Antoni Gaudí concibió la Casa Milà, popularmente conocida como La Pedrera, entre 1906 y 1912, y cuando ya había desarrollado un estilo propio muy alejado de los modelos históricos tradicionales, tras recibir el encargo de Pere Milà y su esposa Rosario Segimon para que diseñara su nueva residencia. Desde el inicio de las obras en 1906, la originalidad del proyecto despertó atención y curiosidad, y en 1909 las autoridades lo calificaron como una construcción de carácter monumental. En octubre de 1912, Gaudí declaró completada la obra y lista para ser habitada, siendo la última casa privada que hizo antes de dedicarse por completo a la basílica de la Sagrada Familia. La Pedrera se ha convertido con el paso de los años en uno de los hitos más singulares de la arquitectura moderna por sus soluciones constructivas, funcionales y ornamentales.
Una vez terminada, La Pedrera no sólo fue un lugar donde vivir, sino también un espacio dinámico que albergó desde diplomáticos y empresarios hasta artistas e intelectuales. Con el estallido de la Guerra Civil Española (1936-1939), el edificio fue requisado y sirvió para alojar dependencias gubernamentales, mientras los propietarios vivían fuera de la ciudad. Tras la posguerra, el edificio continuó siendo un lugar mixto de viviendas y comercios, aunque también mostró signos de deterioro. En 1946, Rosario Segimon vendió La Pedrera a una sociedad inmobiliaria, aunque siguió viviendo en su piso principal hasta su muerte en 1964.
Durante los años 50 y 60 se fueron haciendo adaptaciones, reconociéndose oficialmente su valor patrimonial en 1962 cuando fue incluido en el Catálogo de Patrimonio Histórico de Barcelona y, años más tarde, en 1969 se declaró monumento histórico-artístico de interés nacional. En 1986 se comenzó una profunda restauración, cuando Caixa Catalunya adquirió el edificio y emprendió una rehabilitación que transformó La Pedrera en un centro cultural. En 1992 el piso principal se abrió como sala de exposiciones y dos años más tarde el antiguo garaje pasó a convertirse en un auditorio. En 1996 terminó la restauración total y el edificio se abrió al público, acogiendo exposiciones y visitas.
Desde principio de los años 2000, La Pedrera ha ganado reconocimiento internacional: junto al Parc Güell y otras obras de Gaudí, fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1984. Más recientemente, en 2013 se creó la Fundació Catalunya La Pedrera, que gestiona el espacio como centro cultural, sede institucional y lugar de múltiples actividades artísticas y educativas, manteniendo también su función de vivienda. Hoy en día, La Pedrera es admirada por millones de visitantes y se considera una pieza clave no sólo de la obra de Gaudí, sino de la arquitectura moderna universal.
Tras estos toques históricos comenzamos el recorrido por la misma fachada que aquí deja de cumplir el papel clásico de sostén del edificio: ya no actúa como un muro de carga, sino como una especie de piel exterior o muro cortina. La fachada está formada por más de seis mil bloques de piedra que no soportan el peso de la construcción, ya que es sujetada gracias a un esqueleto interno de hierro y piedra, compuesto por pilares y vigas.
Esta solución permitió a Gaudí eliminar los muros de carga y diseñar plantas interiores libres, algo muy poco habitual en la arquitectura residencial de comienzos del siglo XX. De igual manera, el arquitecto empleó distintos tipos de piedra según la zona: en los niveles inferiores y en ciertos elementos estructurales utilizó caliza del Garraf, mientras que para la mayor parte del conjunto recurrió a la piedra de Vilafranca del Penedès y, de forma puntual (como en los marcos de algunas ventanas), incorporó caliza de Ulldecona.
Las barandillas de hierro forjado de los 32 balcones, diseñados por Josep Maria Jujol, se fabricaron a partir de piezas de hierro recicladas y se colocaron de forma irregular. Todos los elementos que forman estas rejas están ensamblados mediante tornillos y remaches, reforzando su carácter artesanal. No existe repetición exacta, lo que refuerza la idea de movimiento continuo de la fachada, aunque también responde a una voluntad de evitar la producción industrial seriada.
