El recorrido por esta zona puede comenzar en lo alto de las escalinatas del Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC), ubicado en el antiguo Palau Nacional. Conviene recordar, sin embargo, que el eje monumental de la Exposición Internacional de 1929 fue concebido para recorrerse en sentido ascendente, desde la plaza de España hasta el palacio. De este modo, la perspectiva guiaba progresivamente la mirada desde la ciudad hacia el edificio, creando un marcado efecto escenográfico. Por ello, si lo prefieres, puedes realizar el itinerario en el sentido contrario al que seguiremos nosotros. En nuestro caso, iniciamos el paseo tras recorrer las salas del Museu Nacional d’Art de Catalunya, famoso por albergar destacadas colecciones de arte románico, gótico, renacentista y moderno.
Ya en el exterior, uno de los mayores atractivos del conjunto es su privilegiada posición elevada, que ofrece una de las vistas más amplias y espectaculares de Barcelona. Y es que desde la terraza situada frente al museo, el gran mirador que precede a las escalinatas, se obtiene una interesante panorámica de Barcelona, con la avenida de la Reina María Cristina descendiendo hacia la Plaça d’Espanya y, más allá, buena parte del entramado urbano de la ciudad.
Aquí ya vemos algunas de las esculturas diseñadas para aquella Exposición Internacional de 1929 que ayudan a entender el gusto por la tradición clásica de la época. Justo a los pies del museo encontramos dos esculturas monumentales de Frederic Marès: L'Aigua y La Terra, ambas realizadas para aquel acontecimiento internacional. L'Aigua (El Agua) representa un dios-río de aspecto hercúleo, un hombre maduro y con barba que se apoya sobre una gran vasija de la que mana el agua. La imagen establece una relación directa con todo el sistema de fuentes y cascadas que desciende por Montjuïc.
Frente a ella está La Terra (La Tierra), representada como una mujer desnuda recostada sobre un lecho de espigas. El contraste entre ambas resulta bastante claro: el agua como elemento fecundador y la tierra como espacio que recibe y produce los frutos. La elección de estos dos temas encajaba además con el carácter monumental y alegórico de la Exposición de 1929.
Desde aquí comienza el descenso por las grandes escalinatas de Montjuïc. A medida que se baja nos vamos dando cuenta de la fisionomía del eje monumental concebido por aquel entonces marcado, además de por escultura y vegetación, por fuentes y estanques. Entre las estatuas, inspiradas en modelos de la Antigüedad clásica, aunque no son originales, sino que fueron sustituidas por reproducciones en 1992, se encuentran un Doríforo, representación de un joven atleta y guerrero inspirado en el célebre modelo de Policleto, un Sileno bailando, personaje relacionado con el séquito de Dioniso, una Amazona, guerrera de la mitología griega y un guerrero que, como ocurre con el Doríforo, es una figura masculina desnuda que remite a los modelos heroicos de la escultura clásica.
A mitad del recorrido aparece la Plaça de Josep Puig i Cadafalch, vinculada al arquitecto que tuvo un papel fundamental en la configuración de esta parte de Montjuïc. Es un espacio abierto y ajardinado desde el que se aprecia especialmente bien la relación entre las distintas construcciones de la Exposición de 1929.
En esta zona también se encuentran las Cuatro Columnas, reconstruidas en época contemporánea a partir del monumento diseñado por Puig i Cadafalch, que se levantaron originalmente en 1919 en el espacio que hoy ocupa la Fuente Mágica y que se convirtió en uno de los símbolos arquitectónicos de la montaña. Las columnas, de unos 20 metros de altura y 2,5 metros de diámetro, más allá de su función ornamental, tenían un fuerte valor simbólico: sus cuatro fustes representaban las cuatro barras de la Senyera (la bandera de Cataluña), convirtiéndose en una gran alegoría de la identidad catalana visible desde buena parte de la ciudad.
Precisamente ese significado provocó su desaparición: en 1928, durante la dictadura de Primo de Rivera, fueron derribadas en el contexto de una política destinada a eliminar los símbolos vinculados al catalanismo. Durante décadas, las columnas permanecieron ausentes del paisaje de Montjuïc, aunque siguieron muy presentes en la memoria colectiva. En 2010, tras una iniciativa respaldada por el Parlament de Catalunya, se restituyó este monumento, devolviendo a Barcelona uno de sus emblemas históricos. Hoy, las Cuatro Columnas no solo recuerdan el proyecto urbanístico de Puig i Cadafalch, sino que también se han consolidado como un símbolo de la identidad, la historia y la cultura de Cataluña.
