BARCELONA

SALAS 8 A 11: PERIODO AZUL Y BARCELONA 1917


La segunda parte del museo Picasso, que van desde la sala 8 a la 11, está dedicada al “periodo azul” y a su estancia en Barcelona en 1917. Así, en la sala 8 se habla de la segunda etapa en París, durante el otoño de 1901, cuando Picasso atravesó un periodo de profunda reflexión personal marcado por el suicidio de su amigo Carles Casagemas. Este acontecimiento supuso el comienzo de la conocida como “época azul”, una fase artística que se extendió hasta 1904. Entre Barcelona y París, ciudades en las que vivió de forma alterna durante esos años, el pintor fue desarrollando un estilo dominado por tonos azules y una atmósfera melancólica, hasta establecerse definitivamente en la capital francesa en abril de 1904. Las obras de esta etapa muestran, en su mayoría, personajes marginados y solitarios, representados con una gran carga emocional. En muchos casos aparecen reflejados el sufrimiento, la pobreza, el hambre o la enfermedad, elementos con los que Picasso buscaba expresar simbólicamente la dureza y la miseria de la condición humana.

Paralelamente continuó dedicándose intensamente al dibujo y al retrato, tomando con frecuencia a sus amigos como modelos. En estos retratos también se aprecia el tono triste y apagado característico de la persistente monocromía azul que define este periodo. Durante aquel período la fascinación de Picasso por el paisaje urbano se desvaneció, realizando algunas excepciones, como “Azoteas de Barcelona”. Este óleo, de comienzos de 1902, está considerado uno de los primeros paisajes azules pintados en Barcelona. La obra guarda relación con Tejados azules (1901), realizada en París, donde ya empezaban a aparecer los tonos fríos y azulados que marcarían esta etapa, aunque en el caso de los paisajes barceloneses la sensación resulta más poética y nostálgica. Aquí se transmite una mirada pausada e íntima de la ciudad, más cercana a un Picasso reflexivo y melancólico que al artista enérgico y vitalista con el que suele asociarse.

En París, hacia 1905, la obra de Picasso comenzó a mostrar un cambio importante en su trayectoria artística. El pintor dejó atrás la sobriedad de etapas anteriores para dar paso a una paleta más rica y luminosa, en la que predominaban los tonos rosados y cálidos. En ese nuevo universo creativo cobraron especial relevancia los personajes del circo, como arlequines, pierrots y acróbatas, figuras que le sirvieron para transformar tanto sus temas como su manera de pintar. Gracias a ello, sus composiciones adquirieron mayor armonía y una atención más marcada al volumen y a la forma. A esta misma época pertenece también la obra “La señora Casals”, retrato de Benedetta Bianco, musa y pareja del pintor catalán Ricard Canals, amigo cercano de Picasso, una obra especialmente destacada que hoy se expone en esta muestra.

En 1906, Picasso viajó a Gósol con Fernande Olivier tras finalizar su etapa rosa y buscando nuevas formas de expresión inspiradas en la escultura ibérica. Allí desarrolló un estilo más sólido, simplificado y alejado de las normas académicas, iniciando así el camino hacia el cubismo. Un ejemplo destacado de esta evolución es "Busto de mujer joven", pintado en París ese mismo otoño y actualmente incorporado a la colección del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid. La obra refleja claramente la búsqueda de una modernidad basada en formas esenciales y primitivas. En ella, Fernande aparece representada mediante una fuerte geometrización, mientras que la gama cromática apagada mantiene la huella de los tonos ocres característicos de Gósol. Sobresale especialmente el rostro de la figura, similar a una máscara, con ojos vacíos y almendrados y cejas muy arqueadas, rasgos que evidencian tanto la influencia de la escultura ibérica como del arte románico.

A lo largo de toda su trayectoria artística, Pablo Picasso mantuvo una relación constante con los cuadernos de dibujo, hasta el punto de llegar a completar cerca de doscientos. Estos cuadernos fueron esenciales en su proceso creativo y, actualmente, constituyen una fuente clave para comprender la evolución de su obra y de su lenguaje artístico en cada etapa. Durante su estancia en Gósol, el pintor llenó un pequeño cuaderno de setenta y dos páginas con bocetos, notas y observaciones variadas. Ese cuaderno, conocido hoy como el “Carnet catalán”, se conserva desde el año 2000 en el Museu Picasso Barcelona. Muchas de sus páginas están dedicadas a Fernande Olivier, cuya figura simboliza el nuevo rumbo estético que atravesaba el artista. Además de estos retratos y apuntes cotidianos, el cuaderno revela el interés de Picasso por el estudio de las manos, mezclado con anotaciones muy diversas, como referencias a una fórmula de láudano o fragmentos de poemas del escritor catalán Joan Maragall.

Pero también se ha convertido en una fuente importantísima de descubrimientos el patrimonio oculto de Picasso. Gracias a los estudios técnicos realizados sobre sus obras, hoy es posible adentrarse en un ámbito de investigación tan complejo como fascinante. El análisis de pigmentos y materiales, junto con técnicas de imagen avanzada y fotografía digital de alta definición, permite reconstruir el proceso creativo del artista y sacar a la luz detalles invisibles a simple vista. Estas herramientas han revelado que numerosas pinturas pertenecientes a su etapa azul permanecieron escondidas durante años, cubiertas por nuevas capas de pintura y transformadas posteriormente en otras composiciones.

