REAL SITIO Y VILLA DE ARANJUEZ

EL CURIOSITY: PASEO POR EL RÍO TAJO Y QUÉ VER DURANTE LA NAVEGACIÓN


Una de las formas más originales de descubrir Aranjuez es navegando por el río Tajo a bordo de El Curiosity, el barco turístico que permite contemplar la ciudad desde una perspectiva muy diferente. Durante el recorrido, los pasajeros disfrutan de vistas privilegiadas de los jardines históricos, las riberas arboladas y algunos de los espacios más emblemáticos del Real Sitio, declarado Paisaje Cultural Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

La embarcación, completamente cubierta y equipada con amplios ventanales, permite disfrutar cómodamente del paisaje en cualquier época del año. Con capacidad para 57 pasajeros, dispone además de climatización y otros servicios que hacen más agradable la experiencia. La travesía tiene una duración aproximada de 45 minutos y parte del embarcadero situado junto al Club Escuela de Piragüismo de Aranjuez.

Realiza un recorrido algo menor que el que realizaban los monarcas, a lo largo del cual, un guía explica en directo y de una manera muy amena la historia y las curiosidades del entorno, ayudando a comprender la estrecha relación que los monarcas españoles mantuvieron durante siglos con el río y los jardines que rodean el Palacio Real.

El paseo combina naturaleza, patrimonio e historia, convirtiéndose en una actividad especialmente recomendable para familias, parejas y quienes desean conocer Aranjuez desde una perspectiva distinta a la de sus calles y jardines. Desde el agua pueden contemplarse rincones poco habituales para el visitante, como las riberas arboladas del río Tajo y su paisaje natural, los muros y paseos históricos que delimitan el Jardín del Príncipe, concebido a finales del siglo XVIII como un gran parque paisajista.

Como curiosidad, a lo largo de los embarcaderos y de los propios apeaderos de la ribera del río que da al Jardín del Príncipe, podemos ver un elemento que puede pasar desapercibido, pero que forma parte de la historia de la navegación fluvial por Aranjuez, se tratan de los aros de metal, que servían para amarrar las falúas.

Y es que el origen de la famosa flota del Tajo está estrechamente ligado a la figura de Farinelli y a la corte de Felipe V. Tras la muerte de su hijo Luis I, el monarca cayó en una profunda tristeza, por lo que la reina Isabel de Farnesio decidió llamar al célebre cantante italiano con la esperanza de que su voz le ayudara a recuperar el ánimo. Aunque Felipe V ya había utilizado embarcaciones para celebraciones y jornadas de caza en Aranjuez, fue Fernando VI quien encargó a Farinelli la creación de una auténtica escuadra destinada a los paseos reales por el río. El cantante está considerado como uno de los grandes intérpretes de su tiempo, permaneciendo durante buena parte de su vida al servicio de la monarquía española, teniendo un papel destacado en la intensa actividad musical y festiva que caracterizó el reinado de Fernando VI.

Para hacer posible estas navegaciones se acondicionó un embarcadero situado varios kilómetros aguas arriba del Palacio Real, conocido hoy como Embarcadero Real. El conjunto contaba con un pabellón real diseñado por Santiago Bonavía en 1754 y con varias embarcaciones dedicadas al dragado del río, conocidas como fangadas, cuya función era mantener el calado necesario para la navegación. Más adelante, durante el reinado de Carlos III, se construyeron otros cuatro pabellones de menor tamaño destinados al recreo de los entonces príncipes de Asturias, Carlos y María Luisa.

Entre estas edificaciones se diseñó además un pequeño jardín de planta ochavada que actúa como antesala del conjunto. Aquí también se encuentra uno de los árboles incluidos en el Catálogo de Árboles Singulares de la Comunidad de Madrid: un ejemplar de plátano de sombra hembra que alcanza los 56 metros de altura. Su presencia está relacionada con la introducción de esta especie en Aranjuez, cuyas primeras semillas llegaron desde Luisiana en 1778.

La flota diseñada por Farinelli llegó a reunir quince embarcaciones entre fragatas, jabeques, falúas y botes. Los paseos comenzaron oficialmente el día de San Fernando de 1754, aunque anteriormente la reina Bárbara de Braganza ya había navegado por el Tajo mientras se terminaba la Falúa Real. El recorrido, de unas cuatro millas y alrededor de tres horas de duración, discurría entre el Puente de la Reina y el paraje del Sotillo, donde se encontraba el embarcadero de Fernando VI.

A finales del siglo XVIII este embarcadero fue ampliado y reforzado con elementos defensivos, incorporándose un pequeño fortín, varias garitas de piedra y una batería de cañones destinada a realizar salvas durante las celebraciones. Como dato curioso, hay que señalar que el Embarcadero Real fue además testigo de la vida cortesana y de los amoríos de algunos monarcas, entre ellas las de Fernando VI y Bárbara de Braganza y, ya en el siglo XIX, las de Alfonso XII y María de las Mercedes.

A lo largo del trayecto los monarcas practicaban la pesca e incluso la caza, mientras que la jornada se completaba con espectáculos, música y refrescos servidos por cuenta de la Casa Real. El público se congregaba en las orillas para contemplar el desfile de embarcaciones y saludar a los reyes.

El momento más esperado llegaba al anochecer. Con la caída del sol se iluminaban los jardines, las riberas del Tajo y las embarcaciones, especialmente la Falúa Real y la Falúa de Respeto (que contaba con con 14 remos). Los reflejos de las luces sobre el agua creaban una imagen difícil de olvidar. En ese escenario, acompañado únicamente por el sonido del río, Farinelli interpretaba algunas de sus composiciones. El propio cantante describió aquellos paseos como uno de los espectáculos más bellos que había contemplado, destacando los juegos de luces reflejados en el agua y la armonía de todo el conjunto.