En cuanto a los balcones, no se tratan de elementos convencionales, ya que su gran tamaño, marcado tanto por el saliente de piedra como por la forma cóncava de la fachada, los convierte casi en pequeñas terrazas. Con esta solución, Gaudí rompió con la concepción tradicional del balcón. Además, incorporó una innovación poco habitual para la época: los desagües se colocaron por debajo del nivel del pavimento interior, lo que permitió que desde el interior del piso se tuviera una visión clara de la calle.
El acceso al edificio se realiza por dos vestíbulos, uno desde Passeig de Gràcia y otro desde calle Provença. Ambas entradas están formadas por unas puertas concebidas por Gaudí con la intención de estrechar la relación entre el interior del edificio y el exterior. En un momento histórico en el que todavía no existían grandes superficies de vidrio, optó por componer una estructura de líneas irregulares formada por múltiples cristales de distintos tamaños. En la parte inferior, más expuesta a posibles golpes, los cristales son pequeños y resistentes, mientras que en la zona superior se amplían para dejar pasar más luz.
Las puertas funcionan al mismo tiempo como reja y como acceso: la abertura central permitía la entrada de automóviles y los laterales estaban pensados para el paso cotidiano de los residentes. Por su parte, los vestíbulos son espacios amplios, sin ángulos rectos, cuyas paredes presentan acabados que combinan pintura mural con motivos florales y figuras antropomorfas, además de relieves y elementos de yeso. Desde el inicio, Gaudí evitó la separación clara entre estructura y decoración.
Desde los vestíbulos se accede a los dos patios interiores, elementos fundamentales del edificio. Su función principal es garantizar iluminación natural y ventilación a todas las viviendas. Los patios tienen forma irregular y una decoración mural que mezcla motivos vegetales, formas abstractas y referencias marinas. El artista simbolista Aleix Clapés fue quien asumió la responsabilidad de coordinar la decoración pictórica de La Pedrera. La idea concebida para los vestíbulos se basaba en la creación de murales que evocaran grandes tapices de temática mitológica, inspirados en piezas pertenecientes al Patrimonio Nacional.
En el vestíbulo del Passeig de Gràcia, los murales recrean el relato de los amores entre Vertumno y Pomona, divinidades vinculadas a las estaciones, los frutos y los jardines, siguiendo la narración de Ovidio en “Las metamorfosis”. En cambio, el vestíbulo de la calle Provença presenta una composición más libre y dinámica, en la que los distintos tapices se funden sin límites claros. Allí conviven representaciones de pecados capitales como la ira y la gula, junto a escenas protagonizadas por héroes de la guerra de Troya y episodios de las aventuras de Telémaco, inspiradas en la Ilíada y la Odisea.
Uno de los elementos más singulares de este conjunto decorativo es el uso del “trompe-l'œil” en la pared contigua y sobre la escalera que conecta el vestíbulo del Passeig de Gràcia con el piso principal. Esta intervención pictórica genera la sensación visual de recorrer una escalera suspendida junto a un jardín, sostenida por columnas a ambos lados. Para lograr este efecto, Clapés pintó columnas que reproducen fielmente las reales, situadas al final de los peldaños, reforzando así la ilusión óptica.
Por otro lado, Gaudí utilizó aquí una gradación cromática, es decir tonos más oscuros en la parte inferior y más claros en los niveles superiores de las fachadas, para mejorar la reflexión de la luz hacia el interior. Además, la visión desde los patios permite apreciar que desde aquí las columnas y los balcones parecen crecer como troncos y ramas. En definitiva, en La Pedrera nada es recto y todo fluye como en la naturaleza, la mayor fuente de inspiración de Gaudí.
Además, este artista se adelantó a su época al incorporar en el sótano de la Casa Milà un garaje para carruajes tirados por caballos y automóviles (cuyo uso comenzó a extenderse a partir de 1900), toda una novedad en la arquitectura residencial de comienzos del siglo XX. Las amplias rampas helicoidales permitían un acceso cómodo tanto a caballos como a los primeros coches. La estructura del sótano se apoya en pilares de hierro colado que sostienen los patios. Mientras que en el patio elíptico de la calle Provença se emplea un sistema tradicional de vigas y jácenas, en el patio cilíndrico del Passeig de Gràcia Gaudí diseñó una innovadora estructura metálica, similar a una rueda de bicicleta, capaz de soportar un espacio de doce metros de diámetro.
