Lo primero que llama la atención a simple vista del Born Centre de Cultura i Memòria es el edificio que lo alberga. Diseñado por el arquitecto Josep Fontserè e inaugurado en 1876, fue uno de los primeros grandes ejemplos de arquitectura del hierro en Barcelona y marcó el inicio de una nueva forma de concebir los mercados de la ciudad. Durante sus 95 años de actividad desempeñó dos papeles fundamentales: primero como mercado de referencia para los vecinos del barrio de la Ribera, sin embargo, no alcanzó el éxito comercial que se esperaba, por lo que en 1921 pasó a desempeñar una nueva función como mercado central mayorista de frutas y verduras. Con el paso de las décadas, el aumento de la población barcelonesa y el crecimiento de la actividad comercial y del transporte hicieron necesaria la creación de unas instalaciones más amplias. Esta necesidad condujo a la construcción de Mercabarna, en la Zona Franca, lo que provocó el cierre definitivo del Born en agosto de 1971.
Tras su clausura, surgieron diversos movimientos ciudadanos que se opusieron a su derribo y defendieron la búsqueda de nuevos usos para el edificio. Finalmente, se planteó convertirlo en sede de la biblioteca provincial. No obstante, el descubrimiento de importantes restos arqueológicos durante las obras cambió el rumbo del proyecto. En 2003 se abandonó la idea de la biblioteca para garantizar la conservación y protección del valioso yacimiento hallado bajo el mercado. Finalmente, tras un largo proceso de transformación, el antiguo mercado reabrió sus puertas como espacio cultural. Actualmente está reconocido como Bien Cultural de Interés Local y constituye un lugar emblemático que permite comprender tanto la evolución urbanística de Barcelona como el papel que desempeñaron los mercados de hierro en la modernización de la ciudad.
Bajo la estructura modernista se conserva un excepcional yacimiento arqueológico de más de 8.000 m² que permite recorrer las calles y viviendas de la Barcelona de finales del siglo XVII y comienzos del XVIII. Esta zona tuvo sus primeros usos en época romana, cuando formaba parte de una necrópolis de la antigua Barcino. Siglos más tarde, a partir del siglo XI, comenzó a desarrollarse un barrio que acabaría convirtiéndose en uno de los núcleos más activos y poblados de Barcelona. Los restos pertenecen a ese antiguo barrio de la Ribera, que contaba con algo más de 38.000 habitantes, destruido tras la Guerra de Sucesión Española. Gracias a su excelente estado de conservación, los visitantes pueden conocer cómo vivían los habitantes de la ciudad hace más de trescientos años.
El yacimiento conserva fragmentos de nueve calles y numerosos edificios de aquel barrio desaparecido. Las investigaciones arqueológicas y documentales han permitido incluso identificar a muchas de las familias que habitaban estas casas, convirtiendo el espacio en un testimonio único de la vida cotidiana de la Barcelona del siglo XVIII. El lugar está estrechamente vinculado con los acontecimientos de 1714 cuando, durante la Guerra de Sucesión, Barcelona resistió durante más de un año el asedio de las tropas borbónicas de Felipe V, capitulando finalmente el 11 de septiembre de 1715. Tras la derrota, una parte importante del barrio de la Ribera fue demolida para construir la Ciudadela militar, destinada tanto a la defensa de la ciudad como al control de la población. La construcción de la Ciudadela comenzó en 1716 bajo la dirección del ingeniero Joris Prosper van Verboom.
Con la desaparición de la fortaleza en 1869, el espacio fue transformado urbanísticamente, dando lugar al actual parque de la Ciutadella y al mercado. Comencemos el recorrido por el yacimiento arqueológico: esta zona, donde hoy se encuentra el Born, se extendía originalmente en la franja costera situada entre el delta del río Besós y el denominado escalón de Barcelona. En sus inicios, este espacio era una llanura litoral formada por depósitos de arena acumulados gracias a los sedimentos arrastrados por el río y redistribuidos por la acción del mar. Con el paso del tiempo, estos materiales dieron lugar a una barrera arenosa que dificultó la salida natural al mar de las aguas procedentes de varios torrentes, favoreciendo la aparición de zonas encharcadas.