En la plaza Josep Puig i Cadafalch pueden verse también dos figuras femeninas de mármol de Josep Llimona realizadas en 1927: Les Flors (Las Flores) y Sedent (Sedente). Son obras características de la búsqueda de un ideal de belleza mediterránea que tuvo mucha importancia en la escultura catalana del Noucentisme. Su actitud es tranquila y contenida, en contraste con el movimiento de las figuras clásicas situadas en las escalinatas. Les Flors muestra una mujer sentada que sostiene unas flores, mientras que Sedent presenta también una figura femenina desnuda sentada, con las piernas recogidas.
Continuando hacia abajo se llega a la fuente Mágica de Montjuïc, situada al final de la avenida de la Reina Maria Cristina. La fuente fue proyectada por Carles Buïgas para la Exposición de 1929 y forma parte, como ya hemos visto, de un conjunto mucho mayor de fuentes, estanques y cascadas. Al anochecer su funcionamiento combina el movimiento del agua con iluminación y música, dando lugar al conocido espectáculo nocturno de luz, color y sonido. El show se ha convertido con el tiempo en uno de los elementos más conocidos de Montjuïc. Conviene comprobar previamente los días y horarios de funcionamiento aquí, ya que las sesiones pueden variar según la temporada y pueden producirse modificaciones o periodos en los que la fuente no funciona.
En uno de los costados de la fuente se encuentra una de las grandes sorpresas arquitectónicas de la zona: el Pavelló Mies van der Rohe, una de las obras más influyentes de la arquitectura del siglo XX y referente del Movimiento Moderno. El edificio fue diseñado por Ludwig Mies van der Rohe y Lilly Reich para representar a Alemania en la Exposición Internacional de 1929. Más que un edificio expositivo convencional, nació como un espacio destinado a recibir oficialmente a los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia junto a las autoridades alemanas. Frente al carácter monumental e historicista de buena parte de Montjuïc, el pabellón apuesta por una arquitectura mucho más sencilla, basada en espacios abiertos y planos horizontales.
La combinación de esos espacios abiertos, líneas depuradas y materiales nobles creó una arquitectura basada en la proporción y la elegancia. Aunque fue desmontado en 1930, el Pabellón de Barcelona se convirtió con el tiempo en una obra clave de la arquitectura moderna. Su relevancia motivó su reconstrucción en el mismo emplazamiento original, un proyecto impulsado por Oriol Bohigas y dirigido por Ignasi de Solà-Morales, Cristian Cirici y Fernando Ramos. Las obras se desarrollaron entre 1983 y 1986. Uno de los aspectos más destacados del edificio es el cuidado empleo de los materiales. En su reconstrucción se utilizaron cristal, acero, travertino romano, mármol verde de los Alpes, mármol verde antiguo procedente de Grecia y ónice dorado del Atlas, reproduciendo fielmente los materiales empleados en 1929.
La innovación de Mies van der Rohe no residía tanto en los materiales como en la forma de combinarlos, logrando una sensación de modernidad basada en la precisión geométrica y la pureza de las formas. El pabellón también dio origen a uno de los grandes iconos del diseño contemporáneo: la silla Barcelona. Diseñada por Mies van der Rohe y Lilly Reich específicamente para este espacio, su estructura metálica y sus cojines de cuero la convirtieron en una pieza emblemática que sigue fabricándose en la actualidad. Otro elemento imprescindible es la escultura Amanecer, del artista alemán Georg Kolbe, cuya figura de bronce se refleja en el agua y los cristales, aportando un elegante contraste con las líneas geométricas del edificio.
Muy cerca se encuentra CaixaForum Barcelona, instalado en la antigua fábrica Casaramona, una de las obras más interesantes de la arquitectura industrial modernista catalana. El edificio fue diseñado por Josep Puig i Cadafalch y construido a comienzos del siglo XX para albergar una fábrica textil. Sus ladrillos, estructuras de hierro, bóvedas, cerámicas y elementos ornamentales hacen que el propio edificio sea casi tan interesante como las exposiciones que acoge. Actualmente funciona como centro cultural, con exposiciones temporales y diferentes actividades. Desde aquí se puede continuar hacia el Poble Espanyol, situado a poca distancia y construido también con motivo de la Exposición Internacional de 1929.
