calidad artística de uno de los focos creativos más importantes del románico catalán.
Tras atravesar la sala 6 (en la que veremos piezas como el baldaquino de Tavèrnoles del siglo XIII, y varios frontales de altares como el de Cardet, el de Gia, y el de Durro) llegamos a la sala 7 dedicada a la iglesia de Sant Climent de Taüll, cuyo ábside es, sin duda, la obra más representativa de la colección románica del MNAC y una de las grandes joyas del arte medieval español y europeo. En el centro de la composición aparece el majestuoso Cristo en Majestad, una imagen de gran fuerza visual que se ha convertido en uno de los símbolos del románico catalán. Su monumentalidad, el predominio de las formas geométricas y el marcado carácter simbólico reflejan a la perfección las principales características de este estilo artístico. Las pinturas se atribuyen al llamado Maestro de Taüll, un artista de gran talento cuya técnica destaca por la precisión del dibujo, el empleo de perfiles muy definidos y el uso del color para crear volumen, recursos poco habituales en la pintura mural de la época y que recuerdan a los empleados en la pintura sobre tabla. Una inscripción sitúa la consagración de la iglesia en 1123, fecha que también sirve como referencia para datar las pinturas. En cambio, la decoración del ábside lateral, de un estilo más sencillo, fue realizada por un taller diferente, el mismo que trabajó en la cercana iglesia de Santa Maria de Taüll. La sala se completa con varias muestras de mobiliario del románico.
La sala 8 está dedicada a la escultura monumental, la cual fue uno de los elementos más característicos de la arquitectura románica. Además de embellecer iglesias y monasterios, servía para resaltar los espacios más importantes del edificio y transmitir mensajes religiosos mediante escenas esculpidas en piedra. Los artistas románicos otorgaron un mayor protagonismo a la figura humana, incorporando volumen y tomando como inspiración algunos modelos heredados del arte de la Antigüedad tardía, especialmente de las regiones mediterráneas.
En Cataluña, este tipo de escultura comenzó a difundirse de forma generalizada a partir del segundo cuarto del siglo XII. Su presencia se hizo especialmente visible en claustros y portadas, muchas veces añadidos a construcciones ya existentes, donde desempeñó un papel fundamental tanto desde el punto de vista artístico como simbólico. Aquí vemos, entre otras piezas, los capiteles de santa Maria de Besalú (siglo XII), las bases del baldaquín de Ripoll (siglo XII), piezas del claustro de Sant Pere de les Puel-les, etc..
El recorrido continúa con otros conjuntos procedentes del valle de Boí, en concreto con las pinturas de Santa Maria de Taüll, expuestas en la sala 9, que muestran un estilo más refinado y una composición más compleja. La iglesia de santa Maria de Taüll ha aportado al MNAC el conjunto de pinturas murales más amplio de toda la colección románica. El templo fue consagrado en 1123, apenas un día después de la cercana iglesia de Sant Climent, también por el obispo Ramon de Roda. Todo apunta a que la decoración de ambos edificios formó parte de un mismo proyecto impulsado por la nobleza local para embellecer las iglesias del valle.
Las pinturas de la cabecera destacan por su calidad artística y muestran una clara relación con el estilo del maestro que realizó las de Sant Climent, aunque con un acabado menos refinado. Los especialistas también han encontrado similitudes con otros importantes conjuntos románicos castellanos (Berlanga, Maderuelo, , ...). En cambio, las pinturas situadas en los muros laterales y en la parte posterior de la iglesia presentan un estilo más sencillo, propio de otro taller que también trabajó en varias iglesias del actual territorio aragonés.
También se conservan diversos fragmentos de pintura mural procedentes de otras zonas de la iglesia. Entre ellos destacan las escenas relacionadas con el Juicio Final, donde aparece san Miguel realizando el pesaje de las almas. También merecen atención las representaciones bíblicas de David derrotando al gigante Goliat y de Zacarías anunciando el nombre que recibirá su hijo, Juan, episodios que enriquecen el programa iconográfico del templo.