Ya desde la época romana y durante la Alta Edad Media, las aguas dulces tendían a acumularse en esta depresión. La situación se intensificó en el siglo XI, cuando se desvió hacia este sector la gran alcantarilla del Merdançar y se construyó la acequia del Rec Comtal, aumentando considerablemente el aporte de agua. Para evitar inundaciones y controlar las crecidas, fue necesario emprender diversas obras de drenaje. A pesar de estas dificultades, la apertura de nuevos canales y la continua acumulación de sedimentos fueron elevando progresivamente el terreno por encima del nivel del mar. Gracias a ello, la zona pudo destinarse primero al cultivo y, más adelante, a la expansión urbana. Este proceso comenzó durante el siglo XIII y quedó plenamente consolidado en el siglo XIV.
De esta manera se crearon unas barreras naturales paralelas a la costa, situadas aproximadamente a doscientos metros de la playa y conocidas con el nombre de Les Tasques. Entre estas formaciones y la línea de costa surgió una especie de laguna litoral protegida del oleaje. Sus aguas, relativamente tranquilas y con profundidad suficiente para el fondeo de embarcaciones, ofrecían unas condiciones muy favorables para la actividad marítima. Esta circunstancia resultó decisiva en el crecimiento de Barcelona como gran centro comercial del Mediterráneo a partir del siglo XIII, a pesar de que las primeras obras destinadas a construir un rompeolas artificial no se llevaron a cabo hasta bien avanzado el siglo XV.
Una de las calles que vemos en el recinto es la de Bonaire, única vía del área arqueológica que ha perdurado hasta nuestros días dentro del entramado urbano de Barcelona. En tiempos antiguos se conocía como calle de Sant Daniel, ya que conducía al portal del mismo nombre situado en la muralla de la ciudad. Mientras que a ambos lados de la calle se apreciaban importantes diferencias urbanísticas, al norte se situaban grandes edificios y al sur comenzaba el barrio de la Ribera, formado por pequeñas viviendas más modestas distribuidas en manzanas alargadas y estrechas. Las calles que separaban estas manzanas contaban en algunos tramos con soportales cubiertos y desembocaban en la muralla marítima medieval. Cada una de ellas disponía de un portal que permitía el acceso y la comunicación con el exterior. Durante el siglo XVII, este sector destacó por su intensa actividad comercial, con almacenes de grano, tiendas de pescado y bacalao, además de tabernas y hostales que atendían a comerciantes y viajeros relacionados con la cercana actividad portuaria.
La Ribera y el Pla d’en Llull mantuvieron durante siglos una estrecha relación con el puerto, lo que marcó gran parte de la actividad de la zona. Como decimos, aunque en 1439 se intentó construir un rompeolas artificial, el proyecto no tuvo éxito. Más tarde, entre 1477 y 1488, se levantó el primer muelle de Barcelona, lo que favoreció el crecimiento de la playa situada junto a la muralla medieval. Gracias a estos cambios, la nueva muralla del siglo XVI incorporó una amplia franja de arena donde se instalaron distintos servicios urbanos, como el matadero, la Casa dels Budells y el mercado de pescado, además de una arboleda. Para embellecer la entrada al puerto, el Consejo de Ciento ordenó construir la imponente Porta de Mar. Entre finales del siglo XVI y comienzos del XVII, el muelle fue ampliado varias veces: se edificó un faro, posteriormente reemplazado por otro más moderno, y se reforzó la defensa del puerto con una plataforma artillera. Estas obras aceleraron la acumulación de sedimentos en la zona de la Barceloneta, donde cada vez surgían más barracas de pescadores.
Hacia el sur, este sector conectaba con la zona que actualmente conocemos como Pla de Palau. A finales del siglo XIV, el acuerdo alcanzado entre la Corona y el municipio para levantar las nuevas atarazanas permitió incorporar plenamente este sector a la ciudad. Allí se construyeron edificios clave como la Llotja y el Porxo del Forment, que fueron ampliados y embellecidos durante los siglos posteriores. La plaza del Blat de Mar, rodeada por estas construcciones, acabó convirtiéndose en el principal centro económico de Barcelona. Su importancia creció aún más después de la Guerra de los Segadores, cuando la monarquía reforzó el papel político de la zona al transformar antiguos edificios municipales en un Palacio Real destinado a alojar a los virreyes.