Subimos ya al cuarto piso (aunque en realidad sea un quinto) donde se encuentra la casa de la familia Milà. Una de las aportaciones más revolucionarias de La Pedrera frente a las viviendas de alquiler típicas del Eixample fue la eliminación de la escalera principal. En su lugar, el acceso a los pisos se realizaba a través de ascensores o por escaleras secundarias destinadas al servicio. El edificio organiza su circulación vertical mediante tres escaleras y dos núcleos de ascensores. Esta solución, muy avanzada para su época, refleja la visión de Gaudí de una vivienda moderna, funcional y dotada de servicios eficientes, donde el ascensor adquiere un papel central en la vida cotidiana del edificio.
Así el edificio se organiza en cuatro niveles: en cada uno de ellos, las viviendas se abren tanto hacia la fachada principal, donde se concentran las estancias más representativas, como los salones y los dormitorios principales, como hacia los patios interiores, donde se distribuyen las habitaciones secundarias y espacios de servicio. La comunicación entre las distintas zonas se resuelve mediante un corredor amplio y bien iluminado que rodea el patio central, facilitando una circulación fluida y agradable.
Gaudí concibió las puertas de acceso a las viviendas como piezas funcionales y expresivas a la vez. Incorporó amplias mirillas formadas por delicadas bandas de hierro que, además de embellecer el conjunto, permiten interactuar con el exterior sin necesidad de abrir la puerta. Este ingenioso diseño facilitó también la recepción del correo a través de una pequeña abertura lateral. El tirador, cuidadosamente modelado, se adapta de forma natural a la mano, haciendo del gesto de abrir la puerta una experiencia cómoda y casi intuitiva.
Entramos ya a la casa de la familia Milá, en cuyo interior lo primero que llama la atención son las molduras de yeso de las puertas y ventanas que se convierten en auténticos lienzos decorativos. Su temática es muy variada, estando inspiradas en un universo natural y ornamental muy diverso. En ellas aparecen evocaciones marinas, motivos vegetales y frutales, formas ondulantes como cintas y lazos, así como composiciones geométricas que aportan ritmo y movimiento al conjunto. Además, todas las carpinterías (puertas, ventanas y armarios) fueron diseñadas específicamente para esta vivienda, de hecho, no hay dos puertas iguales, contando cada una de ellas con su propia personalidad.
La casa ocupa una superficie considerable y se organiza mediante espacios comunicados, sin pasillos convencionales. Hay que señalar que la visita a este hogar se empieza tras haber entrado por una de las puertas que da al patio interior, por tanto, alrededor de este pasillo se distribuyen las habitaciones secundarias y las estancias de servicio. Entre ellas se encuentra una habitación infantil, en la que destaca una gran casa de muñecas, la habitación de la costura, donde las mujeres pasaban largas horas cosiendo y charlando, o la habitación donde dormía el servicio doméstico de la casa.
Enseguida llegamos a la cocina, uno de esos espacios donde Gaudí demuestra que su genialidad no era sólo estética, sino también práctica y adelantada a su tiempo. Y es que, a diferencia de los salones nobles, la cocina estaba pensada para el trabajo diario del servicio, así que Gaudí se obsesionó con que fuera cómoda, higiénica y eficiente, nada de adornos innecesarios: aquí manda la lógica. Para ello, gracias al patio interior, la cocina recibe aire fresco constante, algo revolucionario a principios del siglo XX, además los techos son altos para ayudar a disipar el humor y el calor. Por otro lado, los azulejos blancos biselados en las paredes son fáciles de limpiar y muy luminosos, algo que en su momento fue también toda una innovación.