También destacamos el grafito de un laberinto, uno de los escasos ejemplos de laberintos medievales que han llegado hasta nuestros días en Cataluña, realizado sobre una de las pinturas de la iglesia. Sigue el patrón unicursal, es decir, con un único recorrido posible hasta el centro, una tipología habitual durante la Edad Media. Su diseño, organizado a partir de una cruz, refuerza el significado religioso que estos símbolos tenían en el pensamiento cristiano de la época. Para los hombres y mujeres medievales, el laberinto representaba el camino espiritual hacia la salvación, aunque también podía interpretarse como una imagen simbólica del universo. Todo indica que el grafito fue realizado por alguien familiarizado con este tipo de representaciones, posiblemente vinculado a la iglesia de Taüll. Su ubicación, muy próxima a la entrada del templo, sugiere que estaba pensado para ser visto por los fieles, quienes quizá interactuaban con él siguiendo su trazado con el dedo como parte de alguna práctica devocional popular.
En la sala 10 se exponen algunos ejemplos de la escultura románica hecha en madera durante los siglos XII y XIII. Se han conservado un gran numero de este tipo de escultura, algunas de las cuales aún hoy en día siguen ejerciendo su propósito devocional y se encuentran en las iglesias para las que fueron creadas. La sala está presidida por la imagen de varios Cristos crucificados, uno de los cuales fue utilizada como relicario: en 1952 se descubrió en la parte posterior de la talla un pequeño compartimento oculto que contenía varias reliquias, junto con dos fragmentos de pergamino que permitió datarla con precisión en el año 1147. La escultura representa a Cristo sufriente en la cruz, una iconografía que comenzó a difundirse durante el románico y que pone el acento en su dimensión humana y en el dolor de la Pasión. Se trata de una visión muy distinta a la del Cristo triunfante o Majestad, frecuente en el arte románico catalán, donde se enfatiza la victoria sobre la muerte y la naturaleza divina de Jesús.
Al lado se encuentra la Majestat Batlló, una de las esculturas más conocidas del románico catalán que probablemente fue realizada en el entorno artístico del monasterio de Ripoll. Esta imagen pertenece a una tipología muy difundida durante la Edad Media: la del Cristo triunfante en la cruz. A diferencia de las representaciones posteriores centradas en el sufrimiento de la Pasión, aquí Cristo aparece sereno, con los ojos abiertos y revestido con una rica túnica decorada con motivos de inspiración oriental, simbolizando su victoria sobre la muerte. Este tipo de representación tiene como referente más conocido el Volto Santo de Lucca, en Italia. Además, los estudios realizados sobre la escultura han descubierto bajo la policromía actual una decoración más antigua, similar en diseño, pero dominada por tonos amarillos y verdes.
En una de las paredes del extremo también podemos ver diferentes ejemplos de imágenes de María con el Miño, destacando la Virgen de Ger, una de las imágenes marianas más representativas del románico conservadas que forma parte de un amplio conjunto de esculturas procedentes de la comarca de la Cerdanya. La obra responde plenamente a los modelos característicos de la época: una composición rígida y frontal en la que María aparece sentada con el Niño sobre sus rodillas, siguiendo la iconografía conocida como Trono de la Sabiduría. En esta representación, la Virgen no solo actúa como madre de Jesús, sino también como símbolo de la Iglesia, una idea reforzada por el amplio manto que la envuelve y que recuerda a las vestiduras litúrgicas. Aunque las coronas originales han desaparecido, algunos detalles visibles en las cabezas de ambas figuras indican que en otro tiempo estuvieron rematadas por estos atributos reales.