La zona de la Ribera se extendía hacia el este, junto al Pla d’en Llull y el convento de santa Clara, situado al otro lado del Rec Comtal. Para proteger este espacio religioso, durante el siglo XIV se construyó un tramo de muralla presidido por el portal de Sant Daniel, uno de los accesos más importantes a la ciudad. Con el paso del tiempo, las defensas fueron ampliándose: en el siglo XVI se levantó el baluarte de Llevant y, más adelante, las estructuras se adaptaron al uso de la artillería. A finales del siglo XVII se añadió el baluarte de santa Clara, lo que provocó el cierre del portal. Tras 1714, la construcción de la Ciudadela transformó por completo la zona y supuso la desaparición de gran parte de estas edificaciones, conservándose únicamente el campanario del convento, convertido después en la torre de Sant Joan.
Otra calle que vemos en el recinto arqueológico es la de Joc de la Pilota que recibió distintos nombres a lo largo de su historia. Primero se conoció como calle Fusters y más tarde como calle Dies Feiners, hasta que a finales del siglo XVI adoptó su denominación actual, relacionada con la popularidad que alcanzó el juego de la pelota en una época de mayor permisividad hacia las actividades lúdicas. En esta zona de la ciudad existían espacios destinados al entretenimiento, practicándose juegos de cartas, dados, ajedrez y otros que requerían un terreno específico, como el palamall y el juego de la pelota. Este último guardaba ciertas similitudes con deportes actuales como el tenis o el pádel: dos jugadores, separados por una red, golpeaban la pelota con la mano o con una raqueta intentando dificultar la devolución del rival. Además, las partidas solían atraer a numerosos espectadores que seguían atentamente cada jugada.
Cerca se encuentra la calle que unía la plaza del Born con el Pla d’en Llull, la cual era una de las vías más transitadas de la Barcelona medieval. En el tramo conocido como el Bornet (tramo en el que la calle se ensanchaba) se concentraban talleres, comercios y numerosos negocios gracias a su ubicación estratégica, que facilitaba el paso de mercaderes, vendedores y transportistas hacia el mercado del Born. Además de tiendas, también había hostales y tabernas para los viajeros, así como oficios relacionados con el transporte. Todavía se conservan en el pavimento algunas huellas de aquella actividad, como los orificios donde se fijaban los toldos de los puestos. En esta zona también pueden apreciarse restos del Merdançar, la principal alcantarilla de la ciudad, y la proximidad del Pla d’en Llull, situado junto al Rec Comtal y cerca de la iglesia de Santa Marta.
A continuación encontramos el mismo Rec Comtal que fue una importante conducción de agua que abasteció a Barcelona durante siglos. Tomaba el agua de un manantial cercano al río Besòs y, desde su probable construcción en el siglo X, desempeñó un papel esencial en la vida de la ciudad hasta bien entrado el siglo XX. Además de regar los cultivos y suministrar agua a lavaderos, impulsaba numerosos molinos y favorecía la concentración de actividades artesanales que necesitaban grandes cantidades de agua, como la curtiduría o la tintorería, en la zona de la Fusina.
Con el paso del tiempo, el canal también sirvió para evacuar aguas residuales. Esta doble función generaba problemas frecuentes, ya que la suciedad acumulada, las tormentas o el cierre de compuertas para el funcionamiento de los molinos podían provocar desbordamientos y el retroceso de aguas contaminadas por acequias y alcantarillas.
Después de atravesar la muralla por el portal Nou, el Rec Comtal se introducía en el interior de la ciudad siguiendo el recorrido de una calle paralela. Este camino, conocido como la calle Ventres, contaba con soportales en algunos tramos y varios puentes que permitían cruzar el canal. Su nombre parece estar relacionado con los artesanos que limpiaban allí los intestinos utilizados para fabricar cuerdas de viola.
En la orilla opuesta se encontraban las viviendas de la calle Gensana. Todavía pueden apreciarse las salidas de desagüe y otros elementos que reflejan las transformaciones de las casas a lo largo del tiempo. También se conservan los accesos directos al canal, desde donde los vecinos, con autorización, instalaban pequeñas pasarelas de madera para facilitar las tareas de carga y descarga sin necesidad de acudir al puente más próximo.