Gaudí pensó en la cocina como un pequeño sistema, para lo cual la diseñó en zonas perfectamente diferenciadas destinadas a cocinar, lavar y almacenar, todo ello con espacios por donde se podía circular sin estorbase mientras se trabajaba. En definitiva, la cocina fue diseñada a escala humana, pensando en quien la usa y no en quien la mira. El espacio cuenta con una despensa integrada, fresca y bien ventilada y suelos hidráulicos con patrones geométricos sobrios, formas ligeramente curvas que evitan ángulos muertos y facilitan la limpieza. Por otro lado, la cocina muestra elementos propios de esa época, incluidos mobiliario y equipamiento restaurado o reproducido, como pueden ser hornos, estufas de hierro fundido y superficies de trabajo de estilo antiguo.
Llegamos ya a la zona de las habitaciones principales (las orientadas a la fachada que da al Passeig de Gràcia), comenzando con uno de los dormitorios que, concebido con vocación funcional y elegancia sobria, se pensó como un espacio de reposo que combinara privacidad, luz y comodidad. Tanto esta estancia como otras dependencias principales (como el salón y el estudio) tienen suelo de parqué y una decoración que mezcla estilos predominantes de finales del XIX y principios del XX, entre el imperial, el isabelino y el catalán modernista. Esta habitación se distingue por una sensación de espacio más generoso de lo que cabría esperar en una gran ciudad como es Barcelona. Si se mira hacia arriba veremos un techo ondulado y decorado con dibujos florales de tonos suaves pintados a mano.
El baño principal de la Casa Milà destacaba por su nivel de sofisticación, de nuevo poco común en aquellos años. Gaudí supo unir belleza y practicidad en un mismo espacio, incorporando una generosa bañera de porcelana, grifos metálicos y un sistema de calentamiento de agua que hacía posible algo excepcional para la época: disfrutar de agua caliente a principios del siglo XX. Cada elemento fue diseñado pensando en el bienestar, reflejando cómo el arquitecto prestaba la misma atención artística incluso a los rincones más íntimos de la vivienda.
En el despacho del propietario de la vivienda, podemos ver un lugar donde la sofisticación y la utilidad conviven con la inconfundible sensibilidad artística de Gaudí. El techo, modelado con formas ondulantes y patrones geométricos, aprovecha la entrada de luz natural para generar una atmósfera dinámica, casi viva. Los muebles, elaborados en madera rojiza, destacan por su solidez y por el minucioso trabajo artesanal de sus líneas.
Nos encontramos ya en el comedor principal, un espacio presidido por una gran mesa y mobiliario de madera noble cuidadosamente trabajada, que deja ver la influencia modernista característica de Gaudí. Los sillones y los aparadores se integran con elegancia, creando un ambiente equilibrado y acogedor. Entre los detalles más sugerentes destaca un juego de café de plata, evocación directa del modo de vida y las costumbres de la familia Milà. Todo el conjunto transmite una sensación de sofisticación cálida, donde lo cotidiano adquiere un valor artístico. En el centro del espacio, una lámpara de hierro forjado parece suspendida en el aire, concebida para dialogar con las curvas del techo y reforzar la armonía del conjunto.
Adosada se encuentra la sala de estar, agradable espacio donde la familia disfrutaría de un té o de una café, mientras charlaban o escuchaban música. La claridad que se cuela por las ventanas ilumina con suavidad las paredes redondeadas, mientras que, por aquel entonces, el ambiente quedaría envuelto por el inconfundible perfume del café recién hecho.
Entre la sala de estar y el comedor se despliega una ingeniosa puerta corredera concebida en tres secciones. La parte central integra una hoja principal acompañada, en su zona superior, por dos ventanas abatibles que se abren hacia ambos lados. A cada extremo, dos módulos laterales completan el conjunto y se conectan visualmente con el cuerpo central. Lo más singular es su funcionamiento: todas las hojas pueden plegarse y deslizarse hasta desaparecer en el interior de los muros laterales, una solución que permite liberar el espacio y adaptar las estancias según las necesidades del momento.