Cada verano se realizaban entre diez y quince excursiones de este tipo. La última documentada tuvo lugar el 14 de julio de 1758, aunque las embarcaciones continuaron vinculadas a la Casa Real durante muchos años. En 1905, durante una estancia de Alfonso XIII en Aranjuez, se puso a su disposición una canoa a motor para visitar la Casa del Labrador y la Casa de Marinos. Además, las falúas permanecieron al servicio del monarca, atendidas por personal de la Armada, al menos hasta 1914. Más tarde se decidió conservarlas en el interior de la Casa de Marinos, donde pudieron visitarse hasta el inicio de la Guerra Civil.

La conservación de estas embarcaciones hizo necesaria la construcción de dos grandes atarazanas o astilleros, conocidas como las ya mencionadas Casa de Marinos. Según relató el propio Farinelli, se encontraban en el paraje del Sotillo, dentro de los límites del actual Jardín del Príncipe, frente a la zona donde hoy se ubica el camping. En la planta superior se alojaban hasta doscientos marineros procedentes de Cartagena que acudían a Aranjuez cuando los reyes residían en el Real Sitio. Se trata de un aspecto poco conocido de la historia local: durante casi ciento cuarenta años la Armada mantuvo personal destinado de forma permanente en el río Tajo.

Junto al edificio principal existían también una pequeña capilla y un hospital. Todavía hoy pueden encontrarse algunos vestigios relacionados con este conjunto. Posteriormente Carlos III trasladó las instalaciones a la zona del Rebollo, donde aún se conservan restos de aquellas construcciones. La Guerra de la Independencia supuso un duro golpe para la Casa de Marinos, ya que las tropas francesas causaron importantes destrozos y hundieron varias embarcaciones. Finalizado el conflicto, Fernando VII ordenó reconstruir el edificio y reparar las falúas dañadas.

La Casa de Marinos volvió a desempeñar un papel destacado en 1885, cuando fue habilitada como hospital para atender a los afectados por la epidemia de cólera. Durante aquellos difíciles meses recibió la visita del rey Alfonso XII, que acudió para interesarse por los enfermos y mostrarles su apoyo. Desde finales del siglo XIX las instalaciones acogieron además un museo de embarcaciones históricas que podía visitarse cruzando el río en barca. Las viviendas de los marineros y del personal encargado del mantenimiento se encontraban donde actualmente se levantan los bungalós del camping. Sin embargo, las frecuentes inundaciones, el deterioro provocado por las termitas y el progresivo abandono llevaron finalmente a su demolición en 1966.

Fue entonces cuando se inauguró el actual museo de Falúas reales, donde se conservan en la actualidad la colección de embarcaciones utilizadas por la familia real para sus paseos por el Tajo. El conjunto reúne falúas de los siglos XVIII y XIX, entre las que destacan la de Carlos IV y la conocida como Góndola Real o de Felipe V. La visita se completa con diversos motivos relacionados con la navegación y grabados que muestran la antigua Escuadra del Tajo.

En las proximidades se encuentra también una de las construcciones más singulares del Jardín del Príncipe: el llamado Castillo. Situado junto a un recodo del río Tajo, fue proyectado por el ingeniero Domingo de Aguirre entre 1800 y 1805, durante el reinado de Carlos IV, como un elemento pintoresco integrado en el paisaje del jardín. Construido en ladrillo, estaba previsto que sus fachadas fueran revestidas con piedra de Colmenar, pero las obras quedaron interrumpidas antes de terminarse con el comienzo de la Guerra de la Independencia. Su aspecto actual conserva así parte de ese carácter inacabado, que contribuye a darle una apariencia evocadora.

La construcción fue concebida principalmente como un mirador desde el que contemplar el Tajo, el jardín y el Soto. Sus grandes huecos, las salas abovedadas y las escaleras de caracol forman un conjunto de inspiración medieval que encaja con el gusto por lo pintoresco característico de los jardines paisajistas de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX. Desde este lugar se entiende también la estrecha relación que siempre existió entre el Jardín del Príncipe, el río y las actividades de recreo de la corte.

El crucero por el río Tajo termina como empezó, cerca del embarcadero situado en el club de Piragüismo. Es aquí donde el guía habla de los “gangos”, una tradición muy arraigada en Aranjuez. Se trata de establecimientos situados junto al río y rodeados de vegetación donde los clientes pueden llevar su propia comida y consumirla en el local, adquiriendo únicamente las bebidas. Muy populares durante el verano, ofrecen un ambiente fresco y agradable gracias a su proximidad al Tajo. Aunque muchos han desaparecido o se han transformado en restaurantes, todavía conservan el encanto de estos históricos merenderos al aire libre, entre ellos, aquí vemos el popular El Rana Verde.

En la carretera del Cortijo de San Isidro, cuenta con amplias zonas al aire libre para el ocio y el descanso. Aquí se encuentran, entre otros, dos conocidos establecimientos: Las Calabazas y El Paraíso, que todavía conservan el ambiente tradicional de los antiguos gangos. Por otro lado, para finalizar esta actividad turística en Aranjuez, hay que señalar que, además de los recorridos turísticos regulares, El Curiosity también organiza actividades temáticas, visitas para grupos y eventos privados, consolidándose como una de las propuestas de ocio más singulares de Aranjuez.

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