La zona conocida como Vilanova dels Molins de la Mar surgió después del año 985, cuando Barcelona comenzó a expandirse más allá de sus murallas hacia el río Besòs. Situada al este del Rec Comtal, esta parte de la cuidad creció especialmente a partir del siglo XII gracias al desarrollo del mercado y a la ocupación de los terrenos de la antigua playa. Al principio se establecieron allí oficios relacionados con el agua y actividades consideradas poco higiénicas, pero con el tiempo la población aumentó y el barrio se diversificó. En la Edad Moderna pasó a conocerse como La Vilanova de la Blanqueria y siguió siendo un área de carácter popular, habitada principalmente por trabajadores y por quienes llegaban a la ciudad en busca de nuevas oportunidades.
Casi bajo la pasarela por donde discurren los visitantes se encuentra la calle de N’Arrover, la cual parece haber tomado su nombre de Pere Arrover, un maestro carpintero naval que poseía varias viviendas en la zona hacia el año 1385. Con el paso del tiempo, el origen de esta denominación se fue olvidando y el nombre evolucionó hasta aparecer en documentos posteriores como Na Rodés o N’Arrodés. En sus inicios, algunos curtidores desarrollaron allí su actividad, pero hacia finales del siglo XVII la calle se convirtió en un importante centro de fabricación de cuerdas para instrumentos de viola. Los artesanos trabajaban en los bajos de sus casas, donde disponían de herramientas, recipientes y estructuras destinadas a preparar, elaborar y secar las cuerdas. Para reducir las molestias y la suciedad que generaba este oficio, el ayuntamiento ordenó en 1613 la construcción de la Casa dels Budells, situada cerca del matadero. Este edificio, abastecido por el Rec Comtal, ofrecía espacios de trabajo individuales para los miembros del gremio, permitiéndoles realizar allí las tareas más desagradables lejos de las viviendas.
En el centro de la calle de N’Arrover aún puede distinguirse una alineación de piedras que cubre una antigua conducción de agua que fue transformada en alcantarilla. En su origen, formaba parte de una red de canales secundarios alimentados por el Rec Comtal, que distribuían agua a talleres artesanales y huertos de la ciudad. Estas derivaciones nacían en las albercas de los molinos y funcionaban según la cantidad de agua almacenada, regulada mediante compuertas de madera. Desde los molinos de mar o de la Blanqueria partía una de estas acequias, que recorría la calle Canals y se dividía en pequeños ramales, como el de N’Arrover. Finalmente, el agua sobrante regresaba al Rec Comtal junto con las aguas pluviales y residuales recogidas por estas conducciones. Sistemas hidráulicos similares existían en otras calles cercanas.
Desde aquí podemos ver dos de los cuatro quarters o distritos con los que desde el siglo XIV Barcelona estaba dividida: el Quarter de Mar y el de Sant Pere. La zona del Born formaba parte del Quarter de Mar, que limitaba con el Quarter de Sant Pere, un espacio desarrollado alrededor de los conjuntos religiosos de Santa Caterina y Sant Pere durante la Edad Media. La actual calle Carders marcaba la frontera entre ambos territorios y seguía el trazado de la antigua Vía Augusta romana, que conducía hacia Francia. El Quarter de Sant Pere fue una de las primeras áreas urbanas situadas más allá del Rec Comtal. Gracias a la abundancia de agua, se instalaron allí molinos y numerosos talleres artesanales. Con el tiempo se convirtió en un importante centro económico, donde trabajaban comerciantes de cereales y aceite, artesanos especializados y diversos gremios. También era frecuente encontrar alhóndigas, edificios que servían de alojamiento y almacén para los mercaderes que llegaban de otras localidades.
Y precisamente la cercanía del Rec Comtal y del Merdançar favoreció el establecimiento en estos sectores de diversos oficios relacionados con la piel y los tejidos, entre ellos los zurradores, curtidores, pelaires y tintoreros. Los zurradores se encargaban de conservar las pieles y evitar su deterioro mediante tratamientos con cal y taninos. Después, los curtidores adquirían esas pieles para transformarlas en cuero, utilizando procesos de remojo, secado y engrase que les devolvían flexibilidad antes de teñirlas y pulirlas. En el trabajo de la lana destacaban los pelaires y los tintoreros. Los primeros limpiaban y preparaban la fibra, cardándola y estirándola para facilitar su tratamiento posterior. Finalmente, los tintoreros daban color a los tejidos y les proporcionaban el acabado definitivo. La importancia de estas actividades fue tal que dejó huella en la denominación de varias calles y plazas de la zona.