Llegamos ya a otro dormitorio, cuya principal novedad es que contaba con un baño en suite, es decir, un aseo anexo, algo poco común para la época en que fue proyectado y que, además, hablaba de la modernidad de esta vivienda en su conjunto. Tanto aquí, como en el resto de la casa, los techos destacan por romper con la idea tradicional de superficie plana. En lugar de mantenerse horizontales, se transforman en volúmenes en relieve que acompañan las formas ondulantes de todo el edificio.
Gaudí concibió estos diseños sobre el papel, para después ser trasladados por el artesano yesero al techo, modelando figuras como círculos, elipses, espirales y volutas. Algunos incluso incluyen inscripciones y breves textos de carácter poético. Más allá de su valor estético, estos cielos rasos cumplían una función práctica: disimular la estructura interna de vigas y bovedillas y dar un acabado final a los espacios interiores. Su construcción se basaba en una malla de cañizo entrelazado, fijada a listones sujetos a las vigas. Precisamente este entramado de cañas es el origen del nombre con el que se conoce este sistema constructivo, comúnmente llamado techo plano de cañas o cielo raso.
Tras terminar el recorrido por esta vivienda y haber visto no sólo cómo es una casa de lujo recreada con mobiliario y objetos de principios del siglo XX, sino también haber entendido cómo se vivía en un edificio moderno de la burguesía barcelonesa y cómo las soluciones arquitectónicas de Gaudí condicionaban el uso cotidiano de los espacios, ahora toca subir al desván, concebido originalmente como espacio de servicios. Gaudí diseñó este amplio desván sobre la estructura de la última planta, buscando una solución que no incrementara la carga del edificio. Para ello ideó una secuencia de unos 270 arcos de ladrillo, conocidos como arcos de catenaria o “equilibrados”, que sostienen directamente la azotea sin necesidad de apoyos exteriores. Estos arcos, además de ser ligeros y sencillos de ejecutar, se mantienen por su propio equilibrio estructural. Estas formas generan una sensación constante de movimiento, donde las líneas no son rectas, sino que fluyen de manera orgánica y casi viva, dando la sensación de haber sido tallado en el interior de una enorme ballena.
Como hemos señalado anteriormente, en sus orígenes este espacio estaba destinado a usos prácticos y comunitarios: albergaba el lavadero, zonas para tender la ropa, almacenes y la maquinaria de los ascensores. El desván cumplía también una función climática fundamental, actuando como aislante natural del edificio. Durante los meses cálidos se abrían las ventanas para facilitar la ventilación cruzada, mientras que en invierno permanecían cerradas para conservar el calor acumulado por el sol.
Rodeando esta planta se extiende un camino perimetral, un recorrido ondulante que sigue el contorno del edificio a la altura de la cornisa. A lo largo de este paseo aparecen cuatro pequeños cuerpos abovedados, con forma de casco prusiano, colocados estratégicamente en los puntos que Gaudí consideró clave para garantizar la estabilidad de la construcción.
En una parte del desván se expone la maqueta de La Pedrera, una pieza especialmente llamativa, ya que en ella se aprecian con claridad las curvas de la fachada, los balcones ondulantes, los patios interiores y la azotea coronada por sus icónicas chimeneas. También se muestran modelos a escala de distintas zonas del edificio: desde las viviendas principales hasta los patios, la azotea e incluso la cochera, diseñada de forma sorprendentemente avanzada para su época. Columnas y arcos están calculados con precisión milimétrica, dejando claro que en la obra de Gaudí nada era casual y que cada elemento cumplía una función concreta.
Aunque Gaudí concibió este espacio como zona de servicios, también fue aquí donde dio rienda suelta a su faceta más experimental. Este ático funcionó como un auténtico laboratorio creativo en el que probaba soluciones estructurales, nuevas técnicas constructivas y esa fluidez inspirada en la naturaleza que define todo el edificio. Uno de los elementos más fascinantes es la maqueta de cadenas suspendidas con un espejo colocado debajo. Gaudí colgaba cadenas y pesos para reproducir las fuerzas que actúan sobre una construcción, permitiendo que la gravedad definiera de forma natural la curvatura ideal de arcos y bóvedas. Al observar el reflejo invertido en el espejo, obtenía la estructura definitiva, perfectamente equilibrada, que luego trasladaba a sus diseños arquitectónicos.