Llegamos a la sala 11, presidida por las pinturas procedentes de la iglesia de Sorpe, un conjunto que refleja la evolución de la pintura mural catalana tras el círculo de Pedret. Entre los fragmentos conservados destaca las del muro lateral, donde vemos una expresiva Crucifixión, junto con restos de una Natividad y una Anunciación. Otro de los elementos más interesantes se encuentra en el arco que daba acceso al ábside. Allí se desarrollaba un conjunto iconográfico centrado en la Iglesia, presidido por una imagen de la Virgen que actuaba como su representación simbólica. Bajo ella se encontraba el episodio evangélico de la llamada de los primeros discípulos, con Pedro y Andrés en su barca. Un detalle llamativo es el estandarte que aparece desplegado en la embarcación, decorado con el crismón de Constantino, un símbolo que evocaba los valores y la fortaleza de la Iglesia de los primeros tiempos.
Los grupos escultóricos que representan el Descendimiento de Cristo poseen en Cataluña una característica poco habitual: junto a Jesús aparecen también los dos ladrones crucificados. Del conjunto procedente de Taüll se conservan varias de sus figuras originales, entre ellas Dimas, el llamado buen ladrón, además de la Virgen María y José de Arimatea, encargado de sostener el cuerpo de Cristo tras su muerte. Otras figuras que formaban parte de la escena, como san Juan, Nicodemo o Gestas, el mal ladrón, no han llegado hasta nuestros días. La imagen de Cristo destaca por el intenso dramatismo de su expresión y por algunos detalles poco frecuentes en el románico más temprano, como los brazos articulados o los pies cruzados sujetos con un único clavo. Estas características sugieren una cronología avanzada dentro del periodo románico o bien posibles modificaciones realizadas en épocas posteriores.
Más allá se encuentra el ábside de santa Eulàlia d'Estaon que destaca por presentar un programa iconográfico poco habitual dentro del románico catalán. En lugar de la tradicional representación de los apóstoles, la zona central está presidida por la Virgen acompañada por varias santas mártires. Entre ellas se encuentra santa Eulalia, patrona del templo, junto a santa Inés y santa Lucía, todas identificadas por sus coronas y por los cálices que sostienen en sus manos. Otro detalle llamativo es la inclusión de la escena del Bautismo de Cristo entre las figuras de las santas, una combinación poco frecuente que probablemente respondía a un significado litúrgico concreto. En la parte inferior del conjunto también merecen atención las decoraciones sobre cortinajes pintados, donde aparecen elaboradas escenas de caza que aportan dinamismo y riqueza visual a la composición.
Además, aquí de nuevo, podemos comprobar la presencia de diversos grafitos e inscripciones realizados directamente sobre la superficie pintada. Lejos de tratarse de daños modernos, estas marcas fueron grabadas durante la propia Edad Media y forman parte de la historia del templo. Los estudios realizados han identificado entre las figuras de las santas pequeños trazos e inscripciones que podrían estar relacionados con la actividad cotidiana de la iglesia, como anotaciones de carácter administrativo o referencias al número de misas celebradas, una práctica bastante frecuente en los ábsides y otras zonas próximas al altar, en ocasiones acompañada por nombres de personas. Junto a estas inscripciones también se observan textos grabados por diferentes autores y en épocas distintas, algunos escritos en lengua vernácula, además de diversos motivos decorativos que reflejan el uso continuado del templo a lo largo de los siglos, antes de que fueran trasladadas al MNAC para garantizar su conservación.
La sala 12 alberga los restos de las pinturas de Sant Esteve de Andorra, un buen ejemplo en la zona del obispado de Urgell del llamado arte del 1200, denominación que se da al cambio que se produjo en el arte románico a finales del siglo XII gracias a la llegada de nuevas influencias procedentes del Imperio bizantino. Este cambio introdujo composiciones más elegantes, figuras de aspecto más natural y una decoración inspirada en la tradición clásica de Constantinopla. Cataluña desempeñó un papel destacado en la difusión de estas novedades gracias a sus intensas relaciones comerciales por el Mediterráneo y al creciente protagonismo de la Corona de Aragón, que facilitaron la llegada de las corrientes artísticas que se expandían desde Bizancio hacia Italia y el resto de Europa.