Fue concebido como una representación arquitectónica de diferentes lugares de España: sus calles, plazas y edificios reproducen estilos y elementos procedentes de distintas regiones, creando un pequeño recinto urbano que se ha mantenido como espacio turístico y cultural. Regresando hacia la avenida de la Reina María Cristina, merece la pena detenerse un momento para contemplar su perspectiva. La avenida fue concebida como uno de los grandes accesos al recinto de la Exposición de 1929, que hoy está flanqueada por los pabellones de la Fira de Barcelona. Al fondo aparecen las dos Torres Venecianas, construidas por Ramon Reventós entre 1927 y 1929 e inspiradas en el campanile de San Marcos de Venecia. Cada torre alcanza unos 47 metros de altura y funciona como una especie de puerta monumental de entrada a Montjuïc.
La avenida desemboca finalmente en la Plaça d’Espanya, uno de los grandes espacios urbanos de Barcelona. La plaza fue configurada con motivo de la Exposición Internacional y constituye un importante punto de conexión entre la Gran Via, el Paral·lel, Sants, Poble-sec y Montjuïc. Su enorme rotonda está presidida por una fuente monumental diseñada por Josep Maria Jujol, colaborador de Antoni Gaudí. La fuente contiene un complejo programa escultórico en el que aparecen referencias a los ríos y mares de España, además de alegorías relacionadas con la religión, el heroísmo y las artes. Es uno de esos monumentos que merece la pena observar con cierta calma, porque buena parte de sus detalles pueden pasar desapercibidos por el tráfico existente.
Al otro lado de la plaza se encuentra Las Arenas, uno de los edificios más singulares de Barcelona. La construcción conserva la estructura exterior de la antigua plaza de toros, de estilo neomudéjar, aunque actualmente funciona como centro comercial y de ocio. Uno de sus principales atractivos turísticos es la terraza situada en la parte superior, desde donde se puede contemplar de manera gratuita la Plaça d’Espanya, las Torres Venecianas y la avenida de la Reina María Cristina desde una perspectiva diferente.
Si se dispone de algo más de tiempo, el recorrido puede prolongarse hacia el Parc de Joan Miró, situado detrás de Las Arenas. El parque ofrece un contraste interesante después de recorrer el conjunto monumental de Montjuïc y permite acercarse a una zona más abierta y ajardinada. Aquí se encuentra la escultura Mujer y Pájaro (Dona i Ocell), obra de grandes dimensiones de Miró que la concibió como una pieza cargada de simbolismo y fantasía, fiel a su universo creativo. Realizada en hormigón y recubierta con un vistoso mosaico cerámico elaborado mediante la técnica del trencadís, la escultura destaca por sus intensos tonos rojos, azules, verdes y amarillos, colores habituales en la obra de Miró. Con una altura cercana a los 22 metros, la figura sugiere la silueta de una mujer coronada por un pájaro, aunque su aspecto abierto a la interpretación ha dado lugar a diversas lecturas. Algunos expertos interpretan la obra como un símbolo de fertilidad y vida inspirado en tradiciones mediterráneas, mientras que otros la relacionan con el mundo de los sueños y la imaginación.
En sus inmediaciones, a un costado de Las Arenas, también se encuentra la Casa Fajol, conocida como Casa de la Papallona (Casa de la Mariposa) por el mosaico en forma de este insecto que corona su fachada, un curioso ejemplo del modernismo popular barcelonés. Proyectada por el arquitecto Josep Graner i Prat a comienzos del siglo XX, esta construcción representa una versión más cercana y cotidiana del modernismo barcelonés. Aunque no alcanza la monumentalidad de las obras más famosas de la ciudad, conserva el espíritu creativo y decorativo que convirtió este movimiento artístico en una seña de identidad de Barcelona. Durante décadas, la mariposa que corona el edificio podía contemplarse fácilmente desde distintos puntos cercanos, como la plaza de España o el actual parque de Joan Miró. Sin embargo, las transformaciones urbanísticas realizadas en el antiguo coso de Las Arenas modificaron la perspectiva y hoy solo es posible apreciar plenamente este singular remate desde la propia calle de Llança. La Casa Fajol recuerda que el modernismo no fue exclusivo de grandes palacios o edificios emblemáticos, también llegó a viviendas y construcciones más modestas, extendiéndose por numerosos barrios de Barcelona y dejando un valioso legado arquitectónico.
Para más información sobre horarios, precios, exposiciones temporales, etc., acude a la página de turismo oficial de Turisme de Barcelona, donde encontrarás toda la información que necesites de éste y otros monumentos y sitios de interés de la ciudad:
Copyright© 2018 ESTurismo.