Más adelante también se pueden contemplar maquetas de otros proyectos del arquitecto, como las construcciones del parque Güell, la Sagrada Familia o la casa Batlló, y que permiten seguir la evolución de su pensamiento creativo y comprender cómo todas sus obras están unidas por la búsqueda de la innovación técnica y la inspiración en las formas naturales.
No menos interesantes son las sillas de madera ideadas por Gaudí, pequeñas joyas del diseño. Cada una presenta líneas curvas y envolventes pensadas para adaptarse al cuerpo humano, combinando ergonomía y belleza. Ninguna es igual a otra, ya que cada silla tiene su carácter propio, con detalles, relieves y acabados únicos. Ya sabemos que Gaudí encontraba inspiración en la naturaleza, y aquí las reproduce mediante curvas que recuerdan a ramas, olas o estructuras óseas, siempre en busca de armonía y fluidez.
Y es que Gaudí abordaba cualquier proyecto con la misma disciplina y precisión, ya se tratase de una gran construcción o de un objeto de pequeñas dimensiones, como en el caso de las sillas. En su forma de trabajar siempre estaban presentes la lógica constructiva y la utilidad, ya que concebía el diseño como algo destinado a mejorar la vida de las personas. En el ámbito de los objetos, su profundo dominio de los materiales y de los oficios artesanales, junto con su gran pericia técnica, le permitió crear piezas complementarias que todavía hoy destacan por su carácter innovador tanto en lo estético como en lo funcional. En la misma línea se encuentran las baldosas en relieve expuestas aquí, decoradas con motivos florales y formas solares que refuerzan ese diálogo constante entre arte, naturaleza y arquitectura.
Llegamos ya a la azotea de La Pedrera, uno de los rincones más emblemáticos y sorprendentes del edificio. Gaudí concebía los edificios como organismos vivos, con capas que los protegiesen y los definiesen, del mismo modo que las personas usan sombrero y sombrilla. Bajo esta idea, la azotea de la Casa Milà adquiere un papel esencial: no sólo completa la función protectora del desván, sino que aporta carácter y singularidad al conjunto del edificio. Nada en este espacio es arbitrario, cada elemento responde a una intención clara y meditada.
En la cubierta conviven distintas estructuras arquitectónicas que se agrupan en tres grandes tipologías: las cajas de las escaleras o “badalots”, las torres de ventilación y las chimeneas. Las barandillas de piedra que delimitan la azotea ondulan suavemente, adaptándose al movimiento de la fachada, refuerza la sensación de continuidad formal. El resultado es un espacio donde el orden, la belleza y la funcionalidad se equilibran de manera excepcional. Todas aquellas estructuras se alzan como auténticas esculturas, con formas orgánicas, ondulantes y casi irreales, como si emergieran directamente de la piedra, por lo que pasear entre ellas es adentrarse en un escenario fantástico, lleno de curvas y siluetas.
Más allá de su impacto visual, estas estructuras cumplen una función esencial, ya que facilitan la ventilación y la evacuación de humos de forma eficiente. Es una muestra perfecta de cómo Gaudí lograba fusionar creatividad artística y soluciones técnicas. La luz solar se refleja sobre la superficie de piedra de esas estructuras, proyectando sombras cambiantes que transforman el paisaje de la azotea a lo largo del día.
Los volúmenes más imponentes son las seis cajas de escalera o “badalots”, que albergan en su interior unas escaleras de caracol que conectan el desván con la azotea. Estas estructuras alcanzan los siete metros de altura y destacan por el uso de formas curvas inspiradas en la geometría reglada, una solución que permite reducir el peso visual y estructural del conjunto sin renunciar a su fuerza expresiva.
Otros de los elementos que llaman poderosamente la atención en la azotea de La Pedrera son las veintinueve chimeneas que se distribuyen por todo el espacio, convirtiéndolo en un paisaje escultórico único. Estas estructuras servían antiguamente como salidas de humo de la calefacción central de carbón, hoy ya en desuso. Dos de ellas aparecen aisladas, mientras que el resto se organiza en grupos de distintas cantidades, creando un ritmo visual muy característico.