La decoración de la pequeña capilla lateral está dedicada a san Juan Bautista y presenta una composición poco habitual, organizada en dos escenas diferenciadas. En una de ellas aparece el santo ya adulto, mientras que en la otra se representa el anuncio de su nacimiento a Zacarías. Entre los detalles más curiosos destacan tres ánforas pintadas en uno de los muros, un elemento que se interpreta como una alusión simbólica a las fuentes del río Jordán y, por extensión, al propio Bautista. Frente a estas pinturas se exhiben otros fragmentos procedentes del ábside principal de la iglesia, donde originalmente se desarrollaba un amplio ciclo dedicado a la Pasión de Cristo.
En la sala 13 destacan varios frontales de altares, como el de los Arcángeles (siglo XIII), el de Baltarga (alrededor del año 1200), o el procedente de la iglesia de santa Maria de Mosoll (primer tercio del siglo XIII). También vemos una viga con la representación de la Pasión (de entre los años 1192 y 1220), mientras que al otro lado se encuentran los restos de pinturas del ábside de la iglesia de Sant Cristòfol de Toses (Ripollès).
En el extremo de este espacio se abre la sala 14 donde vemos unas pinturas que formaban parte de la decoración que cubría las bóvedas del atrio de la antigua canónica de Sant Vicenç de Cardona, uno de los conjuntos religiosos más destacados de la Cataluña medieval. Los fragmentos conservados permiten hacerse una idea del aspecto que tuvo este espacio de acceso al templo, originalmente enriquecido con un amplio programa pictórico de carácter religioso.
Esta sala también ofrece la instalación multimedia “La fuerza del display” de la artista Nora Ancarola, quien explora la arquitectura del museo y la transformación impulsada por Gae Aulenti entre 1985 y 2004. A través de imágenes grabadas en espacios habitualmente ocultos al público, muestra los cimientos y estructuras internas del edificio, invitando a reflexionar sobre todo aquello que permanece fuera de la mirada del visitante. Su propuesta presenta el museo no solo como un lugar donde se exhibe arte, sino también como una compleja construcción que condiciona nuestra forma de contemplarlo. La instalación se completa con un fenaquistiscopio, un ingenioso dispositivo precursor del cine que pone de relieve la estrecha relación entre imagen, movimiento e ilusión.
Llegamos ya a la sala 15 que, aunque está mayormente dedicada a la iglesia y monasterio de san Pedro de Arlanza en Burgos, también cuenta con obras de otras partes. Por ejemplo, la pintura “Disputa y arresto de santa Caterina” (entre 1241-1255) procedente de la antigua capilla de santa Caterina de la catedral de la Seu d'Urgell. En la obra se representa a santa Catalina de Alejandría, una de las santas más veneradas durante la Edad Media que desempeñó un papel especialmente importante para la orden dominica, que la consideraba un ejemplo de sabiduría y defensa de la fe. La presencia de su imagen se relaciona con la actividad de los dominicos en territorios como el condado de Urgell, donde participaron activamente en la lucha contra la herejía cátara. Desde el punto de vista artístico, estas pinturas reflejan un momento de transición: conservan algunos rasgos heredados del llamado arte del 1200, aunque ya muestran características propias del primer gótico.
Por su parte, las pinturas procedentes del monasterio de san Pedro de Arlanza son un buen ejemplo del refinado estilo artístico que se difundió en torno al año 1200 en las cortes europeas. Estos fragmentos decoraban una estancia situada en la llamada Torre del Tesoro, dentro de este monasterio estrechamente ligado a la monarquía castellana. A diferencia de los habituales temas religiosos, la decoración estaba formada por criaturas fantásticas y motivos inspirados en los bestiarios medievales. Entre ellos destaca la figura del grifo, un ser mitológico con cuerpo de león y cabeza de águila que, según las creencias de la época, actuaba como guardián y protector de espacios sagrados y de los bienes más valiosos que albergaban.