Llegamos ya a la sala 9 en la que se cuenta que en 1917 Picasso atravesaba una etapa artística especialmente estimulante gracias a su colaboración con la compañía de los Ballets Rusos de Serguéi Diáguilev. Por primera vez participó en el diseño de la escenografía, el vestuario y el telón del ballet Parade, un proyecto que lo llevó hasta Roma, donde la compañía se encontraba de gira. Ese viaje por Italia supuso para el artista un reencuentro con la tradición clásica y consolidó el giro hacia el neoclasicismo que ya había comenzado años antes, alejándose parcialmente del predominio del cubismo. Aun así, en Parade logró combinar la representación figurativa con las innovaciones formales propias de su etapa cubista. Las obras creadas durante su regreso a Barcelona en 1917, coincidiendo con la gira de los Ballets Rusos por España y su paso por el Gran Teatre del Liceu, reflejan claramente esa dualidad estilística. En ese periodo pintó Arlequín, tomando como modelo al bailarín ruso Léonide Massine, una de las figuras destacadas de la compañía. Picasso recuperó aquí la figura del arlequín, personaje muy presente en su etapa rosa, aunque en esta ocasión aparece transformado: sin antifaz, sosteniendo un bicornio y con una expresión melancólica que se aleja de la imagen habitual, más alegre y traviesa, de la commedia dell’arte.

Otras pinturas también muestran aspectos de la vida cotidiana y de los intereses personales del artista en la ciudad de Barcelona. Por ejemplo, el retrato de la artista Blanquita Suárez revela su atracción por los espectáculos populares, mientras que ‘Caballo corneado’ deja ver su fascinación por el ambiente taurino. Además, con la vista urbana representada desde el balcón del Hotel Ranzini en El paseo de Colón, Picasso unió para siempre la imagen de Barcelona con la evolución del cubismo.

Centrémonos en ‘Caballo corneado’: como decimos, durante los meses que pasó en Barcelona en 1917 asistió a varias corridas, sin embargo, en esta pieza el artista se aleja de la visión festiva y colorida habitual del espectáculo taurino. En su lugar dirige toda la atención hacia el sufrimiento del caballo herido. El animal aparece desplomándose lentamente, en una postura encogida y dramática que recuerda a un ser indefenso al borde de la muerte. La tensión se acentúa con el cuello extendido, la cabeza levantada y la mirada fija hacia lo alto, como si buscara compasión o el final de su agonía. La expresión de la boca, hundida y dolorosa, aporta al caballo una dimensión casi humana, un recurso emocional que Picasso ya había utilizado en algunas obras de su época azul. El dramatismo alcanza su punto máximo con la presencia amenazante del asta que surge desde el suelo, preparada para rematar al animal. La intensidad emocional y la crudeza de la escena anticipan, de algún modo, la violencia y el sufrimiento que años más tarde aparecerán en el famoso Guernica de Pablo Picasso.

Como ya hemos señalado, en 1917, Picasso afianza la unión entre dos lenguajes artísticos que conviven en esta etapa de su obra: el cubismo y una tendencia más naturalista. En la sala 10 podemos ver diferentes ejemplos de esta fusión, caracterizada por la mezcla de formas geométricas junto a elementos figurativos reconocibles. Un claro ejemplo de ello es “Hombre con frutero”, en el que vemos formas abstractas junto elementos reconocibles, como la mano que sostiene el tenedor y el cuchillo. La figura recuerda a las composiciones que Picasso realizó entre 1913 y 1916, caracterizadas por la simplificación de las formas y el uso de colores fríos y uniformes, rasgos que acercan su pintura a una cierta abstracción sin abandonar nunca la referencia figurativa.

La composición destaca por su equilibrio y por la manera en que el artista construye el cuerpo mediante pocos planos que avanzan rítmicamente hasta concentrarse en el rostro, compensado visualmente por un cuadrado gris. Los brazos, muy marcados y de líneas ondulantes, aportan dinamismo a la escena. Especialmente llamativo resulta el brazo izquierdo, de color rojo y delimitado por un grueso contorno negro, que rompe con la sobriedad cromática dominante en la obra. Las superposiciones de planos y las curvas que definen la figura se relacionan con recursos presentes en otras obras del artista, como Mujer en una butaca y, sobre todo, Hombre sentado, pertenecientes a la misma colección. Por último, la frutera blanca repleta de fruta muestra una organización de planos más sutil y matizada, recurso que Picasso volvería a desarrollar en un pequeño óleo posterior.

En la última sala de esta parte, en la 11, se proyecta una pieza de Parade, creada por los Ballets Rusos, que supuso una revolución artística al unir danza, música y artes visuales con las corrientes más vanguardistas del momento en un mismo espectáculo. La obra contó con texto de Jean Cocteau, música de Erik Satie y escenografía y vestuario de Pablo Picasso. Estrenada en 1917 en París y Barcelona, representaba a varios artistas ambulantes intentando atraer público a su función. La propuesta destacó por su estilo innovador y vanguardista, aunque fue recibida con incomprensión por gran parte de la crítica y los espectadores de la época. Erik Satie incorporó sonidos cotidianos y poco habituales en la música clásica, mientras que Picasso trasladó al escenario la mezcla de estilos que caracterizaba su obra de aquellos años: elementos cubistas en algunos personajes y decorados, junto con una estética más clásica reflejada especialmente en el telón.

Para más información sobre horarios, precios, actividades, etc., acude a la web del Museu Picasso Barcelona o visita la página de turismo oficial de Turisme de Barcelona, donde encontrarás toda la información que necesites de éste y otros monumentos y sitios de interés de la ciudad:

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