Sus formas no son arbitrarias ya que Gaudí las diseñó teniendo en cuenta el recorrido del humo y su desplazamiento aerodinámico, tanto en el interior como en el exterior. Cada chimenea alcanza aproximadamente cuatro metros de altura y está recubierta exteriormente con un estuco elaborado a base de mortero de cal y yeso, lo que refuerza su apariencia orgánica y casi monumental.
Las formas de estas chimeneas, que recuerdan a guerreros o guardianes con cascos y perfiles escultóricos, parecen cumplir otra misión: son, más bien, los vigilantes silenciosos de la casa. Hay quien cree reconocer en ellas guerreros inmóviles, mientras que otros imaginan gigantes que despiertan cuando la luna llena ilumina la noche. Sea cual sea la interpretación, estas presencias pétreas nos interpelan hoy desde un plano casi legendario, evocando versos dedicados a gigantes y héroes, como los que escribieron poetas en catalán, español o inglés, como Joan Maragall, Jacint Verdaguer, Jorge Luis Borges, Luis de Góngora, Lord Byron...
En la azotea de la Casa Milà, cada elemento cumple una función concreta y, al mismo tiempo, se integra en el universo estético de Gaudí, como ocurre también con las dos torres de ventilación, de unos cinco metros de altura, que se diseñaron para permitir la circulación y renovación del aire en el desván. Exteriormente están recubiertas con un estuco elaborado a base de cal y yeso, lo que refuerza su resistencia y acabado.
Cuatro de las seis salidas de las escaleras presentan un revestimiento exterior realizado con trencadís, es decir, piezas reutilizadas de piedra de Ulldecona, mármol blanco, procedente de Macael, Tranco o Carrara, y azulejos esmaltados blancos de Valencia. Destaca especialmente el único conjunto de chimeneas decorado con trencadís, cubierto con trozos de botellas de champán de un intenso verde oscuro. El uso de esta técnica es uno de los recursos más característicos del edificio: el mosaico resultante, compuesto por fragmentos irregulares de cerámica, mármol o vidrio, no sólo aporta color y riqueza visual, sino que también actúa como protección impermeable.
Incluso en los detalles más discretos se percibe la precisión del arquitecto. Junto a dos de las cajas de escalera, Gaudí incorporó pequeños arcos revestidos de trencadís blanco, que refuerzan la estructura y, al mismo tiempo, sirven de marco para algunas vistas cuidadosamente pensadas. Desde uno de estos arcos se contempla con exactitud la basílica de la Sagrada Familia, cuya visibilidad fue calculada minuciosamente para que encajara de forma perfecta en la composición arquitectónica una vez finalizada.
Pero es que desde cualquier punto de la azotea se disfruta de una magnífica vista de Barcelona, con el paseo de Gràcia a un lado y las torres de la ciudad recortándose en el horizonte. La combinación de las vistas y las formas convierte la azotea en un espectáculo donde la arquitectura de Gaudí dialoga con la grandeza urbana de Barcelona. En cuanto a los patios interiores, Gaudí había proyectado una reja perimetral que imitaba las formas ondulantes del edificio, pero el diseño quedó inconcluso. Para evitar riesgos derivados de dejar el espacio abierto, los propietarios optaron por instalar una malla metálica de forma hexagonal que cumple una función protectora.
La presente guía corresponde con la visita denominada “La Pedrera Esencial”, sin embargo, existen otras modalidades que se ajustan a los intereses de los visitantes: desde “La Pedrera Night Experience” (entrada nocturna, con proyección en la azotea) o “La Pedrera Sunrise” (acceso antes de que el edificio se abra al gran público), hasta “La Pedrera Premium” (con la que se puede visitar espacios exclusivos), entre otras modalidades. Para más información acude a la web de La Pedrera o visita la página de turismo oficial de Turisme de Barcelona, donde encontrarás toda la información que necesites de éste y otros monumentos y sitios de interés de la ciudad:
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