También del monasterio de Arlanza es una pintura que representa unas singulares figuras que formaban parte del friso decorativo de una de las salas del edificio. Representan unas sirenas-pájaro, criaturas mitológicas heredadas del mundo clásico, caracterizadas por combinar cuerpo de ave, patas de cabra y rostro humano. En la simbología medieval desempeñaban una doble función: por un lado, actuaban como figuras protectoras, pero al mismo tiempo recordaban los peligros de la tentación, el engaño y los excesos mundanos. Su aspecto llamativo y fantasioso hizo que este tipo de representaciones gozara de gran popularidad en el arte burgalés de comienzos del siglo XIII.
Y llegamos ya a la sala 16, la última de la sección del románico. Este espacio está dedicado a las pinturas de la sala capitular del Real Monasterio de santa María de Sijena, consideradas una de las obras más importantes del llamado arte del 1200. Este extraordinario conjunto decoraba uno de los espacios principales del monasterio femenino fundado en 1188 por la reina Sancha de Aragón, esposa de Alfonso II. Vinculado estrechamente a la corte de la Corona de Aragón, Sijena se convirtió en un destacado centro artístico y cultural de su tiempo. Gran parte de estas pinturas sufrió daños irreparables durante el incendio que afectó al monasterio en 1936, en plena Guerra Civil. El fuego destruyó el artesonado mudéjar de la sala y alteró profundamente los colores originales de las pinturas, que en su estado primitivo destacaban por la intensidad de sus azules y otros tonos brillantes. Solo algunos sectores alejados de las llamas conservaron parcialmente su aspecto original.
Algunas de esas pinturas fueron trasladadas a Barcelona, tras ser compradas por la Generalitat de Cataluña a las hermanas de la Orden de Malta, propietarias del convento, pero sin dar opción al gobierno de Aragón a ejercer su derecho de tanteo. Desde entonces se conservaron y expusieron en el MNAC. Desde el punto de vista artístico, las pinturas reflejan influencias procedentes de algunos de los grandes centros culturales del Mediterráneo medieval. Los especialistas han señalado similitudes con los célebres mosaicos de Palermo y Monreale, en Sicilia, así como con la miniatura inglesa de finales del siglo XII, lo que demuestra la conexión de Sijena con las corrientes artísticas más avanzadas de la época.
El programa iconográfico combinaba escenas del Antiguo y del Nuevo Testamento. En los arcos se representaban episodios del Génesis y del Éxodo, mientras que las paredes acogían un amplio ciclo dedicado a la vida de Cristo, del que solamente se ha conservado las de la pared sur, con escenas como la Flagelación, la Crucifixión y las Marías ante el Sepulcro. Completaban la decoración una serie de retratos genealógicos de Cristo que establecían un vínculo simbólico entre las historias bíblicas anteriores a Cristo y el mensaje del cristianismo.
Es importante señalar que estas pinturas del monasterio de Sijena están reclamadas por el gobierno de la región de Aragón al considerar que las pinturas pertenecían al monasterio. Tras una larga batalla judicial, el Tribunal Supremo confirmó en 2025 que debían regresar a Sijena. Sin embargo, el traslado sigue siendo objeto de debate, debido a la fragilidad de las obras y a los riesgos que podría implicar su desmontaje y transporte. Por otro lado, en esta sala podemos ver una colección de orfebrería románica que incluye copones, cruces, incensarios, báculos y otros objetos litúrgicos. La mayoría proceden de Limoges (Francia) y destacan por sus esmaltes champlevé, que aportan color y riqueza decorativa al bronce.
Para más información sobre horarios, precios, exposiciones temporales, etc., acude a la web del Museu Nacional d'Art de Catalunya o visita la página de turismo oficial de Turisme de Barcelona, donde encontrarás toda la información que necesites de éste y otros monumentos y sitios de interés de la ciudad:
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