Las edificaciones más antiguas del Born surgieron entre finales del siglo XIII y comienzos del XIV, en este entorno marcado por el Rec Comtal y el Merdançar. Estas construcciones ocupaban parcelas amplias y contaban con espacios comunicados destinados a actividades productivas en la planta baja. Con el paso del tiempo, especialmente durante la Edad Moderna, muchas fueron divididas para crear varias viviendas y talleres de menor tamaño. La evolución de estos edificios refleja los cambios en la vivienda barcelonesa entre los siglos XIII y XVIII. Existían desde casas modestas de unos cinco metros de ancho hasta grandes residencias que ocupaban gran parte de una manzana y se organizaban alrededor de patios interiores. Eran construcciones de carácter tanto doméstico como artesanal, normalmente de tres niveles: la planta baja se destinaba al trabajo y los servicios, el primer piso a las estancias principales y la cocina, y el segundo al almacenamiento, situado bajo tejados inclinados en lugar de azoteas.
Otro de los elementos que destacamos de esta zona es el puente de N’Arrover que formaba parte de los numerosos puentes de piedra que atravesaban el Rec Comtal durante su recorrido por la ciudad. Su función era conectar la calle de N’Arrover con la vía que unía el Born con el Pla d’en Llull, una de las zonas de mayor tránsito de la época. A mediados del siglo XV comenzó a conocerse como puente de la Carnisseria debido a la presencia de una carnicería situada en el edificio de enfrente. Sin embargo, esta actividad desapareció hacia mediados del siglo XVI y, para 1602, ya no quedaba ningún rastro visible de ella. Gracias a su ubicación estratégica en una ruta frecuentada por comerciantes y transportistas, la misma finca acogió desde 1607 el Hostal de Sant Jaume, más tarde llamado Hostal de Alba. El establecimiento llegó a contar con catorce camas y fue gestionado por distintos arrendatarios. Algunos de estos hosteleros complementaban su negocio ofreciendo el alquiler de mulas y servicios de transporte de mercancías.
Además de los malos olores y los problemas de salubridad que generaba el Rec Comtal, ya hemos mencionado que los habitantes de la zona tenían que enfrentarse a frecuentes inundaciones. Las lluvias intensas y los temporales marítimos podían bloquear la salida del canal al mar, haciendo que el agua retrocediera y anegara este sector, especialmente vulnerable por la presencia de antiguos torrentes y zonas pantanosas. La situación empeoraba por la existencia del Merdançar, la principal alcantarilla de Barcelona, que vertía sus aguas al Rec Comtal. Cuando el nivel del agua aumentaba demasiado, las aguas residuales regresaban por las alcantarillas e inundaban calles y viviendas. Aunque el Consejo de Ciento intentó poner en marcha diversas soluciones, estas no dieron los resultados esperados. Por ello, los vecinos recurrieron a medidas de protección, como barreras de madera colocadas en las puertas, mientras el gobierno municipal organizaba limpiezas periódicas del Rec Comtal y del Merdançar para reducir los problemas.
Finalmente, el ala noreste del edificio del mercado alberga varias salas, entre ellas una destinada a exposiciones temporales y dos dedicadas a las muestras permanentes tituladas “El Born, más que un mercado” y “Barcelona 1700”. La primera explica la evolución histórica del mercado del Born y su estrecha relación con el parque de la Ciutadella mediante textos, imágenes y audiovisuales. También permite conocer el proyecto diseñado por Fontserè para la Ciutadella, concebida como un lugar dedicado a la naturaleza, la ciencia y el progreso siguiendo las tendencias europeas de la época. La exposición “Barcelona 1700” reúne alrededor de 2.100 objetos recuperados durante las excavaciones, testimonios materiales de una comunidad que fue expulsada tras la derrota de 1714. Entre las piezas más impactantes destacan las bombas halladas en el yacimiento, expuestas en la llamada Sala de la Guerra. El recorrido expositivo se organiza en cinco ámbitos temáticos que muestran la prosperidad, la vida cotidiana, la guerra y la transformación de Barcelona después del conflicto.
Para más información sobre horarios, precios, actividades, etc., acude a la web del MUHBA El Born de Barcelona o visita la página de turismo oficial de Turisme de Barcelona, donde encontrarás toda la información que necesites de éste y otros monumentos y sitios de interés de la ciudad:
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